Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   La ceremonia de la confusión     
 
 ABC.    16/04/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA CEREMONIA DE LA CONFUSIÓN

EN los últimos meses, los españoles hemos asistido, bajo los estridentes focos del asociacionismo, a una especie de espectáculo circense en el que resultaba muy difícil distinguir quiénes eran fos trapecistas y quiénes los payasos. Viajes estrepitosos y tenantes, declaraciones a orillas de la histeria, la clase política en frenesí, los comentaristas en celo, no pocos gobernantes desconcertados y en contradicción, los «fragantes» (o «hinchas» del dinámico y peleón embajador Fraga) oscilando de la noche a la mañana entre la caricia del Poder y el palmetazo de la indiferencia; todo, en fin, ha dado al pueblo llano, al ciudadano medio, una triste sensación de inmadurez e inexperiencia. La falta de serenidad y equilibrio de una buena parte de los políticos que bullen en la, España oficial, ¿puede generar la evolución que necesita el país para organizar la ordenada y libre convivencia, capaz de integramos plenamente en la Europa unida? Doblar ese cabo de las tormentas que es la transición exige grandes dosis de prudencia, de sensatez, de sangre fría, de sosiego, de energía, de autoridad, de flexibilidad. Todo lo que le falta, salvo muy relevantes excepciones, a la nerviosa y a veces desquiciada política española.

La tecnocracia desldeologizadora, tardíamente arrepentida hoy, generó en la década de los sesenta un oportunismo a ultranza. La vieja fórmula da trepar al carro del vencedor, aun a costa de negar con vehemencia lo que se afirmaba la víspera, alcanza ahora niveles casi generales. Los ultraoportunistas giran en sus veletas frenéticamente en busca del incierto viento dominante. Algunos están nerviosos porque no saben bien en qué hexágono del laberíntico panal que es la política española deben instalarse.

Otros tienen ya preparados sus botafumeiros para derramar el. incienso generoso en favor de los nuevos dioses blancos o rojos. Y como, en ocasiones, la meteorología política parece vaticinar, de cara al futuro, ventarrones del Este, estamos asistiendo a una enteroecedora corrida en peto hacia la siniestra. Los ultraoportunistas nutren, día tras dfas, las filas de lo que llamé hace unos meses la falsa izquierda. Son muchos los que parecen dispuestos a realizar esta pirueta ciertamente histórica: de Carrero a Carro; y de Carro a Carrillo. El viejo dirigente comunista, al que Moscú observa, por cierto, con desánimo _ creciente, debe contemplar el espectáculo del oportunismo con un regocijo inextinguible. Si algún día se instalara en ei Poder, a «sos falsos izquierdistas se las iban a dar todas en el mismo carrillo.

La enardecida actividad de tos ultraoportunistas para situarse al lado de quien gana ha contribuido, entre otras causas, a levantar e! más espeso de los confusionismos, O pueblo español asiste atónito al triste drama de la política nacional y empieza a mostrarse inquieto y asustado. La ceremonia da la confusión que se oficia ante sus ojos, prevalece ya sobre lodos los otros y muy hondos problemas nacionales. Grave es que los Sindicatos no hayan podido meter plenamente en el engranaje del sistema a la clase obrera. Grave es el descontento crecí ante en amplios sectores de la clase media, desatendidos en los últimos años por muchos de los que tenían el deber de su defensa. Grave es la lentitud con que se allana el camino para organizar la moderación. Grave, la corrupción que zocatea el cuerpo social de España.

Y la subida de precios que angustia al ama de casa. Y la inflación que inquieta desde el menestral al financiero. Y las cargas de todo orden que están poniendo a las empresas al borde de la quiebra. Y el campo, gran pagano de la situación, al que se zurra sin cesar; y la tristeza de nuestros emigrantes, a tos que hemos convertido en criados de Europa; y el envejecimiento del sistema, al que no accede la savia renovadora; y la cuestión regionaliste, que pide a gritos una solución política y no policial; y la subversión, que discurre ya en caudalosa corriente; y nuestra falta de peso en las áreas internacionales; y la generación del silencio, que no se incorpora plenamente a la vida nacional; y tantos y tantos otros problemas que erosionan la estabilidad social española. Pero si grave, muy grave, resulta todo esto, la cuestión dominante es ahora, a mi manera de ver, la in-certidumbre política, la zozobra que se deriva de la ceremonia de la contusión.

