Autor: ;Peñate, Cristóbal. 
   El Régimen y los que cambian de bando     
 
 Informaciones.    03/05/1975.  Página: 1, 12. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

El Régimen y los que cambian de bando

Por Ricardo DE LA CIERVA

Entre tanto revuelo de rabadanes políticos, alguno de los cuales parece reclamar ahora su oportunidad cuando antiguos triunfos y cornadas propias y ajenas; le garantizarían honroso jubilación, se afianza, sin ruido y sin pausa, una candidatura realista que, si no me equivoco, no tiende a las nubes teóricas ni a las coaliciones margínales ni mucho menos a los exhibicionismos estériles ante segundones boquiabiertos. No parece una candidatura política al uso porque éstas apuntan, entre las nubes, a dos objetivos la presidencia del Club Jean Moulin o la cabecera de una asociación.

Lo primero resultó de cierta utilidad en la Francia de otras décadas, esto no es Francia, aunque quizá sean otras décadas. Si las asociaciones superan hasta la última póliza, se financian en el Senado, estrenan locales, juntan las veinticinco mil firmas por el único procedimiento posible la repetición de las firmas, la imitación de aquel estupendo escritor y aquel sorprendente general que reunieron aparte, durante la República, carnets de siete partidos) el problema de las asociaciones, entonces, será qué hacer con ellas una vez nombrados sus varios presidentes ministros sin cartera, como Soares.

Bien, antes de la cordial digresión asociativa les decía que no me estoy refiriendo a una normal candidatura política, sino a una excepcional candidatura hacia la sucesión en el Poder concreto del Régimen. A ello parece apuntar la trayectoria, muy inteligente, que parece describir desde hace por lo menos un semestre el presidente de las Cortes Españolas, don Alejandro Rodríguez de Valcárcel.

Se trata de un político templado, cultivador consciente de la softline en tiempos que parecen dominados «sólo en apariencia) por la versión política del famoso reclamo cabaretero: «Las más explosivas y fabulosas vedettes». Los presuntos rabadanes del centro-derecha hurgan con urgencias, disimuladas o desvirtuadas por la indecisión, en el legado de Antonio Maura y José María Gil Robles; requieren la dirección política de lo que llamó Dionisio Ridruejo «el macizo de la raza» y algún cursi tradujo por «la mayoría silenciosa». Todos parecen buscar eso separadamente desde los márgenes de una oposición semiconcertada. Creo adivinar que el presidente de las Cortes y del Consejo del Reino dirige poco a poco sus peones para preparar, dentro de un estricto marco legal e institucional, la sucesión en 1» Presidencia del Gobierno, único plazo político con que puede contarse hoy, cuando se barajan, desde el pronóstico al chiste, tantos plazos sin previa aceptación, ni menos endoso, de la letra.

Por eso sigo con interés muy especial las fases visibles de esa trayectoria. Los homenajes con bandejas perdidas: las insinuaciones al desgaire en Prensa del Movimiento; los vaivenes de ANEPA: los almuerzos con gente importante en Barcelona, a los que asistieron; seguro, los señores Cambó y Sala Argemí, aunque a última hora se excusó el señor Prat de la Riba: los viajes, que otros políticos prodigan, y por último las declaraciones

Las últimas que recuerdo contenían, entre temas más importantes y comentados, una alusión a quienes ahora cambian de bando para minearse con el futuro, interpreto .la alusión como referida a los políticos; porque a nivel popular se nota

EL RÉGIMEN Y LOS QUE CAMBIAN DE BANDO

mías indiferencia que cambio, .y los bandos .si se conocen, interesan menos..En este sentido, pues, debo replicar mi respetuoso desacuerdo con la alusión del presidente. El cual no concretó nombres de esas personas que cambian de bando. Seria deseable que lo hiciera, aunque difícil.

Porque en ese año 1930 que cada vez tiene menos que ayer con esta transición (aquello fue un despeñamiento; esto, aún no), cada semana se producía una resonante deserción del régimen a la República, desde aquella romántica conversación de Miguel Maura con Alfonso XIII en Somontes: «Vengo a despedirme, señor.» «Y ¿a dónde vas, Miguel?». Al .campo republicano, señor.» Si aceptamos convencionalmente como arranque de la transición Actual el 20 de diciembre de 1973, aquí, que yo sepa, no se ha despedido nadie. Ni un solo político de primera o segunda fila, ni un solo militar o eclesiástico importante o secundario ha cambiado desde entonces de régimen. (La Iglesia, desde luego, inició una fuerte inflexión en su Concilio, pero no ha cortado ninguna amarra; en vez de tirar, eso si, del carro, camina ahora tras él, reposadamente, en prudente expectativa veinte veces secular.)

