Autor: Ansón Oliart, Luis María. 
   Cobardía moral     
 
 ABC.    20/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

COBARDÍA MORAL

EN la España política se escucha ahora, cada vez con más frecuencia, el balido interminable de los corderos y el estruendoso revoloteo de las gallinas. Hay también como un rumor de ratas que abandonan la nave del Régimen. La cobardía moral se adueña día tras día de nuevos sectores de nuestra clase política. El espectáculo del miedo y el abandonismo es como para sentir vergüenza ajena. Instalado en el pensamiento conservador, hostil a todas las dictaduras, lo mismo a la izquierda que a la derecha, partidario de la libertad creadora, yo he venido militando modestísimamente desde mis iniciales balbuceos políticos a los diecisiete años, en la oposición de verdad, con una ya larga biografía de multas, expedientes, procesos y exilios. Pues bien: sin compartir sus ideas, proclamo mi admiración por los franquistas y los falangistas que en la actualidad continúan defendiendo, dentro de la lógica evolución de los tiempos, aquellos principios por los que pelearon bravamente en la guerra y en la paz.

Y me sube la vergüenza al rostro por esos otros franquistas y falangistas, por esos hombres del Régimen, por esas gallinas del sistema que disimulan unas veces lo que fueron, reniegan de sus convicciones otras veces, se ciscan en los principios y en los símbolos con los que medraron y se enriquecieron para apuntarse ahora al cambio y seguir en el futuro comiendo a dos carrillos. Hay quienes están dispuestos a proclamar el arrepentimiento más humillante con tal de conseguir una frase de elogio de esas revistas izquierdosas que imparten a su capricho credenciales democráticas o bendiciones rojas. (Por supuesto, no me refería más arriba a los franquistas que mudaron con riesgo y contracorriente años atrás, sino a los que lo hacen ahora con prisa y sin vergüenza.)

Si despreciables resultan todas esas gentes que políticamente pertenecen a la familia de las gallináceas, también habrá que medir con la misma vara a aquellos burgueses, banqueros y aristócratas que se apresuran a nutrir las filas de la falsa izquierda y a financiar publicaciones y grupos de ese signo para asegurarse su situación en el posfranquismo como con parecidos procedimientos de incienso y sumisión se beneficiaron del apogeo del Régimen. La cobardía moral de la clase dirigente española resulta verdaderamente bochornosa. Cada vez son más los políticos que no se atreven a proclamar su posición ni a defender lo que piensan. Por el contrario, se embadurnan todos los días con un maquillaje ridículo de progresismo, en la esperanza de atravesar así la aduana del futuro. Son máscaras y sólo máscaras que caerán cuando termine el radiante baile de disfraces en el que danza la España actual.

La cobardía moral, además, se ha extendido desde la clase política a muy amplios sectores de la sociedad entera. Es éste un factor clave para entender la realidad profunda de la vida española hoy. Los padres están acobardados ante los hijos, los curas ante los fieles, los catedráticos ante los alumnos, los patronos ante los obreros. No todos, claro, ni siguiera la mayoría; pero los niveles de cobardía moral rebasan ya alturas que amenazan con la gran inundación, con el «sálvese quien pueda», con la rendición sin condiciones.

Está claro que el país necesita, dentro de la prudencia política, una evolución sin pausa y ya con alguna prisa para no perder el último vagón del tren europeo. Pero ni la evolución ni la apertura consisten en hacer almoneda de aquello en lo que se cree para pasarse al enemigo con armas y bagajes. De lo que se trata es precisamente de todo lo contrario: de reafirmar posiciones, reconciliar a las familias políticas en los denominadores comunes de una acción generosa para el futuro y, entonces, invitar a los que no piensan igual a participar en la vida pública con posibilidades de vencer, no de exterminar, si el voto popular les asiste. Hay que desenclaustrar la política española, enviar a los desvanes de la Historia el triunfalismo tecnocrático de los últimos lustros y vertebrar una Monarquía libre y limpia que aborde los problemas allí donde manan. Está claro que el pueblo no quiere seguir pagando los salarios de la corrupción ni continuar a la escucha de la larga serpiente rumorosa en que se ha convertido nuestra vida política. Pero la solución a los problemas españoles en esta hora gravísima de la transición —las doce en punto de la zozobra— no se encontrará fuera de casa. Contemplar a los vecinos con mimetismo simplista sólo demuestra una galopante estolidez. Los claveles de la libertad pueden florecer en los jardines de España junto a las rosas alegres de la paz.

El complejo socialista con que se flagela a sí misma la derecha española resulta bien absurdo si tenemos en cuenta que al menos la mitad de la Europa libre vota a los conservadores. De lo que se trata no es de rendirse, acobardados, ante un rival mucho más débil de lo que parece, sino de organizar la convivencia sin .monopolios ni exclusiones. Por eso habrá que exponer a la izquierda, a la verdadera izquierda, no a los intelectuales de cenáculo, no a los periodistas de pitiminí, no a los socialistas de salón, habrá que exponer con valor y claridad un puñado de realidades incuestionables. Yo tenía un año cuando empezó la contienda civil, pero aun a riesgo de ser lapidado sin piedad por los extremistas de izquierda, quiero afirmar que a los vencedores de entonces no se les puede exigir, sin caer en la demencia política, que pidan perdón por haber ganado la guerra. Sólo los cobardes podrían avergonzarse de aquellas banderas que se cubrieron de sangre y de gloria en los campos de batalla.

Ciertamente es necesario superar la guerra civil; hay que hacer comprender a los vencedores, algunos todavía triunfalistas, y a los vencidos, no pocos aún «revanchistas», que las. nuevas generaciones tenemos derecho a no heredar el trauma de la lucha fratricida. Pero si de verdad quiere organizarse la convivencia libre de cara al futuro habrá que actuar sobre la pragmática política.

La teoría del borrón y cuenta nueva replantearía de nuevo la fractura nacional. No hay otra política inteligente de futuro que aquella que parta de lo actual para andar un camino de evolución sin lesionar, sin arrollar, a los que lucharon tantas veces con heroísmo para sacar al país del caos republicano de 1936. Los soldadores de la convivencia deben derrochar grandes dosis de prudencia, de energía y de flexibilidad, a izquierda y a derecha, para construir la Monarquía de todos al servicio de la justicia social y de los principios de derecho público cristiano, entendidos en su más amplia acepción.

Los cobardes, los que temerosos y acollonados corren con las vergüenzas al aire hacía las posiciones que consideran triunfadoras de.futuro, pueden echarlo todo a rodar. Por eso estamos necesitando con urgencia denunciar a esos medrosos a los que se les fue la sangre a los zancajos, e iniciar una campaña para extirpar de raíz la cobardía moral que asfixia hoy a una parte considerable de la clase política española.

Luis María ANSON

 

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