Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El retorno del general Franco y la evaporación de los grandes números     
 
 Gaceta Ilustrada.    10/08/1975.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

LAS CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

El retorno del general Franco y la evaporación de los grandes números

Como esta crónica se escribe ya junto al mar, importa muchísimo menos lo que se diga y lo que suceda en torno a la enmienda del señor Mendoza; aunque el hecho y su circunstancia sí me parecen sintomáticos. (Acabo de comprobar, por radio, su retirada en el Pleno: es la más desastrosa de las tres soluciones posibles.) Con todos los problemas del futuro encima de nuestra angustia casi nos inclinaríamos a sonreír agradecidos por la breve y jugosa evasión.

Si no fuera porque desde estas orillas de un mar que, durante setenta años vitales, fue también bizantino nos vuelve a despertar el choque de las escalas islámicas sobre los muros dormidos de un Parlamento. Quizás el procurador por Badajoz pase a nuestra pequeña historia como Paleólogo, el de la palabra antigua; aunque mucha será la competencia a la hora de discernir el título.

«Un poder omnímodo e irreductible»

UNO de los artículos más profundos de la transición acaba dé publicarse en Posible y se debe a la sensibilidad y la pluma de Miguel Herrero de Miñón. El título —Sucesión gradual— no da la espléndida talla del trabajo, alarde de intuición política sazonado con un humorismo extra jurídico casi trascendental.

«Constitucionalmente es imposible una sucesión en la Jefatura del Estado conservando el Caudillo sus competencias militares y como Jefe Nacional del ´Movimiento. Sin embargo no quiere decir que tal cosa sea inviable*.

Tal cosa, la diarquía como transición sucesoria, sería una monstruosidad política; y esterilizaría de raíz la posibilidad de una monarquía democrática —tan comprometida ya— e incluso de cualquier monarquía. Con razón designa Herrero a esta alternativa comq «mal sueño de verano». Pero antes ha revelado la entraña política de tantas paradojas. «En efecto, el Jefe del Estado-Caudillo no es un magistrado de competencias más o menos amplias, sino el titular de un poder omnímodo e irreductible a leyes a quien corresponden —y la sola idea basta para excluir cualquier sistematización jurídica del poder— de modo permanente todas las funciones de gobierno.»

Herrero de Miñón aplica su tesis al caso de los dos presidentes del Gobierno después del propio Franco. «Es jurídicamente coherente y políticamente cierto que ni el almirante Carrero ni el señor Arias son los presidentes del Gobierno contemplados en la Ley Orgánica, sino dos vicarios del Jefe del Estado-Caudillo, cuya posición no puede pasar de meros instrumentos de su voluntad.»

En este marco jurídico y sobre todo político hay que interpretar un hecho histórico evidente: el retorno del general Franco no solamente desde su enfermedad del pasado verano, sino desde la muerte del almirante Carrero. Su recuperación física es notoria; no sólo por las pruebas visibles sino por los efectos de su renovada capacidad de maniobra, y por su no menos patente voluntad de intervención en las orientaciones y los entramados de esa zona política comprendida entre lo abstracto y lo concreto, donde se ha movido siempre Franco con maestría.

Durante la presidencia de Carrero no se alteraron prácticamente las relaciones de poder; sólo se simplificaron ´los despachos. Cuando el almirante y su Gobierno pretendieron celebrar el jueves, sin Franco, los Consejos de Ministros, alguien les hizo saber que el Consejo seguía siendo el viernes, mientras la reunión del jueves era sólo preparatoria. Aunque así aquel Gobierno repetía discreta y tenazmente que el Consejo era el jueves; y abominaba del término «consejillo».

Pero al fin y al cabo Carrero era una sombra fiel de Franco, al que profesaba una obediencia ciega de corte ignaciano puro, la presidencia de Carlos Arias pareció iniciar una etapa distinta. El discurso del Doce de Febrero, que a estas alturas descansa en paz, planteaba una modificación efectiva en las relaciones de poder. El paso de la adhesión a la participación significaba o bien un refugio verbal más, o bien un descargo real de las responsabilidades de Franco en el Gobierno como guía del Régimen hacia una posibilidad democrática efectiva.

