Autor: Calvo Sotelo, Luis Emilio. 
   La apertura y sus límites     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA APERTURA Y SUS LIMITES

ES indudable que España vive momentos confusos. En poco tiempo se ba mentalizado un clima, expectante e inconformista, de mudanza urgente. Es cosa de modas. En 1923 la moda se llamaba «hastío»; en el 31, «libertad»; en el 33, otra vez «hastío»; en el 36, «desesperación y caos»; en el 40, «Gibraltar y División Azul»; en el 74, otra vez «libertad». Volvemos, pues, a las calendas políticas de hace medio siglo.

El Estatuto de Asociaciones ha servido para la toma de posición de cuatro grandes grupos que están en «I terreno de juego: los que defienden a ultranza el Estado del 18 de julio; los que desean acompasarlo al discurrir del tiempo; los que se sienten marginales a él; y los que le combaten.

Los últimos son los más nítidos. Fernández de la Mora afirmaba en reciente comentario que la Junta Democrática promovida por Santiago Carrillo —protagonista de los amaneceres en Paracuellos— es una versión nueva del Frente Popular.

En la antípoda se encuentran quienes defienden el Estado del 18 de julio, radicalizando su actitud. No desean asociaciones, porque temen que desembocarán en partidos políticos clásicos.

Él tercer grupo es el de aquellos que desean —o aceptan-— una apertura dentro ´del Movimiento. Es la tesis del Estatuto.

Por fin, está el último grupo, que quiere una apertura fuera del Movimiento. Hay dentro muchos subgrupos, y sus principales argumentos son los siguientes: «Franco es el Régimen, y no es inmortal; no se puede gobernar sobre una victoria que dividió al país en dos mitades; España debe entrar en la «élite» de los países democráticos, etc.» Y han creado un «slogan» inteligente, parecido a aquél de «Franco o comunismo», que tanto irritaba a muchos: «Apertura o comunismo». Para algunas camarillas de este grupo, el Estatuto resulta corto.

Si descartamos la facción de Santiago Carrillo, por su beligerancia indisimulable — ¿a quién podrá engañar su burdo disfraz?—, y fundimos un una ancha base común a los grupos segundo y tercero, aunque ahora jueguen a darse alfilerazos, quizá observemos que algunos de los argumentos aducidos por el cuarto, son incorrectos. Por ejemplo, en su día se censuró a Franco dejar suelto el cabo de la sucesión —al fin anudado—, lo que prueba que se pensaba en la continuidad de un Régimen, en el que, además, caben otras cosas. El trauma que supondrá para el país la desaparición física del Generalísimo es de consecuencias imprevisibles, pero tan válido como un nuevo ensayo liberal, por dos veces fallido, es intentar consolidar al Príncipe, jugando la baza de las actuales Instituciones.

Si la ilusión triunfalista ha menguado, objetivamente debiera aumentar el crédito en el actual Estado, porque los logros obtenidos son indiscutibles. Por otra parte, él sucedáneo que se ofrece para ilusionar al país —elecciones, huelgas y luchas partidistas— supone más de regresión que de evolución; de nostalgia que de progreso.

La circunstancia de que el primero de abril cayese de este lado y no del de Negrín, no parece motivo lógico para dejar entrar en el barco a quienes tratan de hundirlo, porque si los bigotes de Stalin hubiesen presidido el desfile de la victoria, como el portalón de la plaza de Alcalá, nos dejarían hablar de apertura lo mismo que a Hungría y Checoslovaquia. Aceptando que la soberanía radica en el pueblo, una vez que éste ha expresado su adhesión mediante la consulta (y la efemérides), es lícito atemperar el ejercicio de las libertades individuales en aras del bien común; y lo cierto es que las críticas son ya bastante libres —por menos clausuró Azaña docenas de periódicos, según recordaba Emilio Romero—, tanto que, leyendo ciertos textos, uno no sabría discernir con certeza si Besteiro rindió Madrid a Franco, o el «Campesino» conquistó Burgos. Delicada y sorprendente es la actitud esquiva de una parte de la Iglesia, por su trágico victimario de 6.832 religiosos y 13 obispos asesinados por el marxismo —sin un solo caso de apostasía, según subrayé en mi glosa de tres artículos, publicados en «Ya» hace trece años por encargo de la B. A. C., sobre la monumental «Historia de la persecución religiosa en España», considerable aportación de un equipo presidido por don Antonio Montero, hoy auxiliar en Sevilla—; por. la transparente orientación religiosa del 18 de julio —«damos gracias, hijos queridísimos de la católica España —expresó Pío XII— por el don de la victoria con que Dios ha premiado vuestros sacrificios»—; y también porque el Régimen ha. sido magnánimo con la Institución, y ha hecho de lo social, bandera, logrando el difícil equilibrio entre el desarrollo económico y los avances sociales,- sin demagogias, pero con vocación.

