Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   Meditación lusitana     
 
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MEDITACIÓN LUSITANA

«¿Queréis evitar Zas revoluciones? Haced evoluciones.» (Balines. Obras, vol. 14, p. 225.)

EN uno de los artículos más serios y profundos ue se han publicado durante los últimos años en Ja Prensa española, Ramón Serrano Súñer volcaba toda su larga y excepcional experiencia política en analizar de forma certera la situación portuguesa, que se ha convertido, a mi manera de ´er, en una auténtica madeja de luz.

Salazar fue el producto del largo y turbu-ento período que se produjo tras la calda te [a Monarquía lusitana en 1910. En «La •evolución portuguesa», un libro magistral que bastaría por sí solo para acreditar al historiador de altura. Jesús Pabón acumula e interpreta datos reveladores. La desvaloración del escudo en un tres mil por cien podría servir como botón de muestra.

En muy poco tiempo, Satazar, llamado al Poder, serenó al pafs, resanó la Hacienda, espoleó la conciencia nacional y se ganó el hondo agradecimiento del pueblo portugués. Hacer leña del árbol caído en la euforia del triunfo es tarea para la pasión del momento, no para el análisis riguroso. «No ha conocido Europa —ha escrito Serrano Súñer, antes de criticar con dureza la última política da Salazar— un solo hombre público que haya vivido para su función con mayor concentración en los deberes y mayor desprecio por las ventajas del mando, ni más alejado de vacias pomposidades.»

Conviene no olvidar que cuando Salazar subió al Poder, Portugal estaba gravemente enfermo. El modesto profesor de Coimbra sanó al paciente, al que ya no quiso abandonar nunca. Se le llamó como cirujano de urgencia y él se instaló como médico de cabecera, prorrogando innecesariamente una convalecencia que terminaría por hacerse insoportable. Fue un déspota ilustrado, tenaz y trabajador, frío y distante.

Contemplaba el país como a un mansísimo rebaño y él se atribuyó, desde las soledades de San Bento, el papel del buen pastor que apacienta a sus corderos. Permaneció impermeable a tres grandes transformaciones de la última historia: el triunfo de las democracias en la Guerra Mundial; el golpe de timón de Roma en el Concilio Vaticano; y, sobre todo, el huracán descolonizador que liberó de sus grilletes a la hermosa esclava africana a partir da 1960. El agora política portuguesa era por entonces un mausoleo y las momias no concebían otra paz que la del sepulcro.

En 1961 estallaron los primeros brotes guerrilleros en las cotonías y la política inmovilista de) salazarismo quedó sentenciada. No fueron pacos los lusitanos de relieve que lo comprendieran así y, entre ellos, Marcelo Caetano. Cuando la enfermedad repentina de Salazar te llevó al Poder en 1968, el nuevo jefa de Gobierno intentó la evolución (llamó, por cierto, a Mario Soares, desterrado en Timor, y le recibió en triunfo). Pero abrir la radiante cripta portuguesa para que entrase el aire libre significaba la descomposición da las momias, tas cuales se rebelaron desgarrándose con escándalo sus largos sudarios.

La vieja guardia salazarista, los celadores de la inmovilidad, engrilletaron los tobillos de Caetano, quebrando la última posibilidad de entretejer en el bastidor del sistema a las nuevas generaciones, desconocedoras da la anarquía que provocó el golpe da Estado de 1926 y sin otro horizonte arr 1974 que la pobreza, el largo servicio militar y la guerra estéril de imposible victoria. Sin libertad de Prensa y sin critica política durante íargas décadas, la corrupción se había enroscado en las entrañas del país y había superado los máximos niveles tolerables.

Y así fue cómo (os jóvenes oficiales derribaron en unas horas el edificio levantado en casi cincuenta años. El salazarismo era sólo una cascara sin contenido. Tengo a la vista los resultados oficiales de tas últimas elecciones portuguesas, celebradas eí 28 de octubre de 1973, hace apenas ocho meses.

El 99,9 por 100 de los sufragios fueron a favor de la política de Caetano, con un porcentaje de votantes que se acercó al 70 por 100. ¿Dónde, dónde estaban esas masas del salazarismo el 25 de abril? El régimen no tenía otros defensores reates que unos miles de agentes de la odiada y tenebrosa Pide. En la tarde del 1 da mayo se celebró, tras medio siglo de anticomunismo, una manifestación con participación marxista tan copiosa como seria imposible encontrar hoy en Inglaterra tras un siglo de libertad.

