Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Julián Marías     
 
    Página: 17-19. Páginas: 3. Párrafos: 34. 

DIÁLOGOS, CONSTITUYENTES

Por Jaime CAMPMANY

Julián Marías

«La Monarquía está sirviendo para borrar las consecuencias de la guerra civil y

para lanzar a España por el camino de una democracia liberal efectiva» «Si

muchos votantes del 15 de junio hubieran sospechado que su voto significaba la

proposición de derribar la Monarquía, se lo hubieran pensado dos veces» «Creo

que en el sentido moderno de la expresión, aquí no hay más nación que España» .

En el fondo del salón hay una mesa gigante de despacho. Sobre la mesa, una

máquina de escribir, y libros, carpetas, papeles y recortes. Me da la impresión

de que Julián Marías

trabaja en medio de uno de esos peculiares desordenes en los cuales sólo el que

vive en ellos logra encontrar lo que necesita.

Mientras hablamos, es decir, mientras habla, alguien entra y le interrumpe. Don

Pedro Laín, al teléfono.» «Perdone.» «Claro.» Mientras está fuera curioseo

libros y cuadros. Hay un retrato de don Miguel de Unamuno. Hay una reproducción

de Fra Angélico, una «Anunciación», seguramente; la del Prado. Es inevitable que

se me ocurra la inocente diablura;

«El ángel del Señor anunció a Marías». Porque Marías es, ha sido, está siendo,

como un anuncio angélico para la nueva democracia. Siempre se adelanta a decir

lo que todos intui

mos que hay que decir. Sólo que él lo dice primero.

Antes de meterse en el tema de la Constitución, damos unos cuantos rodeos. Mi

apellido le trae el recuerdo de don Antonio de Capmany, el liberal de las Cortes

de Cádiz. Me habla de lo bien que Capmany escribía el castellano; de cómo él,

Marías, descubrió el estilo del famoso escritor y político catalán en un escrito

firmado con el seudónimo de «Pedro

Fernández». Y me habla de la guerra civil. Y de esto y de aquello Y de los

grandes españoles de este siglo. Hasta que, por fin, casi dejándome con la miel

en los labios, dice: «Cuando usted quiera.»

Un célebre artículo suyo sobre la Constitución, muy reproducido y comentado,

levantó una larga polémica. Decía usted que el borrador de la Constitución no

tenía enmienda. Después hemos visto que han sido muchas las que se han

presentado a aquel texto, ¿Tiene usted esperanza de que el anteproyecto, una vez

enmendado, pueda darnos una Constitución aceptable por la gran mayoría de los

españolea?

Bueno, yo no sé si se me entendió bien lo que quería decir al hablar de que el

texto

constitucional no tenia enmienda. Quizás esto se debe a mi costumbre de

trabajador intelectual, a mi manera de trabajar. Yo corrijo muy poco mis textos.

Las correcciones

procuro hacerlas dentro de la cabeza, antes de escribir; y cuando algo que

empieza a

escribir no me sale bien, prefiero romper el papel y empezar otro. Es decir,

empiezo

dos o tres veces, o más, hasta que llego a una precisión suficiente y a un tono

literario

que responde a lo que yo quiero decir, y entonces mis textos fluyen con cierta

normalidad y rarísima vez hago correcciones. Creo, además, que esto ahorra

tiempo, porque tengo la experiencia de que un texto que necesita muchas

correcciones, en general, es muy penoso y difícl de corregir, y no suele quedar

bien. De modo que, irte parece, que por economía de trabajo y de tiempo, es

mejor, a veces, volver a empezar.

Ahora bien, yo no quise decir nunca que se debiera tirar al cesto de los papeles

el trabajo hecho. Cuando yo vuelvo a empezar un artículo o un capítulo del

libro, evidentemente, no tiro al cesto el trabajo acumulado de horas, o de

horas, o de años; todo eso lo utilizo pera hacer una versión más ajustada y más

exacta.

Julián Marías Aguilera nació en Valladolid el año 1914. Filósofo y ensayista.

