Autor: Altares, Pedro. 
   Treinta y un días     
 
 Diario 16.    13/12/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Treinta y un días

Pedro Altares

Treinta y un días. Demasiadas horas, interminables minutos como para olvidarlas por el «Happy End».

Javier Rupérez ha vuelto a casa. Desdichadamente, la realidad española no nos tiene acostumbrados a las alegrías, de modo que resulta imposible poner límites a esa contagiosa y generalizada felicitación que llega en forma de ramos de flores a la casa de la plaza de la Morena.

Curiosa, y significativa, la reacción de esos periodistas que esperan en la calle la salida de Geraldine y de su hija Marta. En ningún momento son testigos pasivos: demuestran un entusiasmo contagioso, febril, tremendamente respetuoso primero con la angustia y ahora con la felicidad. Decir a estas alturas que la familia Rupérez ha tenido un comportamiento ejemplar, es decir muy poco. Algún día habrá que contarlo: ni una palabra de despecho o de histeria o de revancha o de odio. Quizá sólo de asombro dentro de un dolor que nunca, y eso conviene decirlo muy alto, fue insolidario. Y la bus queda de un resquicio de racionalidad.

Por encima y por debajo de las grandes palabras políticas, de los principios, de los miedos, la desesperada búsqueda de una solución sin vencedores ni vencidos y enmarcada en el amplio marco de la comprensión y la esperanza para una pacificación de Euskadi.

En la historia de estos treinta y un días de secuestro, con la tremenda incógnita de su desenlace, ha habido una serie de pequeñas cosas que convendría no olvidar. La más importante de todas ellas, probablemente, es que la política española sigue siendo traumática. Para todos. Y que la frontera de buenos y malos debe ser sustituida por una dialéctica de razones, de diálogo, de erradicación de todo tipo de violencia. ¿Sirve para algo la violencia?

En cualquier caso sólo una respuesta: la política del ojo por ojo no conduce a la paz. En el abrazo de Javier Rupérez a su familia y amigos, en su agradecimiento a la prensa, había algo más que emoción.

Había esperanza, fundada no en sentimentalismo, sino en el convencimiento de la superación de la dialéctica de los puños y de las pistolas. Para aquí y ahora. También para Euskadi.

 

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