Escribo esta última frase no sin cierta perplejidad. Yo estoy a favor de la libertad y en contra de la dictadura, sea ésta te daf católico Trujillo, la del árabe Nasser o la del comunista Mao Tse-tung. He celebrado moderadamente el fin del despotismo en Portugal, pero me quedé estupefacto al ver, entre los que se sumaron a la causa de la libertad, a Cunthal y sus comunistas. ¿En nombre de quién figura entre los liberadores este atildado caballero que representa un sistema totalitario y de opresión, bastante más cruel que el que acaba de ser derribado en Portugal? ¿No sería más lógico que Alvaro Cunhal y sus comunistas liberasen primero a la Polonia de San Estanislao, a la Rumania de Trajano, a la Hungría de Santa Isabel, a la Checoslovaquia mártir, pétalos de la rosa europea pisoteados con escarnio por los dictadores rojos?

El lector de esta breve meditación lusitana quedaríase frustrado, tal vez, si no hiciera yo alguna alusión a España. Pues bien: ciertas analogías que con ligereza se han establecido estos días entre el caso portugués y e! hispano adolecen de no poca falta de madurez y sosiego. Porque las diferencias resultan notorias.

El Régimen español no fue producto de un golpe de Estado incruento, sino de una larga guerra civil. Dura, dura y resistente es la argamasa de la sangre. Tampoco se aferró el sistema a un inmovilísmp a ultranza. Osciló de la autarquía económica de la España exangüe a la liberalización del desarrollo; independizó a Marruecos, Ifni, Guinea y Fernando Poo sin instalarse en un colonialismo inviable; mandó al desván de la Historia las iniciales intransigencias religiosas y se esfuerza ahora por concordar relaciones distintas con la renovada iglesia; suprimió en 1966 la censura de Prensa, que el régimen salazarista mantuvo de hecho hasta el final; y en lugar de plantear la sucesión de un hombre singular (encumbrado tras circunstancias excepcionales y casi irrepetibles) por otro hombre que forzosamente carecería de su autoridad indiscutida, ha articulado el intento de que sea una Institución la que suceda a quien encarna el Caudillaje. Considerables, y de fondo, son, por consiguiente, las diferencias entre los casos luso e hispano, pero, una vez establecidas, conviene sentarse al borde de la situación por la que atraviesa el país hermano y meditar sobre ella con estudio y sin ira.

Está claro que el inmovilismo por sistema es un error. En la nación lusitana ha terminado por provocar la intervención de los oficiales jóvenes con todos los riesgos que un golpe militar entraña. A la vista de la crisis portuguesa, se robustece la idea de que para España no existe otra política con sentido común que la de evolución moderada y prudente. En otro caso veríamos encanecer al país de forma inevitable, situándolo en la inquietante frontera de la revolución de uno u otro signo.

Frente al extremismo ultra, dispuesto tantas veces a sacrificar a la nación en el altar de sus interesas inmóviles, parece saludable estimular e! cumplimiento del programa trazado el 12 de febrero por el presidente Arias ante las Cortes Españolas, y que fue acogido con sincero aplauso general. Bueno será añadir que también conviene frenar a los que despachan etiquetas de ultras a diestro y siniestro como coartada para eliminar a sus rivales. España atraviesa momentos muy delicados en los que desunir a las fuerzas políticas erosionaría irreparablemente las bases de la convivencia futura. Ha sonado la hora de la gran alianza nacional para organizar la moderación y consolidar la Monarquía como sistema futuro de orden y libertad para todos los españoles.

Pero organizar la moderación, organizar la libertad, no resulta tarea fácil. Lento es el germinar de la convivencia libre. Por eso la voz de los que custodian las esencias nacionales resulta siempre útil y conveníante. La evolución hacia la libertad tiene sus límites y hay que saberlos medir con prudencia y defenderlos con energía, cegando de raíz todas las corrientes subversivas. En los océanos de la libertad se corre siempre el riesgo de navegar a la deriva. El gobernante prudente y eficaz es el que pona las manos sobre el timón, consciente de los peligros de la mar y de las galernas que acechan. Abrir de par en par y de repente las bodegas de la libertad a un pueblo sediento, como se ha hecho en Portugal, es correr un grave riesgo de provocar la gran borrachera. Y entonces el remedio sería peor que la enfermedad. España, en fin, no tiene por qué solucionar sus problemas al estilo portugués, porque distinta es nuestra situación.

En el admirable discurso programático de( 12 de febrero, el presidente Arias armonizaba el sano aperturismo político con la prudente cautela en su desarrollo. En España, por fortuna, se puede y se debe hacer la necesaria evolución democratizadora, rectamente entendida, sin precipitación y sin pausa, con prudencia y sin riesgos. Y con el deseo de que (os lusitanos superen beneficiosamente el arriscado período al que han debido lanzarse por el inmovílismo de una política suicida.

Luis. María ANSON

 

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