Por supuesto, no se me queda en el tintero la cara positiva de la situación. Perdería la objetividad si al referirme a las cruces cargadas sobre los hombros de España no subrayara también la prosperidad del país; la paz general; la madura serenidad del pueblo, que ha sabido evolucionar al ritmo de los tiempos; el Ejército, unido y disciplinado; la discreción y la prudencia del Príncipe, que aprendió de su padre el sentido del deber, dispuesto a articular una teoría monárquica que se renueve como las aguas del río, manteniendo el cauce. Estos y otros cien aspectos positivos permiten mirar el futuro con preocupación, pero sin alarmismos catastroflstas, sobre todo si se evoluciona a tiempo.

Y empleo la palabra evolución parque me parece más rigurosa que la de cambio, término equívoco que está ahora de moda, tal vez precisamente por su ambigüedad. Hay quienes no conciben otro cambio que el da dar la vuelta a la tortilla, sustituyendo por la violencia a los que ahora tienen la sartén por el mango. Mal asunto ése para el país. Los que desearnos que la tortilla sea compartida por todos, sin que nadie la monopolice, nos encentramos tan lejos de los ultras de la derecha como de los ultras de la izquierda; de los que con un simplismo pueril, ai analizar la situación actual la emparejan con la de los años treinta, como sí la realidad social no fuera otra; y de los que presentan a Portugal como modelo de lo que hay que hacer, sin advertir que las circunstancias españolas difieren mucho de aquellas lusitanas que provocaron el florecimiento de los claveles revolucionarlos en la primavera pasada.

Lo que exige hoy la salud del país no es una revolución violenta y vengativa, sino una evolución prudente y eficaz, que establezca las bases de la democracia al estilo cristiano y occidental. Hace unos meses me preguntaba yo en estas mismas columnas: «¿No se está necesitando imperiosamente en España la formación bien organizada y firme de una derecha unida que evite el golpe de péndulo con probable fin en una dictadura comunista?» La alianza coherente de los diversos sectores de derecha permitiría, desde bases de firmeza, negociar con la izquierda, con la verdadera izquierda, claro, el pacto social que el país precisa para su estabilidad futura. La clarificación de las posiciones políticas reduciría a sus verdaderas y mínimas proporciones a la extrema Izquierda, a los comunistas, que pascan hoy, casi a. placer, en las aguas revueltas del confusionismo, desarrollando una tenaz labor de infiltración en los más diversos medios políticos, sociales, profesionales, sindicales y culturales.

La Historia, en fin, no se hace en línea recta. En él camino del progreso se avanza muchas veces en zig-zag. La labranza de los pueblos para la libertad exige agotadoras jomadas de tenacidad y equilibrio. La política es siempre una larga paciencia. Conviene no engañarse con espejismos y falsas ilusiones. Lento es el germinar de la convivencia libre. Si queremos llegar a esta difícil meta, no alcanzada todavía por el ochenta y cinco por ciento de los países del mundo, España tiene que superar, entre otros muchos problemas, el de la confusión qua hoy desconcierta a todos. No se pueda trabajar seriamente por un futuro libre si la nave nacional no toma rumbos ciertos. La verdad es que en ios últimos meses da a veces la sensación de que navega a la deriva. El pueblo español ha percibido ya, con angustia, la incertidumbre del rumbo y no acierta a desvelar las nieblas demasiado espesas de la confusión. Ciertamente, el zurriburri de la olla de grillos en que se cueca la política española lo embrolla todo.

No hay quien se entienda en medio de tanto guirigay, ni quien sepa caminar por este dédalo turbio y enmarañado que conduce ai futuro. Los españoles están metidos desde hace varios meses en una torre de Babel. Y no entienden ya, desbordados por la verborrea política, qué son las asociaciones, qué la apertura, qué el cambio; quiénes son socialistas, quiénes democrislianos, quiénes de izquierda, quiénes de derecha.

Y bien. En medio de todo este galimatías, e) ciudadano que sólo desea trabajar en paz, el que no quiere volver a contemplar cómo caen otra vez, ensangrentadas, las hojas de la Historia de España, se hace hoy, con angustia, esta pregunta tremenda: «¿Adonde, adonde vamos?»

Luís María ANSON

 

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