Los terroristas quieren pasar por víctimas     
 
 Diario 16.    19/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Los terroristas quieren pasar por victimas

Han pasado ocho días desde el secuestro del diputado Javier Rupérez, secretario de Relaciones Internacionales de UCD, y ETA (p-m) ha desoído todas las condenas y llamamientos que se le han hecho para que libere a su rehén.

El último comunicado reitera las condiciones exigidas —excarcelación de cinco presos etarras y constitución de una comisión avalada por el Consejo General Vasco para investigar la violencia institucional—, erige a ETA en el único resto de honestidad mundial y advierte de los riesgos que la ola de solidaridad en favor de su víctima supone para la vida de Javier Rupérez.

Estamos en una fase clásica de la guerra psicológica que busca la paralización de todos los reflejos sociales mediante el ejercicio del chantaje y del terror, en dosis suficientes para asegurarse la docilidad a sus objetivos.

La clave consiste en que los agresores que violan todos los derechos humanos, se presentan al mismo tiempo como víctimas de una sociedad cuya trayectoria no ha sido otra que la del progreso en el reconocimiento de las libertades y derechos humanos y el pacto con las fuerzas que ostentan la legítima representación política del pueblo vasco, para el establecimiento de las más elevadas cotas de autogobierno que ha conocido históricamente Vasconia.

Las declaraciones de Bandrés a «Informaciones» el viernes proporcionan elementos para un análisis del que deben sacarse consecuencias. En primer lugar, Bandrés reconoce que la amnistía de 1977 dejó vacías las cárceles y que «un día no hubo, efectivamente, ni un solo preso político vasco». Si desde entonces algunos etarras han llegado a las prisiones —precisamos nosotros— no ha sido por sus convicciones sino por su implicación en actos criminales de carácter terrorista.

El diputado afirma textualmente: «Para mí, a partir del pasado 25 de octubre empieza una nueva etapa que hace innecesario el empleo de métodos extraordinarios de respuesta.»

¿Debemos entender, por tanto, que los crímenes desde la amnistía del 77 hasta el 25 de octubre de 1979 deben quedar en la impunidad y los cometidos de esa fecha en adelante pasar a ser considerados como un método extraordinario de respuesta, que el diputado estima innecesario?

«Yo no tengo nada con ETA militar y he denunciado públicamente sus actuaciones; y tampoco tengo nada con ETA (p-m), aunque pueda haber una coincidencia de objetivos (...), pero yo lo quiero conseguir por medios de persuasión y reflexión, y ellos por medios más distorsionantes», afirma Bandrés en sus declaraciones. Nuestros archivos, seguramente incompletos, no guardan memoria de las denuncias de Bandrés acerca de ETA militar y son abrumadores, sin embargo, en cuanto a la conexión de EIA, bajo cuya ideología y disciplina se declaró plenamente Bandrés en el congreso del pasado junio —sin menoscabo, eso sí, de su condición de independiente— con ETA (p-m).

Inútil buscar en el vocabulario de Bandrés una palabra de condena o de calificación criminal de las acciones de ETA (p-m). Un secuestro, como el de Rupérez, o las matanzas de inocentes en las estaciones de Chamartín y Atocha y en el aeropuerto de Barajas no pasan de ser «medios más distorsionantes» o «métodos más o menos civilizados».

 

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