Autor: Urbano, Pilar. 
   Gesto de la Reina     
 
 ABC.    25/10/1980.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Hilo directo

Gesto de Reina

«¿Cómo alguien pudo pensar que yo no fuera?», dijo la Reina cuando, ya de regreso en Madrid, le comentaron e) impacto fuerte que en el pueblo vasco, entre los familiares´ de los niños de Ortuella, entre la clase política, había producido su viaje súbito a Bilbao. «Yo tenía que estar allí con ellos», insistió Doña Sofía pensando en voz afta, como consigo misma y un punto sorprendida de haber sorprendido.

Para ella había sido un repente natural, espontáneo, tremendamente humano. Un repente que brota, como el agua del manantial, cuando se tiene un corazón grande. «Vémonos a Barajas y tomo inmediatamente un avión», le dijo al Rey al instante de conocer la noticia trágica de los escolares de Ortuella. Y fue el propio Don Juan Carlos quien la persuadió de que era conveniente ir antes a Zarzuela para organizar el viaje con un poco más de tiempo. Los Reyes estaban ese mediodía erv el Palacio de Justicia presidiendo un acto solemne. Sin mediar un segundo de vacilación... el gesto de gran mujer. El gesto de Reina.

«Hubiese querido estar con el mayor número de personas... hablar con lo» padres..., pero una vez allí, no hay palabras... sólo te sale abrazarles.»

A primera hora de la tarde emprendía el vuelo. Prisa tenía en llegar. Quiso ir al lugar de la explosión, a ia escuela de Ortuella, «la escuela de ta muerte», le ha llamado algún periodista, donde los escolares maduraron tempranamente, con el aprendizaje brutal de la lección más difícil para el hombre: aprender a morir. ¿Quién sabe, entre los vivos, esa desconcertante asignatura?

Pero antes Doña Sofía (una entereza que para sí habrían querido las remotas hijas de Esparta) acudió al depósito de cadáveres del hospital de Basurto. Estuvo donde se alineaban tos diminutos cuerpos destrozados. El lendakari Garaicoechea acompañaba a la Reina, en silencio. Era fácil pensar lo mismo que él pensaba en esos momentos: recordaba (a cantidad de veces que había dicho: «Yo no puedo poner fechas al Rey para venir al País Vasco..., aunque sería deseable que su visita fuese una fiesta.,., un día de alegría en Euskadi,» Pero la vida marca sus tiempos de alegría y sus tiempos de duelo. La Reina estaba allí... en un día de duelos para Euskadi.

Después, al hospital de Cruces. Recorrió algunas salas, donde los niños malheridos lloriqueaban, gemían, llamaban a sus madres... Se detuvo la Reina, alta, erguida, muy pálida y con los ojos fijos en la cabecita rubia de Nekane, una niña vasca: >>Me duele la cabeza y la pierna!» La Reina se inclinó, hasta casi rozar la almohada de la pequeñina, y dijo en voz baja: «¡Pobrecilla,.. hoy es su cumpleaños!» Se había arremolinado la gente en la calle para verla y hablarle y estrecharle las manos. Le fue costoso entrar en el coche. «Era difícil arrancarse de allí.» Son (os lazos —maraña que apresa— del dolor ajero, que nuestra Reina sabe sentir en el hondón del alma como cosa muy suya... En nombre de este dolor de España, ¡gracias, Señora!

Pilar URBANO.

 

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