Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   Sangre fría     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

SANGRE FRÍA

La sociedad idílica y perfecta es, en los países libres, una utopía; en ios totalitarios, una cripta donde las momias se descomponen entre el incesante rumor de los cantos triunfales. Hay quienes confunden la paz con la mortaja. Pero la cadaverización de un país sólo beneficia a los gusanos y a Jos sepultureros.

Los muertos carecen de problemas. Sólo los que están vivos se enfrentan con ellos. España, después de un largo período de convalecencia, forma hoy una sociedad fuerte, pletórica de dinamismo y vitalidad. Por eso tiene problemas. Los conflictos se engendran naturalmente en su cuerpo social y a él se adhieren como el músculo al hueso. Del desarrollo y la vitalidad derívanse inevitablemente las tensiones laborales y políticas que pueden encauzarse y resolverse si se logra la adecuada organización de la sociedad.

No hay, pues, que perder los nervios porque de vez en cuando suba la temperatura del cuerpo social A sangre fría, alevosamente, fue asesinado un policía. Con sangre fría hay que reaccionar. Por fortuna los nervios desatados de ciertos políticos y la invencible inclinación a la histeria de algunos grupos se tropiezan con la serenidad del hombre que aprendió, desde la guerra de África, a conservar en toda ocasión la más imperturbable sangre fría. Bajo la atmósfera cargada de electricidad basta situar convenientemente ¡los pararrayos que canalicen las chispas y las esterilicen.

Porque tras Ja tormenta volverán Jos cielos despejados. Al gobernanta le conviene instalarse en las alturas de la serenidad y ´mantener los nervios de hielo y da acero. No parece mala fórmula taponarse los oídos en ocasiones con la cera de Ja prudencia para no escuchar los cantos de sirena y Jas estridentes campanas que voltean los alarmistas siempre al acecho. Es una vetusta, repetida, acartonada táctica la de maxima-Mzar a izquierda o a derecha (os acontecimientos y utilizarlos como ganzúas para forzar los portones del poder. Los crimínales sembraron de rosas rojas e! vientre de un muchacho ¡nocente.

A tos pies de la estéril diosa de la violencia corrió la sangre cálida y tibia de la víctima propiciatoria. Pero conservemos nuestra sangre fría como la nieve si no queremos hacer el juego a los asesinos. Tal vez ellos, al clavar los puñales de la ira, no pretendieron otra cosa que una reacción radical y extremista que paralizara el indeciso desarrollo político español, con grava erosión de la estabilidad futura.

No, no perdamos los nervios. Nuestros niveles de orden público son superiores a los de la mayor parte de los países occidentales. Hay que mantenerse en guardia, pero sin alarmas excesivas. Hace unas semanas escribía yo en estas columnas: «La delincuencia en aumento exige una mayor dotación material y personal de 1as fuerzas armadas y de seguridad. El orden tiene tambien su precio y hay que pagarlo con generosidad y sin cicatería. Los sálanos de la tranquilidad nunca serán demasiado altos. ¿Existe operación más barata que mantener el orden social? Todavía no hay motivos de alarma ni de angustia, pero en el venero del desarrollo económico español debe sonar ya la hora preferencia! para Jas fuerzas armadas y de seguridad si queremos que sigan prendidas en Jos jardines de España las rosas alegres de ta paz.»

Poco después se aprobaban incrementos salariales que, en nueves reajustes, debieran atender más cumplidamente a las clases da tropa, por lo que respecta a la Guardia Civil. Ahora se enuncian mejoras de material para dotar a los agentes del orden de armas adecuadas que permitan batir a los delincuentes con el menor daño para la sociedad. Se han tomado, por consiguiente, (as medidas oportunas por lo que respecta al orden público, y ello sin perder los nervios ni caer en esas maximalizaciones catastróficas a las que tan inclinados son algunos españoles.