Director del seminario de Humanidades, cofundador con Ortega y Gasset del

Instituto de Humanidades,

académico de la Española. Profesor en instituciones privadas españolas y

extranjeras, especialmente norteamericanas. Colaborador asiduo de las más

prestigiosas revistas, conferenciante de ámbito Internacional y publicista con

amplísima producción de libros, uno de los cuales, "Miguel de Unamuno", fue

galardonado con el Fastenrath 1947.

Esto es lo que yo pensaba: que sería más cómodo volver, diríamos, a una nueva

redacción del proyecto; una redacción que no estuviera condicionada por tener

que aproximarse al anteproyecto, que me parecía de masiado defectuoso, empezando

porque es muy largo, muy prolijo y porque tiene muchos detalles que, a mi

juicio, eran innecesarios o, incluso, contraproducentes. Creo que hubiera sido

mejor haber hecho un texto, más ceñido, más ajustado, prescindiendo de todo lo

que no sea realmente esencial en una Constitución, y haber hecho una redacción

de nueva planta, libre; utilizando, por supuesto, todo el trabajo de la Ponencia

en todos los meses anteriores; pero, en definitiva, tampoco hay inconveniente en

partir de ese borrador, con tal que se haga una revisión inteligente y seria,

con responsabi lidad, en los sucesivos trámites por los que debe pasar.

Si yo no he entendido mal sus escritos, usted cree que muchos de los defectos

del proyecto constitucional se deben a que todos o algunos miembros de la

Ponencia han pretendido introducir en el texto sus propías ideas, y se han ido

haciendo concesiones los unos a los otros, con riesgo de caer en la vaguedad o

en la contradicción.

-Yo no conozco a la mayor parte de los miembros de la Ponencia. Conozco muy

ligeramente a un par de ponentes, pero no a los demás; de modo que yo no sé cómo

han trabajado. Ahora bien, me atengo a la impresión que produce el resultado, y

el resultado, tal como aparece en el anteproyecto, da la impresión de que ha

habido una serie de concesiones mutuas que han

producido una falta de precisión; quiero decir que han entorpecido la

formulación ri

gurosa y precisa de los puntos que podían ser conflictivos o donde,

verosímilmente, ha

bía discrepancias entre los ponentes. Esto se puede hacer en una discusión

amistosa;

se puede hacer eso que se llama limar aristas: se puede llegar a una fórmula más

o menos nebulosa cuando se trata de una con versación entre amigos. Ahora, en un

texto

constitucional, no, porque la principal virtud de un texto constitucional es su

precisión, su rigor, puesto que es el texto al cual se va apelar en el futuro

para resolver las

cuestiones difíciles. Es esencial que se pueda saber siempre, sin duda ninguna,

si algo

es constitucional a no lo es. De modo que la función de la Constitución es dar

una

norma clara e inequívoca para la vida política ulterior; en ese sentido, lo que

puede

ser simpático en una tertulia de amigos, se convierte en algo peligroso dentro

de un

debate constituyente. Por eso creo que hay que llegar a un consenso en el

sentido de

que la Constitución recoja aquellos puntos fundamentales en los cuales coincide,

no la

totalidad del país, que esto es imposible, porque no hay unanimidad mas que en

las

dictaduras, sino una importante mayoría. Yo he dicho siempre, hablando de otros

temas,

hablando en general de la actitud política, que los españoles deberían

prescindir de

aquellos puntos de vista que, aun siendo le gítimos en principio, son gravemente

incon

venientes para otra fracción del país. Es decir, hay que renunciar a aquello a

lo cual

objetan muy gravemente, muy seriamente, fracciones importantes del país, sobre

todo

en una época en que se trata de organizar un nuevo Estado, una nueva forma

política. No

debemos llegar a una situación en que haya partes de los textos legales que sean

gra

vemente intolerables para una fracción grande del país; en ese sentido, sí se

debe usar

una conciliación, pero nunca a costa de la precisión, de la claridad o del

rigor.

-Y ¿cuáles son, concretamente, los puntos de la Constitución en donde ha visto

usted reflejada esta mala manera de llegar a un acuerdo?

