Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Los intelectuales: Historia y polémica     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LOS INTELECTUALES: HISTORIA Y POLÉMICA

BAJO el tema —vital— de los intelectuales en España late una tenas polémica de posiciones irreductibles. Apuntan, felizmente, los estadios de base, de raíz, que acabaran marginando esa polémica estéril a golpes de auténtica historia: asi la sugestiva síntesis sobre la Universidad española, de Alberto Jimenez, refundida hoy; el imprescindible libro de Dolores Gomes Molleda «Los reformadores de la España contemporánea»; el gran empeño —casi todo él en fase de proyecto aún— de Juán Linz sobre la historia moderna de nuestra intelectualidad.

Escritores muy preparados para contribuir a esa ineludible historia frecuentan todavía los torneos polémicos. Asi el profesor Amando de Miguel, que en reciente artículo «Para entender a los intelectuales» divide al estamento con técnicas de «western» en buenos y malos: forman éstos la «cultura partidaria»; es decir, «los intelectuales Impulsores del actual «establecimiento» político social; los exegetas y creadores de nuestro sistema ideológico. Los «buenos» serían los que reivindican, por antonomasia, el termino de intelectuales, definidos así no sin arriesgado dogmatismo por el autor citado: «Los intelectuales forman hoy la cultura adversaria, como suele decirse; en el sentido de que por sistema y como grupo, de manera perenne e irreductible, se oponen al conjunto de valores que distinguen al establecimiento político usual»

Una reflexión menos espectacular sobre la evolución contemporánea de nuestro estamento intelectual nos llevará a matizar e incluso a complicar mucho más tan discutible planteamiento. Como hipótesis de trabajo puede proponerse un determinado momento histórico para la irrupción de los intelectuales —como tal grupo— en la España contemporánea: el momento —a la vuelta del pasado siglo— en que los periódicos, al referirse a ellos, van dejando caer las comillas del adjetivo clásico «intelectual»

Juvenilmente sustantivado desde la mitad del XIX. Claro que existían, siglos antes, los Intelectuales en España, pero no se les llamó así, con simultánea connotación de grupo, hasta el entorno del Desastre. El grupo —heterogéneo, indefinible— nace al margen de la cultura católica, mortecina entonces; al margen (aunque no en contra) del régimen (no en vano una de sus corrientes originarias era la naciente tradición republicana decimonónica); en situación equívoca frente a la Universidad, por razones internas y externas; con sorda, cerrada e injustísima toma de posición antimilitarista . (una de las primeras veces que he leído la palabra intelectual sin entrecomillar ha sido en un parte de la Capitanía General de Puerto Rico, en que se denunciaba determinadas colaboraciones con los Estados Unidos antes de 1898).

Otra característica, culpablemente olvidada, es que el estamento intelectual nace desviado de toda preocupación social; como reacción previsible, tos movimientos obreros españoles rechazaron o al menos recelaron siempre de los intelectuales. Ninguno de quienes ya se llamaban así fue capas de escribir —en 1907— un maravilloso libro, de urgente reedición hoy, que se titula «Misión social del Ejército»; su autor, el capitán Joaquín Fanjul.

Quiere esto decir, en resumen, que el estamento intelectual se configuró en España más como un "anti" que como fruto de un impulso positivo; pero tal condición —a la que cabría añadir el torpe sentido excluyente la contradictoria carencia de tensión dialogal— es una gravísima lacra de origen, no un Ideal definitorio como parece sostener el Joven y brillante profesor citado.

Tras un arranque histórico tan negativo, el panorama intelectual español cambió sustancialmente en las décadas posteriores. Advino primero la simbiosis universitaria: la primera generación del 98 es accidentalmente, excepcionalmente, universitaria; los novecentistas son entraña y gloria de la Universidad.

El carácter pequeño-burgués del primer estamento intelectual dibuja en el grupo, desde 1915 más o menos, una decidida vocación política. Al reconocer los indiscutibles logros culturales del estamento —que signen en los mismo cimientos de nuestro futuro nacional— no pueden ignorarse los funestos errores políticos que llevaron, en alucinante cadena, a la aceptación en bloque, primero, y luego a la indiscriminada repulsa de la Dictadura; a la creación de un partido político de base intelectual exclusiva —la Agrupación al Servicio de la República — tan contradictorio y tan efímero como el que pronto se llamó Partido Sindicalista; a la abstención impotente del «No es esto, no es esto» que culminó en el aventamiento y la diáspora intelectual de nuestra guerra civil, abandonada en su interpretación profunda por nuestros intelectuales, que (con excepciones trascendentes, como la de don Manuel Azafia) entregaron la misión de diseñar la Imagen histórica de nuestros años más trágicos a improvisadas, aunque fulgurantes, vanguardia» intelectuales extranjeras. No se ha formulado aun desde la historia —aunque sí desde estériles listas polémicas, siempre trucadas— este tremendo capítulo de nuestra guerra, vista en la actuación y en la inhibición de nuestros intelectuales; pero es un capítulo cuya ausencia gravita tanto sobre nuestro remordimiento nacional que, fatalmente, habrá de escribirse, y muy pronto. Como se está escribiendo ya, según mis noticias, una historia del movimiento intelectual durante el reinado de Alfonso XIII debida a la ilustre profesora citada; notemos incidentalnente que ahora se empiezan a reconocer tos notables aciertos de Don Alfonso en la siempre erizada «política intelectual».