De esa posibilidad no queda ya más que el recuerdo de una ilusión. Las palabras del presidente —extrañamente premiosas— al partir para Helsinki, y sobre todo la entrecortada me-farisia del ministro Carro ante las Cortes del martes dejan muy claro quién es quién, y dónde está quién. (Franco, naturalmente, había volado a Galicia el día anterior). Si durante el año primaveral de 1974 la iniciativa de volver a los orígenes parecía en manos de los ultras, durante el año otoñal de 1975 ha sido el propio Caudillo quien ha arbitrado su retorno a la plenitud real de un poder que no abandonó ni en los peores momentos de su enfermedad. Me parece superficial- interpretar este fenómeno como un retorno de Ia Falange. Primero porque el término es perfectamente equívoco.

La Falange tuvo la suerte de morir con la maravillosa muerte de su Fundador, una lección que todavía no se ha aprovechado como merece para el futuro de España. La otra Falange, la de abril de 1937, es la institucionalización histórica restringida del franquismo; es sencillamente el franquismo militante. Bien, pues tampoco ha vuelto esa Falange, el único grupo político capaz de repetir en menos de un año la invocación a las uñas y los dientes como bandera para el futuro. No es esa Falange la que ha vuelto, sino el propio general Franco. Quizá ayudado por una nueva llamada de África, después de las cinco llamadas de África que explican y jalonan su vida. Quizá más bien impulsado por su tremendo sentido del Poder, en un panorama de expectantes, de conformistas o de indecisos.

La oposición, en auxilio del Régimen

Si como biógrafo de Franco trato de comprender, con enorme interés, esta inesperada singladura final, este sorprendente deuteros plous, como observador ocasionalmente marítimo de la vida española terrestre, es decir, superficial, no comprendo la alegría desmesurada de la Falange —ahora sí— por esta aparente revitalización del franquismo, es decir, de ella misma. Porque no se ha revitalizado el franquismo sino el propio Franco y porque el hecho de que Franco haya creído necesario este retorno evidencia una vez más que el franquismo sin Franco es una sombra inviable. la intensificación de la actividad política de Franco en la última etapa de su régimen agregará nuevos matices a su biografía, pero me temo que afianzará todavía más la tesis de que no cabe pensar en un franquismo sin él.

Y eso que Ja oposición oficial —habrá que empezar también a distinguir en la oposición los planos de oficialidad y realidad— acude una vez más en socorro del régimen, con ese lamentable manifiesto de la Plataforma de Convergencia Democrática. No por el programa en sí, sino porque grupos de capacidad democrática probada lo comparten con trostskistas y huguistas. ¿Cabe mayor servicio al régimen? Si yo fuera el señor Solís ya tendría candidatos cantados para los próximos grandes collares del Yugo y las Flechas. La oposición oficial está muy mal acostumbrada; cree que su postura negativa radical le otorga derecho de asilo contra toda crítica razonable. No ha aprendido nada del affaire Destino-Pujol. ¿Se han percatado los coordinadores del Manifiesto de la mortífera carga de ridículo que comporta consigo la pretensión huguista? Cuando se suprima o momifique de una vez el fementido artículo dos, correrá en desalado streaking más de un personaje del régimen; y ya verá también lo que es bueno algún cantamañanas de la oposición.

En fin, rebus sic stantibus, con perdón del citado señor Solís, y si la oposición oficial mantiene su eficaz ayuda al régimen, el regreso del régimen a sus orígenes puede terminar en en-quistamiento favorecido desde el exterior; lo que no merecería ni el régimen ni sobre todo esta España que por primera vez en su historia desde el siglo XVI puede encarrilarse hacia la convivencia democrática. Claro que quienes de verdad sientan la nostalgia del futuro pueden todavía afiliarse legalmente a un partido político; porque como se sabe los partidos políticos están permitidos e incluso fomentados

La oposición, en auxilio del Régimen

Si como biógrafo de Franco trato de comprender, con enorme interés, esta inesperada singladura final, este sorprendente deuteros plous, como observador ocasio-´ nalmente marítimo de la vida española terrestre, es decir, superficial, no comprendo la alegría desmesurada de la Falange —ahora sí— por esta aparente revitalización del franquismo, es decir, de ella misma. Porque no se ha revitalizado el franquismo sino el propio Franco y porque el hecho de que Franco haya creído necesario este retorno evidencia una vez más que el franquismo sin Franco es una sombra inviable. La intensificación de la actividad política de Franco en la última etapa de su régimen agregará nuevos matices a su biografía, pero me temo que afianzará todavía más la tesis de que no cabe pensar en un franquismo sin él.

