Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   Corrupción     
 
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CORRUPCIÓN

EN el campo o en la ciudad, en la playa de moda o en la gran urbe epiléptica, en los fatigados pasillos ministeriales o en la Universidad inquieta, en los palacios altivos o en las viviendas de renta limitada, en los mentideros de cafeterías y discotecas o en las Cortes Españolas, hay una palabra que sirve de denominador común para los comentarios todos: corrupción.

A juzgar por lo que se oye, una parte del país se encuentra alarmantemente corroído. A los más varios niveles la gente habla de negocios vertiginosos y voraces, de fraudes y estafas, de sobornos, cohechos y abusos de la más triste especie. Baten las aguas de la corrupción la nave española, crujen sus escoteras con estrépito, trepidan sus mástiles, rásganse con escándalo sus velas.

La España reserva espiritual de Europa vive hoy la apoteosis del mal sentido reverencial del dinero. Grandes y pequeños inclinan la cerviz y se postran genuflexos ante el becerro de oro. No existe otro caballero poderoso que el que brilla con el lustre del dinero, ni se* venera y salmodia otro arte que no sea el de ganarlo. El viejo país de los poetas, los misioneros y los hidalgos se ha hecho hoy radiante madriguera de aurívoros. La verdad es que pocas gentes, casi siempre jóvenes, parecen zafarse de la llamada del dios dinero.

He aquf un problema demasiado grave para tratarlo con pasión o con ligereza. Es necesario ´objetívarlo.´ Es necesario analizar con frialdad e! quebranto que ha producido en la salud del país la fiebre del consumo. Sólo conociendo las causas y el volumen de la erosión sufrida por el cuerpo social se podrán arbitrar los remedios sin minimizar ni desorbitar Ja realidad.

España ha sufrido en los últimos años dos aguaceros torrenciales: el de los tecnócratas y e! de la televisión. Los primeros, salvo algunas relevantes excepciones, se entregaron con frenesí a cantar el desarrollo material, olvidando los otros desarrollos igualmente necesarios para la sociedad: el religioso, el cultural, el social, el político, el moral. Hubo momentos en que a esta entrañable piel de toro, la de los valores espirituales y eternos, cuna del hidalgo y el honor, se le ofrecían como única o principal meta las frías cifras de producción. Se ejercitaba así un sorprendente materialismo histórico.

Paralelamente, a una buena parte del pueblo español, sobre todo a fas gentes del campo, se les fijó como nuevo horizonte la pequeña pantalla y quedaron en poco tiempo profundamente materializados par -el alud de una publicidad sin control. En este sentido el daño que ha hecho la televisión es incalculable.

Ni la publicidad comercial televisada ha. sido compensada con la eficiente propaganda de la primacía de los valores espirituales, ni la economía española podía permitirse sin la trampa, el fraude, la chapuza, la fullería o el trabajo excesivo y enervante, la satisfacción de las nuevas necesidades creadas a ritmo demencial por la televisión. Bueno es incorporar a las gentes a la sociedad de consumo pero midiendo previsoramente tiempos y esfuerzos y sin perder el equilibrio necesario para la armonía de los diferentes valores que generan 4a felicidad del hombre.

La España parásita de la corrupción no se ha detenido como algunos querrían suponer en los niveles políticos o administrativos. Lo tía invadido todo porque el fruto sano se zocatea en seguida si no se separa a tiempo del que está cedizo. Así, ciertos escandalosos negocios públicos han sido paralelos a los privados; así, ha descendido el termómetro religioso en no pocos sectores hasta !os cero grados de la indiferencia; así, se han multiplicado como las arenas del mar, los merodeadores de comisiones, los intermediarios que exprimen el trabajo de otros y los elegantes usureros de [a sociedad de consumo; así, la relajación de las costumbres ha desbordado a la «coffee society», se ha instalado en las clases medias y araña ya a ciertos. sectores del clero; así, se ha producido la falta de respeto de los alumnos para con los maestros y de los hijos para con los padres; asi, la autoridad paterna egoísta se ha desembarazado de sus obligaciones con los hijos; así, se aplaude la holganza juvenil como sistema de vida; así, demasiados artesanos y obreros, en su prisa por ganar dinero, han impuesto el imperio de la chapuza y ya no hacen tas cosas a conciencia, sino sin conciencia.