-Hay un par de puntos que me parecen especialmente importantes. Uno es el

referente al sujeto de la soberanía, es decir, quien hace la Constitución es

España. Me referí a la expresión, tradicional en las Constituciones, "Nación

española»; esta expresión

faltaba absolutamente, rompiendo una larguísima tradición. El uso de la

expresión «Na

ción española» es muy antiguo y por su puesto, es un uso constitucional

consagrado

desde la Constitución de Cádiz de 1812. Esto me parecía sumamente grave, porque

entonces se desdibujaba quién era el sujeto de la soberanía; había una serie de

denominaciones perifrásticas, relativamente vagas que se pueden usar en la

conversación ordinaria o en un escrito literario, pero que en una Constitución

deben ser sustituidas por la expresión estricta e inequívoca.

Me refiero al problema de las autonomías. Yo soy muy partidario de las

autonomías y

las he defendido siempre, incluso cuando muy poca gente las defendía. He escrito

bastante sobre ello por ejemplo, toda la primera parte de mi líbro «La España

real», escrito en el verano de 1974, es decir, en pleno régimen anterior, dedica

mucha atención al problema de las autonomías y al problema de la estructura

regional de España, porque me parecía y me sigue parecien do de capital

importancia.

Hace trece años escribí una muy larga serie de artículos sobre Cataluña, que se

publicaron en Barcelona; después se publicó el libro «Consideración de

Cataluña», que fue el primer libro escrito en serio sobre los problemas

catalanes, cuando esto era enormemente difícil porque funcionaba la censura. Yo

no acepté esa censura; dije que no admitía que la censura modificara mi

«No se puede hacer una especie de uniforme autonómico para todas las comunidades

internas

de España»

«Me interesa que se mantenga una economía de mercado que baga posible la

libertad»

«La principal virtud de un texto constitucional es su precisión»

texto, no por nada, no por ningún tipo de soberbia particular, que no tengo,

sino porque yo

había hecho un texto equilibrado, y si la censura intervenía, lo iba a

desequilibrar. Le dije al entonces director de El Noticiero Universal», don José

María Hernández Pardos, que

si la censura mutilaba mi texto, a mi mismo me parecería un texto injusto, y

entonces no lo publicaría. Esto lo comprendieron; el texto se publicó integro,

sin problemas, y luego en forma de libro; allí se ve hasta qué punto yo era

partidario del reconocimiento de la personalidad de Cataluña y de una autonomía

que puede ser muy amplia y que debe ser eficaz.

Pero, claro, una cosa es esto y otra cosa es que se desdibuje la realidad da

España

introduciendo conceptos que pueden ser ambiguos, y hablar de «nacionalidades» y

«regiones», expresiones que utiliza el texto constitucional, me parecía muy

ambiguo en muchos sentidos. En primar lugar, porque habrá que preguntar cuales

son, y un texto constitucional que habla de «nacionalidades» y «regiones» y no

cuáles son, me parece inadmisible, pero, por lo visto, nadie se atrevía a

decirlo. En segundo lugar, la palabra «nacionalidad» la he examinado en varios

articulos con bastante detención y he mostrado, fuera de toda duda, que es una

palabra abstracta que índica la cualidad, la con dición de lo que es nación,

pero no designa

una nación, ni una parte de nación, ni una «subnación». Este es un uso que no

existe

en la lengua, es decir, que una cosa es nación y otra cosa nacionalidad. Si en

la Constitución se hubiera dicho «naciones», yo no habría tenido nada que

objetar lingüística

mente; habría tenido que objetar política e históricamente, porque creo que en

el sentido moderno no hay más nación que España. En el lenguage medieval, por

supuesto, la palabra nación se emplea en un sentido sumamente lato; nación era

el lugar de nacimiento; se aplica a cualquiera de los reinos medievales; se

aplica a unidades mucho menores, por ejemplo, a una comarca; se aplica a una

ciudad; se puede decir: «de nación, segoviano»; o se usaba, simplemente,

referida al nacimiento. He citado las expresionas usuales: «es ciego de nación»

