Autor: Fuente Lafuente, Ismael. 
   Ya tenemos un borrador de Constitución     
 
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YA TENEMOS UN BORRADOR DE CONSTITUCIÓN

"Aligerada la ponencia de la carga de tener que contrastar sus criterios con los de sus

partidos o grupos parlamentarios, resulta incomprensible que estemos en diciembre y no

tengamos siquiera un "borrador" completo." (En la, imagen, una reunión de la ponencia

constitucional.)

DOS temas han atraído de un modo singular la atención de los españoles en los últimos

días: la «filtración» del borrador de Constitución a la opinión pública y la declaración de

los

obispos sobre los «valores morales y religiosos en la Constitución». Los dos temas han

sido tan coincidentes en el tiempo, que la Conferencia Episcopal se ha visto necesitada

de aclarar que su documento se había producido al margen del borrador constitucional,

sin perjuicio de que, naturalmente, éste fuera conocido antes de la discusión y aprobación

final

del documento por los obispos.

Los dos temas son importantes y cada uno merece su propio y singular comentario.

Vamos a dedicar el del día de hoy al ya famoso «borrador».

Queremos decir, en primer lugar, que no nos ha extrañado en absoluto que el borrador

constitucional haya sido conocido antes de lo que pensaban sus autores. Ya dijimos

publicamente, cuando empezaron a trabajar, que nos parecía equivocado el

procedimiento de la «reserva», una «reserva» que llevada a sus últimas con secuencias

suponía no solo sustraer la opinión de los ponentes al contraste de la opinión publica,

sino sustraerla también

al contraste del criterio de sus propios partidos y grupos parlamentarios, camino

por el cual el texto no iba a tener más respaldo inicial que el de sus redactores.

Pero escogido este camino y aligerada la ponencia de la carga de tener que contrastar

sus criterios con los de sus partidos o grupos parlamentarlos, resulta incomprensible que

nos encontremos ya en diciembre y no tengamos siquiera un «borrador» completo. Desde

el primer

momento se vio que no había prisa en redactar la Constitución, que ni desde el poder, ni

desde la oposición, le urgía la aceleración de unos trabajos que debieron durar dos

meses y han durado seis.

Mantener tanto tiempo la reserva era una quimera.

Por lo tanto, día más, día menos, parece que era inevitable que el texto tuviera alguna

difusión, a pesar de la cual resultaría prácticamente imposible que ésta no alcanzara a la

opinión pública, que es lo que inevitablemente ha terminado por ocurrir, con disgusto de

los ponentes, con disgusto de los parlamentarios y de los partidos, que hubieran querido

cono

cer el texto de otro modo, y con desconcierto de la opinión pública que ha conocido a

«contrapelo» un texto incompleto y deficientemente redactado.

La ponencia constitucional parece que no encajó bien, inicialmente, la publicación de su

texto, sin caer en la cuenta de que era la consecuencia natural de su propio error de

planteamiento y de la lentitud de mantener a un país un año, por lo menos (a estas

alturas parece que incluso nos podemos pasar del año), en período constituyente, lo que

quiere de

cir en un vacío constitucional. Ahora parece que nos damos cuenta de que no pueden

abordarse a fondo temas tan importantes como el sindical o el municipal, o las

autonomías, o las relaciones con la Iglesia, temas que, como están ahí, es imposible

soslayar y va a haber que tratarlos de forma parcial, insuficiente y con una inevitable e

inconveniente «segunda

vuelta» a plazo muy corto.

La cuestión es más grave, porque el larguísimo período constituyente venía a sumarse a

otro no menos largo período de «reforma», con lo cual resulta que este país va a vivir

«provisionalmente» sin una estructura política básica cerca de tres años; teniendo que

atravesar, además, en este período, una de las crisis económico-sociales más grandes

de su historia. Desde luego resultará milagroso que no «nos rompamos la crisma» en el

experimento, y sólo la serenidad y la madurez de nuestro pueblo lo está haciendo posible.

Pero no conviene abusar.