Y, descendiendo a la anécdota, ¿qué decir del fraude alimentario? En algunos sitios, los huevos viejos se despachan como del día; al pan le falta peso y le sobran aditivos perniciosos; la carne congelada se vende muchas veces como fresca, la de segunda como de primera, los añojos por ternera; el ganado se sacrifica reiteradamente —enfermo, Incluso— en locales no autorizados y se le inyecta luego agua salina para elevar su peso; licores a granel se venden como de marca, con grave lesión para el que compra y para el que creó el prestigio de la marca; el jamón de York recibe a veces patata y agua, y el serrano ¿en cuántas ocasiones sólo lo es de nombre?; los embutidos dan ´miedo; las aguas minerales en alarmante porcentaje resultan no potables; ciertos vinos se bautizan generosamente y reciben bromo, mercurio, flúor y colorantes; el aceite de oliva ¿es siempre aceite de oliva?; una cuarta parte de la mantequilla vendida en España está adulterada; a través de ciertas frutas y verduras consumimos pesticidas, detergentes, colorantes y residuos industriales; en algunos bares, los mariscos se congelan y descongelan sin pudor; el queso, por su precio, plantea Incógnitas difíciles de despejar; lo que se hace en algunos restaurantes, asusta; con la leche, en fin, todo el mundo sabe lo que ha pasado, y lo mismo con determinados chocolates y turrones que han intoxicado a nuestros niños.

Nada de todo esto, sin embargo, parece importar a tos que con ello se benefician. En España se ha consagrado en la última década la moral del triunfo. Lo que importa es triunfar. Triunfar a toda costa.

El cómo da igual. Si se alcanza el fin todos ios me-dios han sido buenos. Ya no preguntan las gentes cómo se ha conseguido el dinero, sino si se ha conseguido dinero. Y los que lo conquistaron con el fraude o la estafa no son excluidos de esos altos círculos sociales para ios que siglos atrás «I honor y la hidalguía eran sagrados.

Sin duda no es sólo España la nación occidental que sufre el acoso de la corrupción. Sin duda son muchísimos en nuestro país, y en todos los sectores y niveles, los que permanecen ejemplarmente incontaminados, negándose a participar en la ceremonia de la confusión.

Pero llegada parece la hora de hacer frente al problema. Quevedo escribió hace más de 300 años esta frase que yo he reproducido alguna vez, para meditación de los españoles de hoy: «Sale de la guerra, paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del victo, guerra.»

Es claro que el autor de la epístola satírica y censoría al conde-duque de Olivares no se refería al sano ocio al que ordenadamente hay que aspirar, sino a ese otro, podrecido y tábido, a cuyos lomos cabalga la corrupción. Serla interesante renunciar por unas horas a las estadísticas triunfales y saber qué piensa de todo esto la España real; la de las amas de casa, la de los maestros de escuela, la de los empleados de Banco que cuentan las cuentas del rosario del oro y la voracidad; la de los militares que siguen en sus. guarniciones haciendo culto al, honor; la de los españoles honrados y de buena voluntad esparcidos al viento de 4a áspera geografía ibera. Pero tos que enmascaran en la ortopedia de la tecnocracia los más suculentos negocios, los mascarones de proa de las naves corrompidas, ni quieren ni pueden conocer, en medio del festín de la disipación, esa España real que contempla atónita cómo se cierne el temporal en el horizonte.

Pienso que la característica más distintiva de una buena parte de la clase política española es la cobardía moral. Son muchos los que no aprueban pero callan ante este gran rio de la corrupción en el que pueden desovar no pocas desgracias futuras. Moralmen-te esos políticos de segunda fila pertenecen, como ha dicho alguien, a la familia de los óvidos. Son gente mansurrona y lanar. A mi manera de ver una de las tareas esenciales con las que se enfrenta el nuevo Gobierno, presidido por un hombre de integridad bien probada, es decir !basta!, y reducir, la corrupción. Sería inútil pretender una sociedad perfecta.

El gobernante inteligente debe tolerar, por desgracia, la inmoralidad y la pudri-ción que, a ciertos niveles, acompañan al hombre como el músculo al hueso. Pero forzoso será convenir que en España se sobrepasaron con creces esos niveles. Los timbres de alarma aturden a todos los españoles de nervios y oídos alerta. Y seria absurdo, en fin, deslumhrarse con el esplendor que envuelve a la sociedad del desarrollo. Porque podría tratarse sólo del esplendor del Incendio.

Luis María ANSON

 

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