Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Entre el Palmar y el Nobel     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ENTRE EL PALMAR Y El NOBEL

En Sevilla no se hablaba de otra cosa. El Palmar de Troya es, desde hace varias semanas, noticia nacional; situada incómodamente entre las páginas de sucesos y el rincón del chiste, porque todavía no ha saltado de las revistas a la Prensa diaria la sección síntesis de humor negro. Lo de El Palmar de Troya alcanza, fuera de Sevilla, los honores ocasionales de la extrañeza; en Sevilla es un esperpento permanente. Salía el tema con cualquier pretexto. Se sobrentienden detalles ignorados fuera.

Los vuelos "Charter* desde rampas integristas de medio mundo; la donación (que algunos fustigan como estafa) de catorce millones de pesetas desde la orilla derecha del Ebro a la izquierda del Betis; el cinismo subnormal de algún orquestador. En fin, un episodio intermedio entre la picaresca y el fanatismo; decantación de cuanto de reprobable y caduco pervive entre los rescoldos auténticos de la fe sevillana; y que los sevillanos están dejando cocerse en su salsa, sin decidirse todavía a prescindir del cachondeo para aplicar sus infalibles anticuerpos restauradores. A no ser que alguna autoridad civil o eclesiástica decida meter del todo la pata y estabilizar así las posibilidades turísticas del fenómeno; que tampoco sería mala salida en tiempos de crisis.

Por supuesto que mi viaje a Sevilla nada tenía que ver con El Palmar; ni tampoco se urdió en busca de entrevistas, que surgieron espontáneas. A la ida, con Ignacio Oriol, con quien pude comentar la síntesis de una revista sobre las actividades político-financieras de su familia; y nos quedábamos asombrados de cómo algunos periodistas de izquierda, incluso dentro de medios bien informados como esa revista, pueden realmente conocer tan poco y resumir tan mal el auténtico poder de la derecha.

Un breve aparte con el delegado nacional de Provincias, Manuel Ortiz Sánchez, a quien las agencias se empeñan en colocar los apellidos del revés; y que tiene ahora la gran ocasión —difícil ella— para revelar al gran político que lleva dentro. Se fue el delegado con el gobernador, seguramente para tranquilizarle sobre ciertos rumores que no se iban a materializar en el Consejo de aquella tarde; y el cronista se marchó para el Cerro del Águila, del brazo de ese fabuloso teniente de alcalde Cayetano Domínguez Delgado, populista de presente y futuro, a quien debo una inmersión en la Sevilla real que nunca le agradeceré bastante. Y que no quedaría simplemente colocado en unas elecciones normales.

Habrá que profundizar, pero veinte sevillanos que surgieron desde lo más profundo del nuevo ambiente me contaron cómo era ahora y cómo se iba a configurar el clima político de Sevilla. Si no comprendí mal, lo único organizado seriamente allí es la izquierda moderada del P. S. O. E. con una importante implantación selectiva, aunque minoritaria, de la U. G. T.; y el movimiento obrero de Comisiones, controlado por el ilegal partido comunista. La derecha y el centro carecen de organización y, lo que es peor, de horizonte; necesitan, añado por mi cuenta, un rejón de fuego lúcido que les convenza de su enorme fuerza potencial, cuando se decidan a abandonar su cascara secular reaccionaria.

Entre las Asociaciones, sólo Reforma Social, muy bien dirigida, cuenta con fuerza política. El Movimiento no pinta nada. El desamparo político de la derecha se comprende muy poco al contemplar ese censo de cin-, cuenta mil labradores, entre los que un 10 por 100 pueden considerarse empresarios; y al intuir las profundas capas medias que no sienten la izquierda. No hay tácitos ni socialdemócratas.

La herencia democristiana viró al socialismo —y más allá— gracias a la fascinación —activa y pasiva— de don Manuel Giménez Fernández. El movimiento de la Alianza Socialista Andaluza —no configurado aún como partido— trata de encauzar hacia la izquierda confederal un regionalismo vacilante; pero ni ha resuelto sus contradicciones ni hace muchos ascos al partido comunista.

Hay algún fraguista relativamente desorientado. Todos los grupos se resienten del radicalismo de sus sectores jóvenes, sobre todo universitarios. Todo Indica que a las pocas semanas de la marcha —personal— de Felipe González sobre Madrid, el único movimiento político consistente de Sevilla (no hablo del mundo sindical) es el partido socialista; y el único diagnóstico posible sobre la derecha desemboca en un tremendo vacío.

Hay dos Iglesias enfrentadas. He rehuido en este resumen los nombres propios. Apuntaré dos. Todos conocen, en Sevilla, los nombres de dentro. Creo que los dos nombres de fuera que en este momento pueden almacenar, vistos desde Sevilla, mayor credibilidad potencial son Joaquín Ruiz-Glménez y Pío Cabanillas.

Antes y después de mis conversaciones con la Sevilla real —la oficial estaba, aquella noche, en la luna— escuché mientras hablaba en el Cerro del Águila, las tendencias profundas de la Sevilla popular. Mis oyentes me enseñaron, con sus preguntas, bastante más de cuanto pudieron aprender en mis respuestas.

Siguieron, al regreso, las entrevistas casuales; ahora tuve la suerte de conversar con Nicolás Franco Pasqual del Pobil. Si yo fuera director de un periódico mantendría un retén en la linea SeviIla-Madríd; da de sobra para una sección fija. Allí confluyó una intuición común que merecerá articulo aparte, si mi interlocutor lo autoriza.

Pero, entre información y -comentario, la salsa de mi ¡ornada sevillana venia de El Palmar de Troya. Saltaba, a todas las tertulias de la tarde, una presunta petición de Camilo José Cela al jefe de la nueva secta; que le ordenen obispo. Momentos después la Sorbona proclamaba su candidatura al Nobel. Creo que uno y otro deseo son no solamente necesarios, sino compatibles.

Camilo José Cela ha roto casi todas nuestras falsas convenciones históricas; pero para un historiador ha logrado, sobre todo, una misión imposible. Recuerden ustedes las viles protestas de algunos colegas contra el premio Nobel a don José de Echegaray; que se reprodujeron contra Benavente. Cuando se conceda el Nobel a don Camilo correrá el champaña en todas ¡as mesas, altas y bajas, de España y América. Ha destripado, con su quijotesca andadura, cada entresijo de nuestro vicio histórico nacional, la envidia. Cuando todo el mundo se afana de rebuscar diferencias para la delimitación de taifas, Cela es un grito desgarrador y a la vez sereno de unidad. Dicen que de El Palmar le han contestado que bueno; pero que ante su mundanidad evidente (él, con varios obispos en el árbol) no se le puede ordenar sin una semana previa de ejercicios cismáticos. Para la crónica de esa semana habría que resucitar a Hemingway disfrazado de Valle-lnclán.

Camilo José Cela es, más que la len-gua, el idioma. Me quedo, entre todas sus páginas, con una en que describe, hilo a hilo, el paisaje de Gredos desde Piedra-hita, Me quedo, entre todas sus anécdotas, con el tono de su mirada un día que hablaba de su hijo. Me quedo, entre todos.sus títulos, con el de ángel curioso. ¿A qué esperan todas las Universidades y todos los periódicos y todas las asociaciones de vecinos para sumarse a la petición de la Universidad de París?

Puede que, mientras tanto, el rumor sobre la ordenación episcopal de Cela sea la única reacción coherente de la Iglesia —todos somos Iglesia— contra el sucio globo de El Palmar de Troya.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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