Los miembros no comunistas de cierta Junta llevan mucho tiempo fuera del Régimen, y. antes no estaban, sino merodeaban dentro.

No puedo comprobar, por tanto, ni una sola deserción política ni un solo tránsfuga, en la transición. La última —y quizá única;— pequeña desbandada de políticos tuvo lugar, y por culpa total del Régimen endurecido, durante .el año 1956. Se ha intentado por varios hombres del Régimen, desde el 20 de diciembre, y también, aunque menos concertadamente,-desde antes, un profundo esfuerzo de apertura hacia una democracia real; El esfuerzo parece congelado, sí no desahuciado ya. Pero se realizó desde, dentro, sin que hasta hoy las decepciones y hasta lo que llamaba don Miguel de Unamuno «las coces de Estado» hayan - provocado la ruptura pública de ninguna lealtad.

Lo que sucede es que el Régimen como tal —no solamente sus sectores cerrados— ha retrocedido durante la transición, puede el Régimen haber avanzado algunas varas en términos absolutos. Pero en política como en astronomía, el movimiento que cuenta es el relativo, y el avance consciente del pueblo español hacia la exigencia democrática ha convertido en retroceso real las timideces evolutivas y superficiales del Régimen.

Este, entonces, puede caer en la injustísima aberración de considerar como enemigos o como tránsfugas a quienes han- querido alinear su andadura política no con un futuro hostil, sino con el presente vital del pueblo español. Al empuñar en la práctica los frenos azules y marrones-—son sólo cromatismos cartográficos— que le han inspirado los varios- sectores-inmovilistas, se diría que el Régimen ha. pretendido tejar fuera a su propio sector, liberal. Desde la extrema derecha se ha montado, a partir de la pasada primavera, una campaña inconcebible de. desprestigio, calumnia y premeditada distorsión contra un grupo de políticos del Régimen presentados prácticamente como traidores.

El resto del Régimen no ha aceptado, naturalmente, los. postulados de esa campaña en cuanto a teoría, pero sí en la práctica. Acusaciones de desviacionlsmo y hasta de deslealtad ;se esgrimieron con apoyo documental de dossiers amafiados por el servilismo hipócrita para" justificar, entre- bastidores, algunas conocidas eliminaciones políticas. Ninguna de las victimas, que yo sepa, ha renunciado por ello a sus lealtades de siempre ni ha pasado, cuando más; de alguna* simple abstención protocolaria más que merecida y que otros afectados, comprendiéndola, no compartieron.

No ha sido, pues, una parte del ala liberal del Régimen (formada no sólo por unos cuantos representantes ocasionalmente más visibles, sino por una multitud consciente, ilustrada y potencialmente decisiva) quien le ha abandonado, sino el propio Régimen, quien, al replegarse anacrónicamente sobre sus temores y sus orígenes ha querido prescindir bruscamente de su ala liberal sin dignarse oírla.

Este puede ser el drama desconocido de algunos políticos a quienes en la práctica se expele del sagrado recinto de la ortodoxia; o quizá mejor fuera de las inútiles murallas del miedo. No hay cambio de bando; no puede citarse un solo caso. Más aún la simple mención de los bandos me parece un serio lapsus político. Hay españoles que, desde dentro del Régimen desean, la evolución de España y, sí, se puede, del Régimen. hacia la democracia, y qué no se preocupan mucho de exigir ni brindar a sus .compañeros de horizonte ejecutorias de limpieza de sangre. Los demás, fuera de esa y las demás do-cenas dé locos y peregrinos, tan acertadamente descritos por un alto cargo oficial (y que acampan a uno y otro extremo de la vida política), admiten también la evolución, pero sólo verbalmente.

El destino político de quienes se niegan a abjurar del Régimen a pesar de la incomprensión: y la ceguera de quienes les excluyen de! Régimen es, para ellos, un desgarrador problema personal, pero no creo que ni uno solo se lo haya planteado todavía como problema político. El problema político que se de¿ riva de tan delicado conjunto de situaciones personales corresponde, aunque él no consiga comprenderlo, al propio Régimen, que ha perdido su proa y quizá ha comprometido irremisiblemente su rumbo.

 

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