Y eso que la oposición oficial —habrá que empezar también a distinguir en la oposición los planos de oficialidad y realidad— acude una vez más en socorro del régimen, con ese lamentable manifiesto de la Plataforma de Convergencia Democrática. No por el programa en sí, sino porque grupos de capacidad democrática probada lo comparten con trostsklstas y huguistas. ¿Cabe mayor servicio al régimen? Si yo fuera el señor Solís ya tendría candidatos cantados para los próximos grandes collares del Yugo y las Flechas, la oposición oficial está muy mal acostumbrada; cree que su postura negativa radical le otorga derecho de asilo contra toda crítica razonable. No ha aprendido nada del affaire Destino-Pujol. ¿Se han percatado los coordinadores del Manifiesta de la mortífera carga de ridículo que comporta consigo la pretensión huguista? Cuando se suprima o momifique de una vez el fementido artículo dos, correrá en desalado streaking más de un personaje del régimen; y ya verá también lo que es bueno algún cantamañanas de la oposición.

En fin, rebus slc stantibus, con perdón del citado señor Solís, y si la oposición oficial mantiene su eficaz ayuda al régimen, el regreso del régimen a sus orígenes puede terminar en enquistamiento favorecido desde el exterior; lo que no merecería ni el régimen ni sobre todo esta España que por primera vez en su historia desde el siglo XVI puede encarrilarse hacia la convivencia democrática. Claro que quienes de verdad sientan la nostalgia del futuro pueden todavía afiliarse legalmente a un partido político; porque como se sabe los partidos políticos están permitidos e incluso fomentados en lo que todavía es una provincia española. En >la cual se prepara, parece, un referendum para la primavera.

Otras veces el régimen salvó profundas crisis con el recurso constitucional del referendum aplicado de forma democráticamente heterodoxa, pero con una contundencia política indiscutible. La mejor diagnosis para el deterioro actual del sistema es que fuera del Sahara no me parece capaz ni de imaginar otro referendum, incluso en las precarias condiciones formales de 1947 y 1966.

Sobre el arte de rebajar ceros

Esta sugerencia nos lleva a la segunda parte de nuestra crónica, que echaremos a los grandes números. Porque ante la expectación, un tanto cansada, del público político se ha operado desde la primavera de 1974 para acá una prestidigitaron de cifras que no debe marcharse viva del comentario ni, por supuesto, de la sorpresa.

Uno de los primeros movimientos regresivos del régimen en la primavera de 1974 fue esgrimir ´la rotunda cifra de medio millón como techo para un reagrupamiento político de los excombatientes; y magnitudes del mismo orden —tengo aquí una cita de trescientos mil, que no es la máxima cantidad proclamada— como afiliación actual o posible o presunta —que nunca quedó claro— para organizaciones militantes más específicas, como los Alféreces Provisionales. Hasta periodistas tan bien Informados como Luis Apostua se impresionaron visiblemente con semejantes datos.

Veamos. La Hermandad Nacional de Alféreces Provisionales no ha publicado nunca el total exacto de sus efectivos. Sabemos, por datos del general Díaz de Villegas, nada sospechoso, analizados por Stanley Payne, que el total de alféreces provisionales salidos de las Academias de guerra llegó a los 22 mil; cifra que elevaríamos a unos cuarenta mil con la agregación de los sargentos. Estos números justifican, por la procedencia de quienes los integran, la tesis de que el ejército de Franco fue también un ejército popular; tesis que ahora se descubre alegremente por algún comentarista sin tomarse la molestia de citar al historiador que la demostró hace ya seis años largos.

Pero lo que de ninguna manera justifican es esa presunción de los centenares de miles casi cuarenta años después. Si descontamos el porcentaje de bajas definitivas —proverbial-mente elevado en tan heroico conjunto— y las bajas naturales durante el transcurso de más de una generación, puede calcularse que ´hoy viven unos quince mil «provisionales» en total. Prácticamente todos ellos mantienen enhiestos sus recuerdos y sus lealtades, pero no sé si todos comulgarían políticamente con versiones politizadas y restrictivas de su antiguo ideal. No sé si todos están dispuestos, concretamente, a votar la opción política que les señale el señor Benítez de Lugo, por cuyo futuro político albergo algunas dudas bastante concretas. Por todas estas razones, y alguna más que omito por brevedad, no creo que las posibilidades políticas de apoyo que la Hermandad pudiera hoy ofrecer superen con mucho a ios diez o quince mil votos efectivos; y aun esa cifra me parece generosa.

