Autor: Contreras, Lorenzo. 
   Bandera y displicencia     
 
 ABC.    18/07/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Cuaderno de notas

BANDERA Y DISPLICENCIA

EL 18 de julio es siempre buena oportunidad para el recuerdo en unos tiempos

peligrosamente caracterizados por el afán de olvido. Hoy día se ha

hecho de la inclinación a la falta de memoria una de las premisas de la solidez

democrática.

En la medida en que «aquello» no se recuerda se pretende estar más alejado de su

preocupante influjo. Seguro error. Es tanto como no reparar en que los

mecanismos involutivos operan por encima de la opinión pública. Y no es que vaya

a repetirse el «movimiento». Más bien se trata de que puedan repetirse

el sobresalto o los sobresaltos inherentes al eterno aventurerismo de quienes

confían contra toda esperanza en «algo» ajeno a «esto».

Es irritante la insensibilidad de políticos profesionales que parecen

genéticamente programados para reeditar la cena de Baltasar. Como dos más

dos son cuatro, jamás alcanzan a entender que la política no es una ciencia

exacta y que las reglas aritméticas no sirven para fundar, en ese terreno,

certeras previsiones. El vicepresidente del Gobierno, señor Guerra, acaba de

declarar a un periódico madrileño que «uno de los grandes aciertos

dé este Gobierno es que el tema del golpe ha desaparecido de la mente de los

españoles», entre otras razones porque «cuatro nostálgicos que andan con eso se

las ven y se las desean para lograr que les firmen cualquier papel».

Lamentable. En primer lugar, la extinción o alteración de antiguas y lógicas

alarmas no es un acierto del Gobierno, sino en todo caso del cuerpo

electoral, que demostró su preferencia por la democracia respaldando con sus

votos al sistema. En segundo lugar, no debe ser tan perfecta y total la

resistencia a la firma de manifiestos cuando hace días se filtraba oficialmente

la noticia de que una operación de este tipo había sido detectada a tiempo

y abortada.

Confundir el temor a poner en riesgo una carrera con el desdén hacia quienes

defienden opciones democráticamente vencidas es ignorar la condición humana y la

idiosincrasia de muchos militares españoles. Una cosa es acatar situaciones

determinadas, o incluso respetarlas por conveniencias personales, y otra

muy diferente simpatizar con ellas.

El caldo de cultivo del malestar castrense está siendo absurdamente alimentado.

Uno de los valores que más motivan a las Fuerzas Armadas —el culto a la

bandera— recibe necias vejaciones.

Justipreciar este error no es actitud extendida. Que uno recuerde, sólo Santiago

Carrillo y Tarradellas han dado hasta ahora la medida de la deseable sensatez

política al respecto. La aceptación racional de una simbología, el culto externo

y respetuoso a lo que representa el compendio de la legalidad establecida, por

encima de colores, no es cuestión baladí.

Cuando los comunistas, bajo Carrillo, exhibían la bandera rojigualda en las

vísperas de su legalización como partido, o cuando Tarradellas, en sus

tiempos de presidente de la Generalidad, aceptaba con plenitud de corrección la

liturgia de los símbolos de España, estaban demostrando sencillamente visión

política. Si ahora el Gobierno socialista proclama su disposición a aplicar las

normas de la bandera, acierta en lo fundamental.

Pero habría acertado mejor si su respuesta verbal a lo de Tolosa hubiera sido

adornada por la eficacia de la prontitud, sin dejar espacio para suponer,

fundadamente, que la marejada institucional ha excitado el celo necesario.

El incidente de Fuerteventura, saldado con arresto del capitán Miláns del Bosch,

merece algunas consideraciones.

No es defendible esa actitud «justiciera» de quien atropella a la autoridad —en

este caso el presidente del Cabildo— en nombre de una corrección supuestamente

conculcada. Ni aun en el caso de que el señor Mesa Noda, ante la bandera,

hubiera permanecido con las manos a la espalda y las piernas separadas, es nadie

el capitán para corregir violentamente lo que sólo puede ser objeto de

recriminación política. Pero si el presidente del Cabildo adoptó en verdad esa

displicente postura física valdría lamentar que en algunas ocasiones ni siquiera

se conceda a la enseña nacional el respeto que se dispensa a las extrañas.

Lorenzo CONTRERAS

 

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