Y para las demás víctimas     
 
 ABC.    16/11/1979.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. VIERNES. 16 DE NOVIEMBRE DE 1979. PAG. 2.

Y PARA LAS DEMÁS VICTIMAS

Nada más legítimo ni más reconfortante y satisfactorio que la generalizada protesta, internacional e interna, el clamor mundial, alzados contra los secuestradores de! diputado Javier Rupérez. Nada más lógico, más humanitario, más justo, que a demanda unánime para que sea puesto en libertad indemne; demanda a la que se ha sumado la voz autorizadísima del Papa Juan Pablo II.

Pero nada sería, al mismo tiempo, tan incomprensible, tan indebido, tan injusto y tan discriminador, como aislar el caso del secuestro de Javier Rupérez de los demas casos precedentes y posteriores —pues que ya existe una nueva víctima, el teniente coronel Tomás López de Diego, ametrallado en San Sebastián—, en los cuales, el terrorismo de la ETA y del GRAPO, ha violado todos los derechos humanos habidos y por haber.

Descontado queda, por supuesto, que no pretendemos de ninguna manera, al incorporar esta consideración al tema, disminuír la gravedad enorme del secuestro de Javier Rupérez, ni moderar muestra pública repulsa del mismo o la condolencia que hacia él y sus familiares sentimos. No podemos, sin embargo, olvidar que este secuestro, por, muy cualificadamente criminal que sea, forma parte de una ya, antigua y mantenida y acrecentada campaña de terrorismo contra el Estado español. Contra sus instituciones, contra sus Cuerpos militares, contra sus fuerzas de Policía, contra sus ciudadanos, sus diputados, sus empresarios, sus trabajadores... Y porque no podemos olvidarlo queremos interpretar que la unánime condena mundial no excluyen a todas las demás víctimas del terrorismo.

No debe Inducir a confusión la diferencia cierta que existe entre los ciudadanos civiles y aquellos otros que por su condición militar o su condición policial asumen, profesionalmente, mucho mayores, Incluso Ilimitados, riesgos personales. Verdad es —y sello de "honor y de ejemplaridad admirable— el compromiso de morir en defensa dé la Patria que asumen los militares. Pero, ¿quién dirá que en tal compromiso se comprende morir asesinado por un tiro en la nuca cuando se camina pacíficamente por un paseo junto a una playa? No es menos verdad el riesgo de morir en defensa de la ley y en persecución del crimen que aceptan los miembros de las fuerzas policiales, haciéndose acreedores a una gratitud social, nacional, permanente. Pero, ¿cómo entender que este deber se cumple cuando son asesinados o ametrallados sistemáticamente, sin exclusión, por cierto, de su tiempo vacante de servicio; cuando les disparan en las escaleras de su casa o mientras toman café o hacen gimnasia en el patio del cuartel?

Matizada la diferencia, reiteramos la condenación del secuestro. Y repetimos la plena condenación del terrorismo que ya hemos padecido y que, desgraciadamente, tendremos todavía que padecer. Porque todavía no es bastante el clamor universal en contra para obligarle a cesar su «guerra sucia», ni todavía", a lo que pensamos, la unanimidad condenatoria de los partidos políticos españoles se ha traducido en una enérgica y definitiva ofensiva que le acalle, le derrota y te acaba

 

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