o «es tonto de nación», es decir, de nacimiento: he recordado que se llamaban

«naciones» a los grupos de estudiantes de las Universidades medievales; he

citado la Sorbona, pero igual

mente pasaba en Salamanca. En los Estados Unidos se hablaba de las seis naciones

in

dias, que es lo que llamaríamos hoy tribus. Es decir, hay un sentido lato, un

sentido vago

de la palabra «nación», que indica simplemente naturaleza, lugar de nacimiento

que se aplica a todo tipo de unidades grandes y pequeñas, pero que no tiene el

sentido riguroso que tiene el concepto de «nación» en la Edad Moderna y que noy

tiene un uso

universal; por ejemplo, decimos las Naciones Unidas. En este sentido, la

«nacionalidad» me

parece un término equivoco.

-¿A usted, entonces, le dejaría más satisfecho, más tranquilo, el uso

constitucional

de la palabra «regiones»?

-La palabra «regiones» es una palabra que ha sido usada y admitida siempre;

tiene una larga historia; es la palabra que se empleó en los Estatutos de la

República; allí se hablaba da «regionas autónomas», de la «región autónoma». No

creo que la (palabra «región» tenga absolutamente nada de peyorativo ni de

negativo. ¿Por qué la «región» no puede tener plena dignidad? Pero si esa

palabra no gusta (al fin y al cabo, su uso general viene del primer tercio del

siglo XIX, y tampoco es tan antigua como cuando se decía «reinos», o

principados», o «señoríos, u otro tipo de denominaciones), se podría usar el

término «países». La palabra «país» es una palabra suficientemente elástica. Su

significado preciso depende del contexto en que se usa. Hace mucho tiempo que

decimos, por ejemplo, «País Vasco». Es una palabra tomada, evidentemente, del

francés; pero, en fin, tiene una carta de naturaleza admitida en nuestro idioma.

Se habla del país en un sentido que, a veces, quiere decir el país entero, es

decir, España. Otras veces, quiere decir el país natal, la región, o incluso, a

veces, puede ser una provincia. La expresión «países autónomos» suena bien y

tiene perfecto sentido. Se podría usar indistintamente «región» o «país»; las

dos palabras me parecen muy aceptables.

-Hasta ahora, profesor Marías, me ha hablado del problema de la terminología. ¿Y

en cuanto al contentenido de estas autonomías?

-Yo quisiera que estos países o regiones, o como se quiera llamarles, tuvieran

autonomías eficaces, reales, amplias y distintas. No se trata de uniformar a las

regiones o países, porque son distintos, y distinto es el grado de autonomía que

pueden tener y las responsabilidades qué pueden asumir. No se puede hacer una

especie de uniforme autonómico que sirva por igual a todas las comunidades

internas de España: eso no tendría ningún sentido. También ha habido sus

picacias en algunos lugares cuando dijo el presidente de la Generalidad que no

es lo mismo Cataluña que la Mancha. Ha habido manchegos que se han sentido

ofendidos, y tampoco eso tiene sentido, porque evidente mente no es lo mismo.

Cataluña tiene otro tipo de realidad y otro tipo de unidad, apatque la Mancha es

más bien una comarca y no una región. Las comarcas tienen mucha importancia.

Hay..., imagínese usted: una comarca en la Mancha, otra comarca es la Rioja,

otras comarcas son la Bureba o el

Bierzo. Hay innumerables comarcas que no coinciden con las divisiones

provinciales ni

con las divisiones regionales. La realidad humana histórica es muy compleja, no

es una

cosa que se pueda hacer con una regla y un cartabón. La realidad humana

es siempre

inexacta: la precisión que corresponde a lo mano no es la exactitud, es otro

tipo de

precisión y, por consiguiente, no se puede hacer una especie de visión

geométrica de

las realidades humanas históricas o políticas.

-Creo que este tema ha quedado perfectamente claro y suficientemente explícito,

profesor. Hablaba usted de dos puntos. Este era el primero; el segundo sería...