Pero finalizar aquí este artículo seria quedarnos en la piel sin ahondar en la entraña de Ja cuestión. El orden en si mismo no significa todo, ni siquiera (o más importante. En orden remaban los galeotes engrilletados en tas ergástulas de los barcos. De lo que se trata es de organizar el orden en libertad. Y eso es vino de otros lagares. Hemos rozado ya la ¡médula del gran problema nacional. El desarrollo político no ha corrido paralelo en los últimos años al desarrollo económico. Y se ha producido una peligrosa alteración en el puteo del cuerpo social de España. Ha despuntado en fin la ríente primavera económica cuando todavía.no hemos superado los fríos del Invierno político.

En los últimos días han coincidido dos acontecimientos significativos a los que me refiero dejando el margen cualquier comparación entre ellos: mientras un grupo de extrema izquierda asesinaba fría y brutalmente a un policía, algunos extremistas de signo contrario amenazaron a un obispo y golpearon a varios sacerdotes. Si en España hubiera estado organizada la moderación ambos sucesos no se hubieran desbordado de unos límites ya de por sí muy tristes y lamentables. Hace poco más de un año desarrollé yo en estas columnas, bajo e! lema de «organizar la moderación», una teoría que fue acogida y escoltada por un centenar da comentarios periodísticos. Tal vez mis lectores no consideren ocioso que la resuma brevemente a continuación.

Los conflictos laborales, estudiantiles o políticos tardan en resolverse porque 1os elementos moderados, que son la mayoría, ni están organizados ni, en proporción considerable, se sienten representados. Quedan así a merced de las fuerzas extremistas. Las gentes de orden no se agrupan si no se les ofrece un cauce legal. En la clandestinidad, es decir, fuera de la ley, sólo se organizan los extremistas de izquierda o de derecha, en contraposición con el signo del régimen autoritario dominante.

Basta con coordinar y jerarquizar a los moderados para que automáticamente queden reducidas las minorías extremistas a sus reales y mínimas proporciones, como ocurre, por ejemplo, en Holanda, en Bélgica o Dinamarca, en donde la moderación, que no es lo mismo que el centro, se- extiende y enriquece desde las posiciones conservadoras a las socialdemócratas, reduciendo casi a cero a los ultras da uno u otro signo. ¿Es que no existen, conflictos en estos países? Por supuesto que si. Numerosos y a veces tremendos conflictos laborales o políticos, paralelos al desarrollo económico acelerado.

Pero unos órganos auténticamente representativos y una autoridad que dialoga hasta quedarse exhausta, terminan por resolver las cuestiones dentro de la 1ey. Aceptemos, para no entrar en disquisiciones .pasadas, que en España, en los años cuarenta, frente a la amenaza comunista no había otra fórmula eficaz que la radicallzación de las posiciones contrarias. En la década de los setenta, frente a la amenaza subversiva latente ya en muchos- conflictos, la fórmula adecuada, teniendo en cuenta las nuevas realidades del desarrollo y la Europa unida, consiste en organizar la moderación.

Esa organización puede hacerse por Jos procedimientos que se crean más convenientes dentro del sistema constitucional español; pero si no se consigue que los moderados se integren plenamente en :a vida pública nacional, el país se verá obligado a asistir en el futuro, y como espectador, a la triste y estéril pugna política entre dos extremismos violentos, mientras sobre e! cielo emborrascado levanta el vuelo, asustada, ¡a paloma de Europa.

Los últimos acontecimientos, en fin, han demostrado que no ara acertada Ja fórmula de puertas cerradas a la política y tolerancia en el orden público. Lo que procede, en mi opinión, es Jo contrario: prudente y paulatino aperturismo político junto a máxima energía en eJ mantenimrento del orden.

Son muchos, en fin, y a niveles muy varios, los que consideran urgente Ja organización de la libertad, abriendo, dentro da las Leyes´ Fundamentales españolas, Jos cauces adaguados para que se incorpore activamente la mayoría moderada. Se perfeccionaría así la representación orgánica, entrenaríanse Jos di-rigentes del mañana en la aspereza de la lucha política y se haría más estable y fecunda esta España alegre y dinámica por cuyo robusto tronco secular sube ya a borbotones la savia nueva de las jóvenes generaciones.

Luis María ANSON

 

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