Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   Criados de Europa     
 
 ABC.    07/12/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CRIADOS DE EUROPA

YA vuelve el español donde solía... Ya vuelve... Contemplad en vuestros viajes allende las fronteras a estos hombres y a estas mujeres chaparros y morenos, de tez curtida y profundos ojos. Son nietos da los que un día se enseñorearon de Europa, de tos que pusieron sus picas en Flan-des, de los altivos dueños del mundo en Lepanto, de aquellos de las espadas de acero en Mühlberg y las sandalias recias sobre la Roma del saco y la doblegada tozudez temporal pontificia... Ya vuelve... Ya vuelve el español donde solfa...

Lo encontraréis en los mismos países de antaño. Sólo que ahora aquel españolito del poder y la gloria sirve ´la mesa en París a tos burgueses galos; iimpia los mocos a Jos crios de los obreros holandeses; baja a la mina en Bélgica; ocupa los oficios letrinales en Alemania; es pinche en los restaurantes británicos, fregón en Jas lavanderías danesas, cenzayo en ios albergues suizos o bávaros. En los últimos lustros, en estos años radiantes del desarrollo y los cánticos triunfales, millones de españoles se han visto obligados a levantar el postigo del huerto paterno, camino de la emigración, para entrar a formar parte destacada del famulato europeo.

No quiero desdorar en un ápice la dignidad de los oficios humildes. €1 trabajo es siempre una aristocracia y ante él hay que descubrir se con respeto. Pero si conviene recordar que una parte del brillante desarrollo económico español se ha amasado con el sudor y las lágrimas de varios millones de compatriotas a los que se ha reducido a ´la triste condición de criados de Europa. Ya sé que escuecen ciertas verdades.

Pero hay que decirlas, y a las claras, para que el Gobierno contemple con rubor esa realidad hiriente de la emigración española. Al poner en marcha la caravana de las cifras triunfales, al hacer sonar los claros clarines del desarrollo, se -olvida con frecuencia el dolor de los que se fueron y el origen amarguísimo de unas divisas que, a veces, se malgastan en tristes operaciones de importación y exportación.

Es cierto que al alborear el siglo también salían los emigrantes de España, aunque en menor número y con destino a países a los que llevábamos, renovadas, sangre, lengua y cultura. Es cierto que las autoridades españolas en la materia han realizado en los últimos años un admirable y abnegado esfuerzo para canalizar la corriente emigratoria y defender los derechos de nuestros trabajadores en Europa.

Es cierto que se ha procurado evitar en lo posible la contaminación ideológica, tizoneada por los partidos comunistas europeos entre unos emigrantes como los nuestros con escasas defensas para resistir el acoso.

Cierto es todo esto, y si no se reconociera perderíamos la objetividad; pero también lo es que nunca quizá había existido una diferencia tan grande de nivel de vida entre España y los países centroeuropeos como para que éstos pudieran disfrutar de criados y obreros españoles. Se ha jugado mucho en los últimos años con estadísticas huecas, entre la burla y el fraude. Comparar, por ejemplo, la España de 1968 con la de 1928 es un engañabobos. Hay que comparar la España de 1968 con la Francia, la Alemania, la Suiza y la Dinamarca de 1968; y la España de 1928 con esos mismos países en idéntica fecha.

Seguramente nos llevaríamos algunas sorpresas en no pocos aspectos. España ha progresado mucho en ¡as últimas décadas, pero ¿no habrán progresado más deprisa todavía varios países europeos, haciéndose aún mayor la distancia que de ellos nos separa? ¿No será cosa de moderar nuestro triunfalismo, tantas veces infantil, y contemplar con bochorno, y embermejados, ese espectáculo tristísimo de los varios millones de españoles convertidos en criados de Europa?

Yo recomendaría a algunos de nuestros políticos, tan aficionados a Jos cuentos chinos, que leyeran éste del «Siam Shan Ye Lu», escrito en e! siglo X, y al que me he referido en otra ocasión: «Un gobernador recién llegado a su cargo ofreció un banquete a los notables de Ja ciudad. En medio de los vinos y el regocijo un cantor saludó en estos términos a! recién llegado: "Al antiguo magistrado uno nuevo le reemplaza; a la estrella de !a desgracia una estrella de felicidad >le sucede."

Al oírse llamar estrella de la felicidad, nuestro gobernador, lleno de júbilo, se apresuró a preguntarle ai cantor por el autor . de los versos. "Es tradición la de cantar de esta manera después de la destitución de un gobernador y a la llegada del nuevo. A todos les saludamos con esa misma canción", contestó e! cantor.» A algunos políticos sin madurar, inconscientes de que los laureles de hoy pueden y suelen convertirse en coronas de espinas de mañana, les convierta reflexionar sobre este cuento chino, aunque no tan chino como los que levantaba hace años, entre inciensos y sonoros timbales, una Prensa prisionera tras las rejas de la Censura.

