Autor: Monzón, Manuel. 
   ¡Basta, basta, basta ya!     
 
 ABC.    19/08/1983.  Página: 22. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC, pág. 22

TRIBUNA ABIERTA

VIERNES 19-8-83

¡BASTA, BASTA, BASTA YA!

Por Manuel MONZÓN

NO es extraño, no, que a muchos se nos vaya rompiendo el corazón por infartos o por lo que demonios sea. La fotografía publicada por el diario ABC —oportunísimo, por cierto, hay que decir—, en la que se puede contemplar el inaudito espectáculo de un encapuchado sosteniendo, la enseña nacional ardiendo, mientras una multitud de energúmenos aplaude y ríe canallescamente a la vez que otros cierran el puño en alto, como gesto de odio que es, dígase lo que se quiera, parte no el corazón sino el alma. Es preciso poner término a esta indignidad continuada. Un puñado de bárbaros está haciendo crujir de cólera los dientes de todos los españoles sin que se anuncien más que «medidas legales». Yo supongo que cuando etarras y batasuneros escuchan esas tímidas amenazas estarán a punto de morirse... de risa. Ya no se puede insistir en «el no se puede consentir», «no se puede tolerar», «no toleraremos» o «la paciencia tiene un Iimite». ¿Cuál? Hace ya tiempo que la situación vasca está más allá del límite.

No se trata de unos cuantos «gamberros». ¡Ni hablar! Esto es una rebelión y como tal habrá que tratarla antes o después. Escudándose en que muchos miembros de Herri Batasuna son «representantes legítimos del pueblo democráticamente elegidos» no se puede ignorar por más tiempo su actitud de rebeldía y de traición. El descaro y la impunidad de etarras y batasuneros rayan en la burla o, mejor dicho, la rebasan en mucho. Y todo ello en el caldo de cultivo de la ambigüedad de los nacionalistas «moderados». Cuando las heroicas —hartas, me imagino de tanta lenidad— Guardia Civil y Policía Nacional son las únicas capaces de barrer de las calles a la chusma envenenada, ahora se nos dice que el orden público en Vascongadas debe quedar bajo la responsabilidad exclusiva de la novata y escasa Policía autónoma. Siempre, como puede verse, ETA y sus corifeos protagonizando la rebelión en las calles y los otros, «los moderados», aprovechando la ocasión para, pasito a pasito, Ilegar al mismo objetivo: la intolerable independencia.

Pretender —y que los demás nos lo creamos— que ha de ser o vaya a ser el Gobierno vasco quien ponga coto a este desmadre lo único que puede provocar es desde sonrisas escépticas hasta muecas de ira. La broma dura ya demasiado tiempo. Estamos hartos de ver —se daría cuenta el más lerdo— cómo la estrategia etarra, teledirigida desde Moscú y quizá físicamente desde mucho más cerca, golpea en los momentos y ocasiones para su propósito secesionista más oportunos. Ahora vienen montados a lomos del fallo del Tribunal Constitucional en el tema de la LOAPA, que será todo lo legal y constitucional que se quiera —lejos de mi intención ponerlo en duda—, pero que, evidentemente, ha sido interpretado por los rebeldes separatistas de toda España como un triunfo suyo frente al Gobierno y el Parlamento de España.

El señor Garaicoechea ha llamado a estos energúmenos «gamberros y pinochets». No se puede pedir mayor error de calificación. Ni los etarras son gamberros —son los protagonistas de una rebelión armada muy seria contra la unidad de España— ni Pínochet o los suyos —que nos quedan muy lejos y más nos vale arreglar nuestros problemas que meternos en los de Chile, como válvula de distracción— queman u ofenden la bandera de su patria. Aquí no se trata de izquierda contra derecha ni de democracia contra dictadura; aquí lo que hay es el descaro chulesco y rebelde de una minoría antiespañola contra los españoles. Si la entonces llamada «oposición democrática», o parte de ella, de los últimos días del régimen anterior, no hubiera cantado demencialmente el «heroísmo de los jóvenes luchadores vascos» (que ya quemaban banderas a todas horas) no habríamos llegado a esto. Setenta y ocho muertos a manos de ETA hasta 1975 frente a más del millar desde entonces hasta hoy constituyen un balance suficientemente sobrecogedor para darnos cuenta de adonde conducen la tolerancia y las componendas con esta pandilla de asesinos y su respaldo político, más o menos encubierto.

