Los curas vascos     
 
 ABC.    24/08/1983.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LOS CURAS VASCOS

UNA portada del genial Mingóte ha provocado entre los lectores de ABC una reacción generalizada de aplauso. La opinión pública está muy sensibilizada por la actitud de algunos sacerdotes en la crisis que padecen las provincias vascongadas. La portada de Mingóte era inequívoca: se refería a la homilía del padre Albaina, en la que este sacerdote comparó con Jesucristo a un terrorista muerto cuando manipulaba un explosivo que podía haber causado víctimas inocentes. Pero la alusión crítica de Mingóte a un cura aislado nos anima a dedicar hoy este comentario editorial a la extraordinaria labor pastoral que en circunstancias especialmente difíciles llevan a cabo los sacerdotes vascos. La inmensa mayoría de ellos nada tiene que ver con los casos aislados de curas que hacen apología del terrorismo. Por el contrario, manifiestan sin alardes, pero sin miedo, su españolismo, evitan toda política contingente y se dedican con vocación abnegada a las tareas propias de su sagrado ministerio. Son admirables y sería lamentable juzgarlos por la actitud extemporánea de algunos curas aislados.

No existe un problema de los curas vascos, sino con algunos curas vascos. No nos referimos a la estrecha relación existente entre la Iglesia y el pueblo vasco —el principal partido nacionalista es de clara ideología demócrata cristiana—, sino a un reducido grupo de sacerdotes claramente conectados con los grupos independentistas; que simultanean la presión del terrorismo con la presión política, instrumentalizando los derechos constitucionales para atacar a España y a la Constitución.

Si hay una situación heredada por antonomasia es, precisamente, este hilo histórico entre algunos curas vascos y las siglas políticas que, en distintas épocas, han representado violentamente a la sociedad vasca en sus reivindicaciones más extremadas y alejadas de la unidad de España. Desde los primeros movimientos carlistas de hace siglo y medio que terminaron en el abrazo de Vergara con la oferta real de paz y fueros, movimiento carlista calurosamente elogiado por Carlos Marx en su obra «Revolución en España», a Herri Batasuna, en la actualidad, hay toda una presencia eclesiástica determinante.

No están, pues, en cuestión los curas vascos, sino un reducido grupo de sacerdotes que, generación tras generación desde hace ciento cincuenta años, interviene en política con tanta obstinación como tenacidad. La combinación actual del catolicismo con el marxismo es explosiva y genera la figura extraña de un independentista, mitad monje y mitad revolucionario, agitado por un doble dogmatismo ideológico con las consecuencias conocidas y padecidas por toda la sociedad vasca y española. Una mera narración de los antecedentes de ETA señalaría la importancia teórica y organizativa de estos núcleos sacerdotales vascos, y la utilización de toda la cobertura religiosa, tanto moral como material, en el nacimiento, desarrollo y profundización de las siglas independentistas.

Es en este contexto donde se hace más incomprensible el silencio de la jerarquía eclesiástica, por cuanto nos estamos refiriendo a la participación de un exiguo número de curas vascos en una organización de signo terrorista. Los tres obispos mudos tienen que pronunciarse sobre estos curas vascos que empañan el prestigio y la honorabilidad de la mayoría de los sacerdotes de aquellas entrañables provincias. En definitiva ese pequeño grupo de sacerdotes lo que plantea es un desafío al Estado.

 

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