La crecida espectacular del turismo, por otra parte, ha multiplicado los oficios serviles realizados por los españoles en favor da los europeos. El negocio turístico posee evidente importancia. Pero, al margen de las beaterías socioeconómicas con que se le ha venerado, va siendo hora de decir sin tapujos que la política española de turismo ha sido, en ciertos aspectos, un inmenso error; que hemos lesionado gravemente nuestras costas y agredido a nuestros paisajes; que cuando en algunos países del extranjero se pone un ejemplo de desarrollo turístico desordenado y mal hecho ese ejemplo es España; que el turismo español ha sido un negocio, sin duda, pero sólo un mediocre negocio; que preocupados puerilmente por incrementar el número de visitantes se ha descuidado su rentabilidad.

Conviene reiterar lo que explicaron, con notable valor, Fernando de Liñán y Pío Cabanillas: que la parte más sustanciosa del negocio se la han llevado los «tour operators»; que hemos proporcionado vacaciones casi gratis a los riquísimos escandinavos y centro-europeos; que un país económicamente débil, como España, ha primado el ocio de las naciones más potentes del mundo. A causa de una política turística a veces impulsiva y torpe, hemos ganado mucho menos de lo que hubiera sido justo y.normal. En todo el complicado andamiaje del turismo una cosa va quedando clara: que tiernos estado haciendo el primo. Pero éste es tema para otra ocasión, abordado aquí sólo de pasada, en el análisis de la condición de criados de Europa a la que han sido conducidos muchos españoles.

Servidumbre ésta doblemente triste: por los trabajos humildes que realizan nuestros compatriotas y porque la emigración constituye un negocio magnífico para los países que se pueden permitir contratar la mano da obra extranjera. En un estudio de penetrante lucidez, Mateu de Ros ha escrito: «Una vez más, el capitalismo europeo se aprovecha de los recursos humanos de los países subdesarrollados, o en vías de desarrollo, en beneficio de su propio desarrollo económico, at contar con una mano de obra no cara, debidamente seleccionada en cuanto a profesión, edad y estado físico, ya que para ser contratada es preceptiva la selección y el previo reconocimiento médico.

Esta mano de obra extranjera, con su esfuerzo en jornadas laborales extensas, ha sido factor importantísimo en el desarrollo de los países del Mercado Común.» En la médula de la cuestión emigratoria late esa verdad descorazonadora de que las naciones europeas han hecho un excelente negocio con la mano de obra española, más. eficaz que la de sus antiguas colonias y de la que pueden prescindir sin problemas cuando les convenga.

Y bien. Antes de entonar -los cantos triunfales del desarrollo habrá que dotar ai país de unas estructuras económicas que permitan a todos ios españoles el progreso individual dentro de su propia patria. Conviene terminar cuanto antes con esa realidad sonrojante de la emigración, y cegar a la vez el óptimo negocio que supone para Europa la mano de obra española. Hay que tratar con el Mercado Común sin complejos. Porque si los españoles de las nuevas generaciones aspiran colectivamente a ia libertad y a «la unión con Europa, seria lamentable perder la serenidad y que, por apuntarse con prisas algunos tantos políticos, mordiéramos el anzuelo con que nos tientan y cediéramos a acuerdos comerciales que erosionaran gravemente a nuestras industrias y nuestras empresas.

A los dirigentes del Mercado Común hay que hacerles comprender que España desea evolucionar hacia una democracia rectamente entendida, para integrarse en el esfuerzo comunitario, pero no sobre la base de que los europeos hagan un magnifico negocio a nuestra costa, convirtiéndonos además, definitivamente, en sus lacayos.

La obra realizada en España durante tos últimos lustros ha sido grande y esperanzadora. Decir lo contrario significaría negar la evidencia. Por eso nuestro país puede y debe aspirar a integrarse en la «élite» mundial de las naciones desarrolladas. Antes tendremos que resolver muy graves problemas y, entre ellos, el de la emigración. No vayamos a mantener indefinidamente a centenares de miles -de compatriotas inclinados bajo tos calcañares franceses o germanos. No nos dejemos convertir" en criados de Europa mientras ciertos budas de nuestra tecnocracia y nuestra política se extasían contemplando Jos fuegos artificiales de las-engañosas cifras en la fiesta ridicula del triunfalismo.

Luis María ANSON

 

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