Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   La clase política     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA CLASE POLÍTICA

PARA un considerable número de políticos españoles estar en la oposición no significa oponerse, sino opositar. Hay quienes proclaman con ira su hostilidad al Gobierno, e incluso al Régimen, sin otro propósito real que provocar la llamada a un cargo, para a continuación decir que sí con entusiasmo a la misma política y a los mismos políticos a los que antes se acometía y hostigaba.

Situarse en la oposición ha perdido para muchos su profunda significación como eje cardinal de una democracia rectamente entendida que se esfuerza por perfeccionar, mediante la crítica constructiva, la consecución del bien, común. Aquí el juego del que se sitúa en la llamada oposición consiste muchas veces en tornarse lo suficientemente molesto para que resulte más cómodo al Gobierno tener dentro al «oponente» que fuera. La lealtad a los principios y a las ideas, y la atención al bien común, parecen algo remoto e irreal a no pocos políticos españoles.

Es este un ropaje demasiado incómodo para medrar. Desnudos como los hijos del mar, y tan abundantes como las arenas de sus playas, los políticos a los que me refiero se muestran dispuestos a cubrirse, sin vergüenza, con la camisa del color dominante y colaborar con quien sea y en las condiciones que sea.

Toda una filosofía de la indecencia, basada en juzgar a los gobiernos exclusivamente por sus toscos resultados materiales, fue elaborada por numerosos tecnócratas en los últimos años.

El espectáculo que una parte de la clase política española ha dado al país resulta bochornoso. Elegidos muchos. políticos a dedo, echados más tarde, según ellos mismos afirman, de un puntapié, todavía se enroscan junto a la mesa del poder y alargan su mano en espera de las migajas del festín que celebran con alborozo los nuevos invitados. Ni se sabe decir que no, ni se sabe dimitir. Es este un verbo que los académicos deberían suprimir del Diccionario por falta de uso.

Sería injusto, en cualquier caso, generalizar. No toda la clase política, ni siquiera ´la mayoría, se ha entregado en España al medro personal y al oportunismo desbocado. Fuera del sistema hay muchas gentes respetables; dentro del sistema son numerosos los falangistas intachables, los conservadores honestos, los buenos y duros tradicionalistas, los democristianos firmes en sus ideas, los socialdemócratas incorruptibles. La generación que hizo la guerra derramó a chorros el idealismo y proporcionó un alto numere de hombres capaces, rectos, patriotas y admirables, cuyos hombros soportaron la sobrecogedora carga de la reconstrucción nacional.

Sin este reconocimiento previo, resultaría deformador el artículo que estoy escribiendo con el propósito de poner un espejo delante de la clase política española para que, contemple su verdadera faz, desprovista ´del maquillaje adulador que disimula sus arrugas y oculta su miseria y sus vergüenzas. Porque si en ella existen muchas gentes ejemplares, llegada parece la hora de denunciar que el número de oportunistas, incensiarios, mediocres, corrompidos e incapaces ha rebasado tal vez los niveles que hacen respetable a la clase política en otros países occidentales. Se dirá en seguida que en todas partes cuecen habas. Pero no tantas, ni tan frescas.

La verdad es que para el ciudadano medio resulta vergonzoso lo que ocurre antes de las crisis, en las crisis y después de las crisis. En cuanto se percibe el olor a cambios, lánzanse en manadas los políticos a la intriga para manifestar de mil formas, y a gritos, que están dispuestos a sacrificarse por el país y echar sobre sus espaldas la pesada carga del poder. Resulta enteroecedor el entusiasmo con que algunos se ofrecen para entregarse, generosos, al holocausto de los cargos. Como no existen asociaciones políticas, ni programas, son escasos los dirigentes con prestigio ante la opinión pública y con compromisos ante el pueblo. En consecuencia se llama, entre amigos y tertulias, a los que se les supone una valía, todavía no comprobada. Parece como si todos sirvieran para todo.

