Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Cena con el Rey     
 
 ABC.    18/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Planetario

CENA CON EL REY

CON dos dedos libres levantados —Eugenio d´Ors recordaría que como una Virgen de Juan de Mena— la novia sostiene su falda blanca. Rodeada de muchachos, sale de la cena nupcial cuando yo, que deseo entrar en Los Porches, avanzo entre el gentío. «Dejar paso», pide no sé quién. «No quisiera pasar de largo —digo—. La novia es muy bonita.» La muchacha, en lucha con sus galas, apenas me mira. Paso. El enorme salón interior está lleno de comensales y de invitados a la boda que van a salir.

Félix Fernández, mi amigo, me recibe con un abrazo. «Os están esperando», me dice mientras me acompaña hacia Los Porches, que un cinturón de pinos, de chopos y no sé sí de abedules abraza. «C´est la nuil qu´il es beau de croire a la lumiere», pienso, es uno de mis vicios, con verso de Ronsard. «Mira quién está ahí», me murmura Félix orgulloso dándome con el codo.

Entre los comensales que llenan el fresco barandal bajo el cielo negro de esta noche de verano, quien está es el Rey. Don Juan Carlos, en mangas de camisa, rodeado de su mujer, la Reina; de su hijo, el Príncipe Felipe; de sus hijas, las Infantas. Como una familia más, una familia cualquiera de esta noche veraniega en que los madrileños buscan la frescura de las húmedas laderas de la Moncloa.

No hay medianía en los Reyes, escribía Gracián, y veo aquí, esta noche, que Don Juan Carlos y su familia buscan la grata medianía del pueblo para estar, medianos entre medianos, ante los parvos manjares, más o menos como los de las otras mesas, espárragos, aguacates, merluza o langostinos a la parrilla, «spagetti» a la boloñesa, porque en el sencillo quinteto de esa mesa real que carece de todo aparato o distancia de respeto, cada uno de los miembros de la familia ha elegido según su gusto o preferencia.

Infeccionado de lecturas, diría que empachado de ellas, evoco, mientras saboreo un frío gazpacho, aquello que San Isidoro escribía en ¡as negruras a que se abría la Edad Media de que el nombre de Rey viene de obrar rectamente. «Reges a recte agende.» Obrando rectamente, pensaba Isidoro de Sevilla, tendrán nombre de Rey, y pecando lo pierden.

¿Quién podrá mejor que este hombre que cena apaciblemente, junto a su familia, entre los hombres y las mujeres de su pueblo tener nombre de Rey? Como los pocos grandes y verdaderos hombres que merecieron en la Historia nombre de Rey, Don Juan Carlos, sonriente, feliz en esta cena sabatina sin protocolo, ni heraldos, ni trompetas, ni aparatosos cordones protectores, es el Monarca dichoso porque sus mejores vasallos temen a veces por él y a él no le temen.

Estoy llegando a los postres cuando Don Juan Carlos se levanta y, sonriente, dando la mano a quienes están cerca y se la tienden, sale de la fresca terraza iluminada por su presencia. Suenan aplausos. Alguien grita: ¡Viva el Rey! Cuando ya se ha ido, sin ulular de sirenas que le anuncien, la cena de todos prosigue en paz. No ha habido ministros ni de jomada. El Rey gusta de estar entre su pueblo Confía en su pueblo.

Lorenzo LÓPEZ SANCHO

 

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