Decidida la elaboración de una nueva Constitución, lo lógico era hacerla cuanto antes.

Vivir sin ataduras constitucionales puede dar ciertas facilidades, pero es sumamente

peligroso para un régimen democrático.

A veces nos empeñamos en no ver las causas verdaderas de muchos fenómenos y

ahora tenemos, además, el fácil y cómodo recurso de escudarnos en los «problemas

heredados». Pero lo cierto es, que lo mismo que la causa principal de la agravación de la

crisis económica no está en el socorrido refugio de los problemas heredados, sino en no

haber puesto a tiempo los medios para corregirla; la posible agravación de la situación

sindical y laboral en las empresas, la descomposición e ineficacia de la vida municipal y el

anárquico sistema con que nos estamos adentrando por el resbaladizo y peligrosísimo

terreno de las autonomías, tienen su origen principal en el vacío constitucional, en el

alargamiento del período constituyente y en la subsiguiente dilación del tratamiento

adecuado y a fondo de problemas políticos tan importantes como los que acabamos de

mencionar, a los que no se puede tener meses y años en radical contradicción entre la

normativa jurídica que los regula y la nueva realidad que un nuevo régimen político exige.

No podemos alargar este comentario. Sirva, una vez más, de toque de alarma sobre la

necesidad de que una nueva Constitución y una nueva normativa jurídica, de acuerdo con

ella, haga de verdad de España un Estado de derecho, según el nuevo sistema

democrático. Ahora, no lo es. Porque hemos dejado inaplicables las principales normas

anteriores y no las hemos sustituido por otras, y la vida política de instituciones

fundamentales, o rueda por la cuesta abajo de la inercia, o anda a la pata coja de la

discrecionalidad. Y éso es muy peligroso. Si nos damos el batacazo, de nada nos va a

servir lavar nuestras propias culpas con el agua milagrosa de los problemas heredados.

En fin, lo cierto es que al cabo de dos años de la muerte de Franco y de uno de la

aprobación de la Ley de Reforma Política, parece que lo que tenemos, por ahora, es un

incompleto y farragoso «borrador», de Constitución. Conocido de «tapadillo» y entre

reacciones conflictivas que, siguiendo la moda de los vocablos al uso, la ponencia se ha

apresurado a «desdramatizar». Y la ponencia puede efectivamente «desdramatizar» el

hecho de que se haya publicado su borrador, porque eso no es ningún drama. Lo que no

sé si vamos a poder «desdramatizar» es la gravedad de que a estas alturas sólo tenga

mos un «borrador» del anteproyecto de la posible Constitución, como consecuencia de lo

cual están en el aire, entre otras cosas, la regulación de la acción sindical en las

empresas, de la vida municipal y provincial, de las autonomías, de las rela ciones

IglesiaEstado.

Ello con independencia de que el borra dor de Constitución sea largo y prolijo, a veces

confuso y a veces declamatorio, a veces vago y a veces reglamentario. Mucho hay que

pulir, que ordenar, que precisar..., e incluso que corregir.

Nos gustaría que en segundas o terceras lectoras los ponentes acertaran a reducir el

texto y a ordenarlo más sistemáticamente. Nos gustaría que consideraran que una

Constitución no debe hacerse todos los días y que nuestra sociedad es

extraordinariamente dinámica. Si recoge

mos lo fundamental y dejamos lo contingente para leyes ordinarias, nuestro pueblo podría

desarrollar la cambiante vida de sus próximos años, dentro del mismo marco

constitucional; si nos empeñamos en descender al detalle, vamos a tener que hacer una

nueva Constitución; un nuevo marco, cada vez que nuestro pueblo se desarrolle, dé un

estirón o cambie de fisonomía, porque lo va a romper. A primera vista no parece ésta una

Constitución para el siglo XXI.

Pero después de todo, pensemos que no es más que el primer «borrador» del

anteproyecto, que después será proyecto. Tal vez nuestro pueblo y las instituciones en

que se desenvuelve su vida social y política aguanten hasta poder votar una buena y

duradera Constitución.

Licinio DE LA FUENTE

 

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