No se trata, por cierto, de formular aquí una acusación histórica contra el grupo intelectual. Muy al contrario, la culpable tal ves sea la sociedad española empeñada en exigir a ese grupo capacidades y decisiones que le rebasaban por entero. Sería imperdonable, después de la tragedia y la dispersión, caer en una aberración tan poco intelectual como retornar a la cansa para suprimir el efecto.

Definir con criterio puramente negativo la función del intelectual en la España de hoy es condenarse «a priori» al «No es esto», aun en el caso, muy problemático, de que se Invirtiera radicalmente el signo del «establishment» ¿O es que entonces la «cultura adversaria» se convertiría servil y contradictoriamente en «cultura partidaria»? La dimensión social de los intelectuales no puede ser estamentalnente el nihilismo, sino nada más y nada menos que la critica.

El monopolio del término no se adjudica con criterios de todo o nada, de buenos y malos; además, no hay tal monopolio. ¿Por qué algunos intelectuales españoles se enclaustran en la nostalgia imposible de 1930 —e1 año más irrepetible de todo este siglo después del de 1936— en vez de analizar la degradación del término intelectual ante la opinión política americana, desde los «eggheads» a los «radlibs». ¿Por qué en España el abandono subrepticio del barco durante la tormenta comienza a veces por la cubierta intelectual de los regímenes, mientras en Francia, por ejemplo, los regímenes encuentran siempre el apoyo sacrificado, hasta la muerte, de un poderoso sector intelectual? ¿Por qué en los periodos españoles de cambio profundo surge la figura característica que el profesor Jesús Pabón designa amargamente como «los bergamines», mientras, para seguir con el mismo ejemplo, un régimen francés en peligro puede nombrar comisario en Información a Jean Girandoux con el aplauso unánime de toda la intelectualidad gala por él expresamente representada? Hay momentos y períodos en que la plena lealtad de un intelectual a un sistema, a un régimen, puede ser más difícil, más lacerante, más angustiosa que el cómodo griterío desde la acera de enfrente, colmada de tránsfugas.

La misión sociopolítica del intelectual no puede basarse en una oposición ciega y cerrada, sino en una serena visión y dicción critica —testimonio, en una palabra— de su contorno; y esto puede hacerlo, debe hacerlo, sin abdicar de su personal convicción ideológica y política, desde el mismo centro de todas sus lealtades, sin mantener infantilmente sobre el sistema la amenaza de volear la mesa de Juego- a la menor incomprensión.

Habrá que volver sobre el tema, inagotable. Con toda razón subraya Amando de Miguel el nuevo carácter científico en la base de la nueva reflexión intelectual Restringe, sin embargo, ese carácter al ámbito de lo sociológico. No es Justo. Otro de tos claros vicios de origen en la configuración española del estamento intelectual contemporáneo es su divorcio, o mejor, su ignorancia del pensamiento científico —experimental y teorético— en las primeras singladuras del grupo. Ni Leonardo Torres Quevedo, ni Juan de la Cierva Codorníu, que recibían en Estados Unidos supremas distinciones intelectuales como la medalla Guggenheim. se consideraban intelectuales por esta sociedad, mediatizada durante siglo y medio por la más absurda de todas nuestras divisiones: la de «Ciencias» y «Letras». En cambio ganaban renglón en la nómina intelectual oscuros personajes que se decían «escritores» y «artistas» sin más credenciales que firmar de vez en cuando un manifiesto, «político» más o menos barato.

Es más honda, y más responsable, la misión del intelectual. Comprende, ante todo, la relevancia en e1 propio terreno; la critica implacable, pero abierta, en su testimonio, Junto a la capacidad permanente para la autocrítica y hasta el humor. Y si no queremos regresar al «No es esto» es preciso medir bien 1» energía social propia; y analizar, con rigor y sin exclusivismos, lo que es «esto», mientras existe la luz.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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