Hay, finalmente, dos argumentos reiterados por los partidarios de la apertura total: que el pueblo .está harto del Régimen, y que España debe entrar en la «élite» de los países democráticos.

La primera es una afirmación gratuita, porque hay una amplia clase media, creada por aquél —conservadora desde que tiene algo que conservar— que viene apoyándolo sin interrupción. Preocupante es el asunto de la «élite», sobre la base de mudar la piel, porque ¿se trata realmente de una «élite»?

¿Cómo les van las cosas a los italianos? ¿Y a los portugueses, despeñándose en la rompiente de los «ismos», según predije en este diario un mes después de la «revolución de los claveles»? («Lamento poner sordina —escribí— a las voces triunfalistas... porque el futuro de Portugal es sombrío j» «Las voces que llamaron a Spínola... difícilmente le perdonarían una contramarcha.»)

En cuanto al Mercado Común, hasta los reyes tienen que echar mano de las bicicletas. ¿«Élite»? El calificativo me parece enfático, como al P. Félix García. Es más, yo diría —coincidiendo con pensadores de mayor fuste— que el mundo camina hacia otras´ fórmulas que las demoliberales, erosionadas por las «debacles» económicas que sus secuelas promueven. Y podría constituir un error que nosotros, instalados en coordenadas de eficacia, fuésemos en otra dirección coincidiendo con el regreso de los demás, máxime cuando debiéramos estar — y de hecho lo estamos, aunque a veces nos fallen la memoria y la vergüenza, como ha escrito García Serrano— de vuelta de tales espejismos.

Creo, en resumen, que el actual nerviosismo es menos representativo de lo que parece. El Estado del 18 de julio es una realidad no sólo histórica —que también lo es, aunque llegará el día en. que nos digan que la hemos soñado, como ahora nos piden que la olvidemos—, no sólo impregnada de nostalgia, sino presente_ y articulada. Es legítima, a mi juicio, la postura de quienes defienden ese Estado, por su titularidad histórica, por el apoyo que ha venido prestándole el país, y por sus logros; en definitiva, porque ha sido, más beneficioso para España que. los ensayos precedentes.

Aceptar las mejoras que el tiempo aconseje, es una cosa, y otra arrasar las Instituciones; no sería justo, por ello, tildar de inmovilistas a cuantos se oponen a este atraco descarado. Si por «reconciliación» se entiende una ruptura con el pasado, seríamos, además de desleales, torpes, porque los años treinta fueron mucho peores que los presentes; si significa caminar juntos desde la rampa de lanzamiento de unas fechas que nos han traído una España mejor, la opción puede ser óptima.

Declarada la ilegalidad de las ideologías marxistas —como en la muy democrática Norteamérica— no cabe pensar en su reincorporación al tráfico político del país. ¿Exclusión de grupos? Sí: los de aquellos que matan inocentes en las cafeterías y destripan guardias civiles en las cunetas. En cambio, la evolución hacia un contraste de pareceres condicionado a los límites de nuestras leyes fundamentales, aunque a algunos les parezca conquista mínima y a otros excesiva concesión, cumplirá el ciclo constituyente; calmará impaciencias; y quizá sirva, en efecto, para oponer a los extremismos una vacuna idónea, porque la disyuntiva «apertura p comunismo» constituirá o no un sofisma, según la dosis que se aplique y la forma de aplicarla. Esa apertura debiéramos aceptarla todos, incluso aunque no la hayamos ni deseado ni buscado, porque es´ una oferta de la Ley Orgánica, y es preciso hallar fórmulas que calmen el nerviosismo, sin poner trabas, sino, muy al contrario, colaborando y uniéndonos en la aventura para evitar descarríos. «Es tiempo de unirse», escribía el duque de la Torre. Venga, pues, . él Estatuto de Asociaciones Políticas, pero meditando mucho, tanto éste —que es un primer paso— como los sucesivos, porque en otro supuesto podrían peligrar los logros de las últimas décadas, haciendo de todo este asunto un suicidio político.

Luis Emilio CALVO-SOTELO

 

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