-Bueno, hay otro punto, que es el que se refiere al Régimen, a la forma de

gobierno,

creo que en España se ha establecido la Monarquía... Yo no soy monárquico, no lo

he sido nunca; yo he sido republicano y he estado del lado de la República

durante la guerra civil, aunque sumamente descontento de cómo se llevaban

las cosas, pero siempre he mantenido lealtad a la República durante la guerra,

con todas las reservas, muchas reservas, gravísimas reservas, que tenía frente a

ella. Pero tenía muchas más graves reservas frente al otro lado, por supuesto.

Sin embargo, me parece que la razón histórica haría pensar que lo que la

República quiso hacer, y lo que a mi me entusiasmaba de ella, es decir,

asegurar la libertad de España, hoy lo puede hacer mucho mejor, mucho más

eficazmente, la Monarquía. Y en ese sentido, me parece que el hecho de que la

salida de la guerra civil y

de la inmensa crisis política del régimen de Franco haya sido la Monarquía es un

hecho de enorme fuerza, que me siento ínclinado a aceptar históricamente, y a

aceptar con entusiasmo, puesto que me parece que la Monarquía está sirviendo

para borrar las consecuencias de la guerra civil y para lanzar a España por el

camino de una democracia liberal efectiva.

Creo que el país ha refrendado la Monarquía no sólo en el referéndum, sino

también, especialmente, en las elecciones de junio pasado, y entonces me

sorprende que se presente ese voto particular del Partido Socialista proponiendo

la eliminación de la Monarquía. Hay que tener en cuenta que el Partido

Socialista no usó la palabra República en las elecciones. Esa palabra no fue un

elemento de la campaña electoral; bueno, la palabra socialismo casi tampoco,

pero en fin, desde luego la palabra República no se utilizó. Y tengo la

impresión de que muchos votantes del 15 de junto, si hubieran sospechado que su

voto significaba la proposición de derribar la Monarquía y establecer la

República, lo hubieran pensado dos

veces, y es posible que lo piensen en unas próximas elecciones. Pero lo que no

me pa

rece aceptable es presentar un voto particular en asunto tan grave sin que sea

de una

manera seria, es decir, simplemente como algo que se dice para que luego no sea

verdad o para que luego sea retirado. Por eso, me parecería inconsecuente que

este

voto particular fuera después eliminado, o desapareciera, o se volatilizara;

creo que

mantenerlo es una responsabilidad política: mantenerlo, defenderlo, justificarlo

y dejar

que el país forme posición respecto a eso. Pero hay una segunda parte que es la

que

me inquieta más, y es que me parece muy peligroso que, a cambio de que no fuera

enserio esa propuesta de República, se consiguiera que el Rey no fuera un Rey

eficaz. Porque entonces resultaría que no tendríamos en España República, pero

no tendríamos tampoco una Monarquía adecuada a la época en que vivimos y a los

problemas políticos planteados hoy, y esto sí me parecería muy grave, porque

creo que un Rey que sea una figura decorativa es un lujo que

no nos podemos permitir. Las decoraciones están muy bien cuando la estructura

princi

pal está asegurada, pero ese no es nuestro caso. Estamos en una labor de

urgencia;

tenemos que constituir una estructura política que funcione, que sea eficaz, que

sea

capaz de enfrentarse con los muy graves problemas que España va a tener en el

futuro. Y para esto hace falta que, si tenemos Monarquía, esa Monarquía sea

eficaz y adecuada, del mismo modo que, si tuviéramos República, tendría que ser

una República también adecuada y también actual, y no una República arcaica. En

ese sentido, creo que el Rey debe tener ciertas funciones, especialmente

funciones sociales.

-¿Cree usted que esas funciones debieran estar expresamente reconocidas y

respetadas en la Constitución?

