Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Media Nación espera     
 
 ABC.    13/10/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MEDIA NACIÓN ESPERA

No se ha explicado bien por qué los especialistas en futuro-logía y prospectiva se recluían, durante esta fase embrionaria de la nueva ciencia, entre los expertos en historia contemporánea; pero asi es. Quizá por eso e1 historiador levanta a veces la vista cansada de analizar datos y suplir lagunas en legajos inconexos para lanzar sobre el futuro inmediato su imaginación controlada. A sabiendas de que se sale de su «mester» y como desahogo de rigores, adelanta, incluso, el pronóstico.

Con esta excusa previa creo que nuestros bisnietos van a extrañarse muchísimo por tres fenómenos españoles de hoy. Uno, político: la curiosa aprensión que suele surcar las vértebras de un Régimen que sigue, en gran medida, sin creerse su propio éxito. Otro, ambiental: mientras la inmensa mayoría del pueblo español se preocupa exclusivamente del presente y del futuro, ciertas minorías marginales, que gustan atribuirse el presuntuoso nombre de «oposición», siguen fascinadas por el siglo XVIII (aunque ellas alardean de fiel adición al XIX), mientras ciertas minorías dirigentes avanzan nada menos que hasta una fecha de nuestro siglo, el 18 de julio de 1936; pero en vez de proyectarla fecundamente hacia el futuro se empeñan en interpretarla -con esquemas de la Casa de Austria.

Y un tercer fenómeno, nacional por esencia y etimología, tan obvio, tan profundo en su injusticia, en su anacronismo y en su absurdo, que se ha enquistado en nuestra conciencia social y apenas emerge de nuestras confusas obsesiones políticas: el hecho de que no ya ese inefable abstracto que es «Ja mujer española», sino el conjunto concretísimo, vivencia!, de todas y cada una de las mujeres de España, constituya, todavía a estas alturas, un estamento olvidado en el campo de las tensiones y las realidades y la plena promoción social; y cuando por algún rincón sin vigilancia trata de superar el olvido, entonces expresa o implícitamente, pero de manera inapelable, se la margina.

No es problema (retórico, ni anticipación exagerada; es simplemente el hecho de que la mitad de la población española carece en gran medida de caminos, ya que no pueden llamarse caminos a trillados círculos viciosos en perpetuo recambio. No es un problema caprichoso, ni un tópico, ni una concesión simplona a los abusivos y abusados «vientos de la Historia»; es, sin metáfora alguna, media nación que espera.

Ante la semindiferencia contemporizadora, un si es no es irónica, de muchos hombres de España —y lo que es peor, de la sociedad española—, un grupo de mujeres beneméritas ha conseguido, desde 1936 acá, abrir constantes brechas sociales y políticas, tender incluso la difícil infraestructura para «sos caminos imprescindibles y denegados. No se ha estudiado el carácter histórico de nuestra guerra civil (en la zona nacional más que en la republicana, a pesar de superficiales apariencias) como revolución femenina.

El error seria creer que Pilar Primo de Rivera y sus colaboradoras (ante la revelación del grupo no se necesitan más pruebas) han luchado y logrado relativamente tanto, aunque absolutamente falta mucho, en pro de las mujeres de España, cuando lo que han rendido es un inestimable servicio a toda la sociedad española, sin distingos; y no sólo en esta línea concreta de futuro, sino mediante su ejemplo personal y colectivo dentro del campo asistencial y el campo cultural Seria injusto también olvidar los resultados conseguidos por el esfuerzo individual, aislado, de innumerables mujeres españolas, desde aquellas heroicas muchachas que decidieron en los estúpidos años veinte cambiar de una vez por todas la rueca por la Facultad, el delantal por la pluma. Y no cabe negar, sino aprovechar, el nuevo ambiente que nos va rodeando gracias a todas ellas.