Que no nos vengan ahora, intentando matizar estúpidamente, con lo de «la bandera constitucional», como si fuera más delito ultrajar, quemar y destrozar ésta o aquélla; como si ellos hicieran el menor distingo entre una y otra. A ver si los «ultrademócratas» y «ultraconstitucionalistas», que también los hay, queriéndonos hacer creer que la Historia de España empezó en 1978, comprenden de una vez que lo que rechazan, ofenden y queman estos bestias es la bandera roja y gualda eterna de España; que lo del escudo les importa un bledo. A ver si entienden, por fin, que por encima de todo está España y su sagrada unidad indisoluble, como reza en la misma Ley de leyes de nuestra nación. Hay que ser españoles por encima de todo porque España es lo único verdaderamente inmutable y fundamental.

Cuando el día 14 de agosto —arrastrando mi corazón enfermo hasta Cabezón de la Sal, donde se conmemoraba en olor de máximo españolismo el Día de Cantabria o de La Montaña— tuve ocasión de contemplar el fervoroso homenaje que allí se rindió a la bandera de España, ondeando unos palmos por encima de la enseña blanquirroja cántabra, como debe ser, comprendí que si la paciencia de gobernantes y dirigentes políticos vascos sólo amenaza con llegar al límite, la indignación y la cólera de los cántabros habían rebasado ya esa frontera, en olor de respeto y veneración por el símbolo de la Patria grande. Cierto que estos homenajes son muy emotivos y de agradecer, pero el que hay que hacer, con la mayor de las solemnidades, debe tener lugar en el mismo corazón de la rebelión; donde comenzó este rosario de episodios que algunos han dado estúpidamente en denominar «guerra de las banderas»: en Tolosa.

Esta hoguera ya no se puede reducir con «medidas legales» solamente. El enfermo no responde al tratamiento democrático y de Derecho porque ambas cosas —democracia y Ley— les importa un rábano a los integrantes de este cuerpo tocado del mal secesionista. Una rebelión —y cada vez caben menos dudas de que esto lo es— se trata con medidas penales cuando ha sido dominada. Pienso que cuando está «in crescendo» lo que hay que hacer es sofocarla; la Ley se diluye entre el fanatismo, el fragor de las explosiones y el tableteo de las metralletas. Personalmente ya no puedo imaginar a qué se reconoce en esta España nuestra como «excepción» o «excepcional». Hay un estado de tai reconocido en la Constitución y regulado por una ley que desarrolla su artículo 116. Y si este drama, culminado con los «incidentes», por denominarlos de algún modo, de la víspera de la Virgen en San Sebastián, no es excepcional, ¿qué lo será?

En esta sopa en la que estamos malnavegando no ha faltado quien ha señalado cómo en «algunos medios» semejantes «incidentes» se han interpretado como un intento de ¿expoliar? al Gobierno del presidente González, identificando su reacción con la de las Fuerzas Armadas. ¡Ojalá que así sea!, porque tal actitud no erosionará la imagen ni del presidente ni del Gobierno. Cualquier Gabinete ministerial tiene asesores para todo y ningunos mejores que los militares, la «cumbre» de su cadena de mando, para recordar cómo se rinde culto de fervor y respeto a la enseña de la Patria, de acuerdo con lo preceptuado en el artículo 18 de sus Reales Ordenanzas, que también les responsabiliza de la custodia, honores y defensa de !a bandera. Hay que hacer algo solemne y pronto. Todo un Estado no se puede dejar poner en ridículo o en situación de ser abatido por una cuadrilla no de gamberros, sino de fanáticos y asesinos.

 

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