Pedro Abreu relata su secuestro. 
 "Siempre estuve convencido de que me iban a matar"     
 
 ABC.    08/11/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Pedro Abreu relata su secuestro

«Siempre estuve convencido de que me iban a matar»

BILBAO.

«En todo momento, durante mi secuestro, estaba convencido de que me iban a matar», dijo en unas declaraciones concedidas a Efe el industrial cubano, afincado en Orlo (Guipúzcoa), Pedro Abreu, liberado el miércoles después de que, hace cuarenta y seis días, un comando se lo llevó de su residencia.

El señor Abreu declinó hablar sobre si se había pagado o no rescate, aunque reconoció que habían existido negociaciones con sus secuestradores, en las que él no participó.

«Estuve en un sitio húmedo —comenzó su relato el señor Abreu—. Y digo húmedo porque cuando había, por ejemplo, un pañuelo húmedo, había que sacarlo fuera para que se secase.»

«No puedo decir si viajé mucho cuando me secuestraron. Como me dieron algo para dormir, igual me (levaron a Gibraltar ida y vuelta o me dejaron aquí, en la esquina.»

«Yo tenía contacto periódico con una sola persona. Yo diría que fue la misma siempre. La verdad es que no vi caras, ya que estaban encapuchados. Y siempre estaba vestido igual mi vigilante, con un mono. A mí también me vistieron con un mono.»

«Los interrogatorios siempre versaban sobre dinero y posibilidades de tenerlo, mi historia pasada..., no sé si por curiosidad o por algún interés político. Había muchísimas preguntas sobre mi vida en Cuba. Se habló principalmente de tres cosas: sobre el rescate, de lo cual yo no hice mucho, porque eso estaba en manos de abogados, cuya dirección les di yo; de deportes y de mi antigua vida en Cuba. Pero no creo que se hablara más de cinco minutos al día, excepto cuando había interrogatorios, pero eso fue al principio, y cuando había alguna duda y había que aclararla. Por ejemplo, cuando me dijeron que les había engañado con cosas a veces absurdas.»

«Yo tuve tres principales entretenimientos: leer, hacer crucigramas y hacer solitarios.»

La comida era muy abundante. «Yo creo que ponían en la leche algo para abrir el apetito, porque tenía apetito y yo normalmente no tengo apetito. El trato me sorprendió, hubo poca conversación, a mí me hubiera encantado que el vigilante se hubiera sentado a conversar y a hablar para que me aburriera menos.»

«La primera cosa que yo recuerdo que les dije fue que seguro que había un error at secuestrarme a mí. En ese momento había por lo menos cuatro o cinco personas, aunque no lo sé. Me dijeron que iban a averiguar si había habido confusión.»

«Yo estaba convencido en todo momento que me iban a matar. Esa sensación duró hasta que me encontraron en Burgos.»

El industrial señaló que sus secuestradores estaban muy enterados de todas sus actividades. «No sólo de mi vida aquí, sino en Barcelona y en todos lados.»

«Cuando me dijeron que me iban a soltar tuve una sensación más intensa de que me iban a matar. Lo que me dio mala espina es lo del afeitarme, porque a mí qué más me da verme patilludo; pero, en cambio, que la Prensa saque la fotografía de un cadáver con barba de cuarenta días da aspecto de mal cuidado y parece que no les conviene.»

Se refirió a que en la carta que escribió a su esposa le censuraron cosas que no se explica; por ejemplo, la palabra «habitación». El lugar donde estuvo secuestrado era estrecho, un rectángulo, tendría por su parte más larga varios metros, unos cinco, y era más bien bajo. Las paredes eran artificiales, de conglomerado de madera, o chapa, y sonaba a hueco. Parecía más bien la obra de un carpintero aficionado, pero con dotes. Había dos literas y utilizó para hacer sus necesidades un cubo, que vaciaban cada día, y le traían agua para lavarse los dientes y la cara. No había ninguna ventana.

El industrial no se refirió a la organización a que pertenecían sus secuestradores, ya que, según dijo, en ningún momento tocaron el tema.

 

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