Pero no basta. Es ya la hora de un replanteamiento total, absoluto, sin contemplaciones ni limites, del problema. Creo que en el enfoque radicará el éxito o el fracaso; y el enfoque no puede ser una simple perspectiva de «promoción de la mujer», sino una campaña implacable, tenaz y clarividente de justicia nacional, no reducida a un estamento. Porque a lo largo de los últimos años se advierte una profusión de noticias tranquilizantes, «alienantes» en el auténtico sentido de la palabra, un sentido que ciertos marxistas de vía estrecha, campeonismos de lo decimonónico, suelen empeñarse en monopolizar, cuando no en retorcer. Por ejemplo, quedamos socialmente satisfechos ante los éxitos de una excelente alcaldesa de gran ciudad, ante el juramento de nuestra primera juez comarcal, ante el destino etiópico de nuestra primera secretaria de Embajada en esta generación.

Los ejemplos individuales son admirables; pero no así su efecto tranquilizador. El porcentaje de tales hazañas es mínimo; y resulta inadmisible que se trate de hazañas. El objetivo, y nada de largos plazos, debe ser repetir en cada sector la proporción • demográfica. Para no hablar de las últimas barreras profesionales y teóricas, intolerables, hirientes, no para las mujeres de España, sino para la sociedad española como tal. Un símbolo antifemenino cuya apertura sería decisiva: las puertas herméticas de la Real Academia Española. Nadie desea retrasar así el ingreso de meritorios aspirantes; pero ante una decisión histórica ineludible, ¿por qué no ampliar el número de posibilidades, una vez roto el maleficio?

Para no anclarme en la generalidad, ni caer en injustas exclusiones, sólo me referiré a experiencias personales r e c ientes ante la creatividad intelectual femenina en España. He releído este verano a Carmen Laforet, Ana María Matute y Marta Portal; he escuchado una magistral conferencia sobre la situación de la economía española a la profesora de Salamanca Gloria Begué; he conversado a fondo con otras dos insignes profesoras y autoras, Dolores Gómez Molleda y Carmen Llorca. ¿Puede alguien argüir que nos faltarían nombres para esa inaplazable extensión, femenina de la Academia? La editorial española que ha conseguida una máxima penetración en el mundo universitario norteamericano —antes casi infranqueable desde España— está dirigida por una admirable mujer de empresa, Amparo Soler. Mis primeras calificaciones en el pasado curso universitario, en la Facultad y en la Escuela Diplomática, han sido para dos excepcionales alumnas.

La experiencia periodística y política reciente apunta en el mismo sentido. Aquel Frente Popular que en certera frase de Calvo Sotelo no fue precisamente vivero de estadistas, tuvo el innegable acierto histórico de designar la primera mujer ministro en nuestra historia; que no fue, ni mucho menos, la peor del grupo. Lástima que el precedente no haya conseguido luego imitaciones, todavía nías justificables ahora, tras el muy positivo balance de ensayos en planos menores. Lástima que nos resistamos tanto a valorar experiencias extranjeras, en la cumbre de los Estados, en la cooperación eclesial y en los escalones superiores de las Fuerzas Armadas; tan absurdo sería pretender la inexistencia de diferenciaciones y. matices como cerrar con ceguera caminos evidentemente practicables.

No sería prudente abandonar una bandera tan justa y tan entrañable para que puedan arrebatarla otras opciones políticas y sociales más avisadas. Ante la reciente explosión del nuevo feminismo americano, aún estamos a tiempo en España para una reforma valerosa y positiva, al estilo de Gloria Steinem, que evite de raíz los radicalismos estrafalarios de una Kate Millet o la desaforada propaganda partidista de una Angela Davis, de la que por cierto también nos ofreció un aleccionador anticipo tremendista y estéril el citado Frente Popular español. Pero para eliminar la posibilidad de repeticiones trágicas no parece el mejor sistema ese desbordamiento ridículo de «machismo» que exhibe a conciencia un amplio sector de nuestra publicidad (y no solamente la televisada) cuando trata de imponer un pretendido mundo de hombres en que las mujeres, como en los buenos tiempos, se dedican a admirarles embobadas, sin más actividad propia que enjabonarse el cutis o lavar (con máquinas y todo) la colada.

Si otro topo de propaganda, y no precisamente comercial, trata de aliviar nuestras sempiternas reservas anarquistas al confundir la humanización del trabajo femenino o la inevitable eliminación del servicio domestico interno con solemnes y ridículos «procesos de liberación de la mujer obrera», analicemos, antes de condenar, quienes son los verdaderos responsables.

Ricardo de la CIERVA

 

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