Claro que puedo equivocarme; pero ante el silencio de datos fidedignos bajo la hinchazón de las grandes cifras verbales conviene recordar que una estadística precaria sólo puede modificarse por otra estadística mejor fundada. El talante político de la Hermandad plantea además otros problemas delicados, debidos a la presencia oficial del Ministerio del Ejército en su seno mediante una delegación formal. ´De la que se derivan, por otra parte, beneficiosos efectos, como se demostró recientemente en algún interesante relevo.

La técnica para cambiar de estado

Algo parecido cabría deducir sobre ,las cifras de la Confederación de Combatientes, como ahora se llama la herencia histórica institucional de aquella Delegación Nacional de Ex Combatientes encomendada, por cierto, a don José Antonio Girón de Velasco en los primeros meses de la paz, todavía dentro de un año importantísimo y absurdamente olvidado, el de 1939. Y algo derivadamente semejante convendría apuntar sobre los efectivos de la primera asociación política en plena marcha, la Unión del Pueblo Español, que oportunamente ha intercalado una D poco gramatical y menos eufórica para alejar, según parece, fantasmas políticos tan indeseables como aleccionadores:

Tengo sobre la mesa una curiosísima escala de titulares. Todavía en 1974 se adelantaba la posibilidad de un trasvase de los efectivos de la Confederación de ´Ex Combatientes a la nueva gran asociación del Movimiento; y se citó una primera cifra «no inferior a los cuatrocientos mil». Al principio de la primavera de 1975 se rebajó tan imponente presagio a la más asequible cifra de doscientos mil, y se abandonó insensiblemente la idea del trasvase, con argumentos formalistas que sonaban a excusa poco convincente. En mayo las fuentes oficiosas aseguraban que la todavía UPE podría iniciar su vida con setenta mil firmas. Esa cifra real ha logrado superar, como se sabe, las veintiséis mil.

Hay que suponer que el Consejo Nacional del Movimiento ha montado un efectivo sistema de control para el reconocimiento de dichas firmas; no va a comprometer su prestigio arbitral con precipitaciones en terreno tan delicado y en un país que tía rebasado ya ampliamente el centenario de la invención del pucherazo. Pero nada hay tan ejemplar como un conjunto de cifras soñadas y cifras reales

puestas, sin más comentarios, en su sitio. Nada tiene de extraño que con los calores más excesivos que se recuerdan, las volátiles cifras políticas se evaporen tan decididamente, por lo menos, como las ponderadas cifras de la Bolsa.

Cuando registramos la evaporación de las grandes cifras no reducimos a tan cortas muestras de adhesión las posibilidades de arrastre político que todavía le quedan al régimen; porque las pequeñas cifras sólo evidencian lo tibio de la respuesta popular a la restricción actual del régimen, no a su todavía posible, aunque cada vez más improbable evolución profunda. Pero volviendo al tema conviene recordar que algún oráculo del régimen restringido definió ya al estado gaseoso como situación política abstracta; y todo el mundo sabe cuál es, en física elemental, la esencia de la evaporación. Que cuando se produce desde el estado aparentemente llamado sólido se denomina, para mayor ironía, sublimación.

Lectio brevis

Una de las pruebas más concluyentes sobre la depauperación política de ciertos sectores inmovilistas es, primero, su rabiosa pretensión de que no se les llame inmovilistas; y segundo, su insistencia en una única coartada traspasar al Ejército todo el vacío de su egoísmo. Con ello nos quieren ofrecer una imagen del Ejército restringida a la elementa! cortedad propia de dichos sectores.

Por eso en otros grupos con mayor sentido de responsabilidad se tiene un concepto bien diferente del Ejército; al que se mira con respeto pero sin halago, y sin excluir e! análisis -critico de sus posibilidades y sus defectos; como parte de la Nación y del Estado, no como tabú marginado de la atención pública.

En este sentido hay que registrar como muy alentadores dos sucesos recientes. Primero, la serena y decidida actitud de la Policía Militar a la salida de un funeral por las victimas de España en el Sahara; cuando algún intento barato de algunos espontáneos para politizar el acto quedó cortado con unas advertencias en voz baja.

Y segundo, la ejemplar toma de posesión —y de posición— del general Sáenz de Santamaría. Palabras especialmente Importantes por el cargo que ocupa: jefe de Estado Mayor de la Guardia Civil. Pero más aún porque su autor es el general mes joven del Ejército español.

GACETA ILUSTRADA

 

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