Y cuando se producen los nombramientos a los más diversos niveles, el ciudadano español se siente un poco extranjero en su propio país. Apenas conoce a algunos nombres en las frondosas listas de nuevos cargos. Políticos que salen de la completa oscuridad y que a ella retomarán en la crisis siguiente. Algunos con humildad y dignidad. Otros mendigando de los nuevos altos cargos, ideológicamente hostiles a su pensamiento, cómodos y suculentos puestos.

En los últimos años ha ido quedando claro que el país necesita organizar la moderación para que, articulado el contraste de pareceres dentro de las Leyes Fundamentales, se evite la crecida y enfrentamiento de los extremismos estériles. Necesita también la política española integrar plenamente en la vida nacional a la que yo he llamado la generación del silencio, la que sin pensar lo contrario que la generación de la guerra no piensa exactamente lo mismo.

En este sentido el reciente discurso del presidente del Gobierno —valiente, flexible, necesario como. una ventana abierta al aire limpio en un recinto demasiado tiempo cerrado— ha entretejido renovados dinamismos en las esperanzas españolas. Bien entendido que si se quiere que la eolítica de evolución expuesta por Arias Navarro dé a luz toda la fértil realidad de que se encuentra encinta, deben abrirse cuanto antes los anunciados cauces de participación.

Y al hablar de cauces no se pretende hacer discurrir por ellos, enmascarados, los partidos al viejo´ estilo, cuyas banderas serían hoy más que nunca los lienzos con que se amortaja a la Patria, según la expresión de Garibaldi hace cien años. De lo que se trata es de crear fórmulas asociativas a través de las cuales surjan dirigentes políticos y sindicales con prestigio, con experiencia, con años de lucha sobre sus espaldas, de esfuerzos, de éxitos y sinsabores. Hombres maduros y curtidos en la aspereza de la vida política o sindical y no niñatos sin otro bagaje que el de un expediente académico brillante o el número uno de promoción cayéndoseles de la boca.

Sólo con la creación de dirigentes capaces y representativos se podrá restaurar el prestigio hoy erosionado de la clase política española, la cual, ¿para qué engañarnos?, salvo excepciones, no despierta el interés del pueblo, sino su indiferencia o su desprecio. Sin ellos, sin dirigentes fogueados, los esfuerzos para un porvenir dinámico serán tan estériles como arar en el agua. Proseguirá la vida política española instalada en una radiante cripta y resultará imposible dar el brazo a la realidad de nuestra época.

Esa promoción de dirigentes capaces y curtidos enviaría a los trasteros del país, definitivamente, a los oportunistas del incienso y a los niñatos de la política imberbe. Y suscitarían regocijo inextinguible los tecnócratas altivos y suficientes de la mirada por encima del hombro, que florecieron en los últimos lustros. Porque hay quienes creen que ejercer el poder consiste en dar lecciones sin réplica desde las pantallas de televisión y poner. luego un rosario interminable de trabas a los ciudadanos. Hace unos años había un alto cargo que para cada solución tenía un problema.

Por otra parte, la cobardía moral que caracteriza hoy a una porción considerable de la dase política española se hará imposible en cuanto salten a la luz. pública dirigentes políticos y sindicales realmente representativos. Será un espectáculo reconfortante dejar de escuchar el balido interminable de los corderos. Retornará cada uno a su verdadera condición. Muchos gallos altivos de la política, que son sólo gallinas cacareando entre las faldas del Estado, aminorarán su canto.

Y retrocederán indecisos los oportunistas, los que unas veces se precipitan a decir: «Caramba, creíamos que íbamos a ganar los republicanos, pero resulta que hemos ganado los monárquicos»; y a la semana siguiente se muestran dispuestos a invertir la frase, quedándose tan frescos y pimpantes.

Cauces, pues, para la participación. Con urgencia y generosidad, para soldar la fractura generacional y reconstruir una clase política seria, respetada y respetable. En la hora actual constituye tarea primordial la selección, por parte de la opinión pública, de los dirigentes del ´mañana, los que deben asir las riendas de los corceles del desarrollo. Alguna vez he dicho que no hacer esa selección sería tanto como lanzar hacia el futuro a un poderoso y magnífico tropel de caballos al galope. Pero sin jinetes.

Luis María ANSON

 

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