-Yo escribí un artículo hace tiempo en que conparaba estas dos fórmulas: Jefe

del Estado y cabeza de la nación. Yo creo, por supuesto, que el Rey es Jefe del

Estado, pero no solamente eso; creo que hay funciones de prestigio, de

posibilidad de arbitrar, de hacer vater eu autoridad, no ya su poder, sin su

autoridad, para impedir que se hagan cosas indebidas en el país. Citaba entonces

el ejemplo de Kennedy cuando, no con su poder de presidente, que no tenía poder

para ello, sino su autoridad de presidente, se opuso a una subida del precio del

acero, injustificada y peligrosa para la vida de los Estados Unidos. Las grandes

compañías siderúrgicas se echaron atrás porque no se atrevieron a afrontar la

desaprobación del

presidente. Pienso, por ejemplo, en el motín de Esquilache. En el año 1776, el

pueblo

de Madrid, amotinado contra su Gobierno, vitoreaba a Carlos III, y justamente

buscaba

apoyo en el Rey como cabeza de la nación frente al Gobierno, es decir, frente a

la estructura política del Estado.

Pienso en la función que puede tener el Rey en la coordinación de esfuerzos

culturales, de un patrimonio cultural histórico, artístico, lingüístico, que no

se reduce a España, porque envuelve a todo el mundo hispanoamericano. En cierto

sentido, hay toda una serie de actividades que no son estrictamente políticas,

que no son estatales, pero que envuelven a los países hispanoamericanos. Esto no

lo puede hacer un Gobierno español, pero lo puede hacer un Rey de España, que en

definitiva es heredero de los que fueron Reyes de los países de América. Es

decir, hay toda una serie de funciones que me parecen fundamentales y no se debe

regatear que el Rey las tenga. La expresión tan repetida «el Rey reina, pero no

gobierna», es una vieja expresión de Thiers.

Está muy bien; pero yo a eso contesto: de acuerdo, el Rey no gobierna, pero

reina; y ¿qué es reinar? Hay que precisar esto. Yo lo hice hace tiempo en un

articulo que se titula «La función social de reinar». Dediqué a este tema un

articulo entero.

-Aunque sea empujarle a usted, respetuosa y cordialmente, hacia un tema que no

es de su especialidad, ¿puede darme una impresión acerca del modelo económico

que la Constitución propone?

-Bueno, a mi me gusta hablar lo menos posible de aquello en lo que no soy muy

competente, y en economía no lo soy. Probablemente, en casi nada; pero en

economía, desda luego, no. Ahora, yo diría únicamente una cosa. Me interesa de

la economía la vertiente que da a la vida política y social. Quiero decir esto:

yo soy muy entusiasta partidario de la economía de mercado, no solamente porque

la experiencia muestra que los países realmente prósperos,

los países que han superado, no ya la miseria, sino incluso la pobreza, y que

han llegado a un estado de esplendor económico nunca conocido en el mundo, son

países que

tienen una economía de mercado, sino por otra razón más política. En España, por

ejemplo, después de la guerra civil, se salvó una cierta porción de libertad

social, personal e

incluso, en alguna medida, de libertad política, porque se mantuvo una economía

de

mercado; no una economía liberal, que nunca lo fue, pues estuvo perturbada por

constantes inferencias del Estado, pero, al fin y al cabo, una economía de

mercado. Y gracias a que uno podía comprar los víveres o la ropa en la tienda en

que quería; gracias a que se podía trabajar en una empresa privada y no del

Estado; que se podían publicar los libros en una editorial privada, o se podían

publicar artículos, ¡cón censura!, pero en periódicos y revistas que eran

también propiedad privada y debidas a la iniciativa privada; gracias a ésto se

ha podido vivir en España con algún margen de libertad y, con cierto decoro.

Imagine usted lo que hubiera sido aquéllo si las tiendas, si los grandes

almacenes, los talleres, las fábricas, las empresas, las editoriales y los

periódicos hubieran permanecido en manos del Estado. No habría quedado ni un

resquicio de libertad; y como a mí la libertad es, políticamente, lo que más me

importa de todo, porque si no se tiene libertad no puede uno quejarse de la

injusticia social, ni siquiera decir que hay injusticia social, me interesa que

se mantenga una economía de mercado que haga posible la libertad real, la

verdadera libertad.

—Gracias, profesor. Me parece que esa palabra, libertad, es la más hermosa

manera de terminar.

Jaime CAMPMANY

 

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