Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Crónica tercera. 
 El Fracaso y el trasfondo de la operación Fraga     
 
 Gaceta Ilustrada.    23/03/1975.  Página: 24-25. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

LAS CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

CRÓNICA TERCERA

EL FRACASO Y EL TRASFONDO DÉLA OPERACIÓN FRAGA

En mi crónica anterior remonté el curso de la historia para demostrar que con ella en la mano no hay cambio posible; lo hice con el sano intento de meter un poco de comezón en las filas de nuestros dogmáticos, porque basta con una mirada sobre la viva agitación de nuestro pueblo, a cualquiera de sus niveles, no ya para deducir la posibilidad del cambio sino para asombrarse de que alguien todavía pueda dudar a estas alturas del cambio. (Y hablo tanto del cambio para que se hagan más llevaderas estas tres semanas de silencio y esperanza.)

Pero esta frágil columna no se ha inventado para las adquisiciones teóricas, sino para irse a los medios; y en ellos estamos sólo con reconocer que la operación Fraga, herida cerrada en falso, enorme sapo que la opinión pública de este país no sólo no se ha tragado, sino que se niega a comprender, debe analizarse ya sin rebozos y sin dilaciones. Y desde una pura plataforma callejera; porque la única información excepcional que aduciré sobre el tema no es más que el famosísimo «quinto borrador» que acaba de llegarme con enorme retraso y tras debida instancia, cuando ya alardeaba de él hasta el último coleccionista de fotocopias de esta Villa y Corte.

En directo sólo puedo alegar una brevísima conversación con Fraga en Barcelona, la víspera de sus premios, y una llamada suya, todavía más breve, durante su por ahora última venida a los Madriles en carne mortal. Por otra parte, y por ese mor de definirse que ahora se lleva venturosamente un poco más, a nadie se esconde la sincera admiración de este periodista por la figura de Manuel Fraga, admiración que no está reñida, sino que se apoya, en una objetiva distance par rapport au granó sujet, equivalente a la convicción, ejercida ya en varios supuestos, de que conviene exaltar los méritos indudables de Fraga cuando todo el mundo se pone de acuerdo para jugar con su imagen al pim pam pum; y recordarle críticamente, cuando marcha en silla gestatoria, que sic transit gloria mundl.

La decepción de Barcelona

Durante la primera época de su embajada en Londres, con don Luis Carrero en Presidencia, Fraga, embajador de carrera con ejercicio y servidumbre, embajador que no ha desatendido ni un momento, a pesar de alguna apariencia y de algún envidiosejo torpedo danubiano, su delicadísimo destino actual, se impuso un compás de espera con vistas al retorno político. Quizá tenía genéricamente programado ese retorno cuando —insisto en que todavía en la etapa Carrero— pensaba con sus amigos en forzar, leal pero un tanto marginalmente, la apertura del sistema mediante una arriesgada campaña de agitación política dentro de un orden.

Tras el 20 de diciembre de 1973 y durante la fase progresiva de la etapa Arias, Fraga se fue con Virtiendo en referencia universal para el horizonte político; la referencia se proyectaba sobre un retorno que todos daban por seguro y próximo, y que ya se cantaba cuando se produjo el relevo de partidos en el Gobierno británico (relevo al que Fraga, cada vez mejor visto en Londres, parece haberse adaptado con excelentes reflejos, lo que supone otro de sus grandes y poco comentados méritos) y sobre todo cuando tras las tormentas retrógradas y dimisionarias del verano y del otoño, y las cada vez más agotadas esperanzas en una ley de régimen local mínimamente democrática, la única posibilidad remota que parecía quedar al Doce de Febrero era el Estatuto de Asociaciones.

Todo el mundo parecía estar de acuerdo en que el éxito o el fracaso de las asociaciones vistas desde dentro del Sistema dependía de Fraga como condición necesaria y suficiente. Todo el mundo, por lo visto, se equivocaba.

Hasta que de diciembre 74 a febrero 75 se produce el retorno. Sin quemar las naves; primer posible error. El retorno es discontinuo, pero los regresos a Londres parecen breves paréntesis; de diciembre a febrero, ambos inclusive, la presencia de Fraga, física o moral, es permanente, y ello constituye, por sí mismo, un serio error político. Porque ni siquiera un hombre con una resistencia tan colosal como la suya pudo soportar el desgaste de toda una expectación nacional centrada obsesivamente en él, y sin recibir nunca de él, en directo, una satisfacción política suficiente. Esto se vio ya muy claro en el viaje a Barcelona para la entrega de los premios que llevan el nombre de Manuel Fraga Iribarne.

Todo el mundo pensó que los premios eran un importante pretexto para la consumación política del retorno; y luego sucedió que no eran pretexto, que sólo eran los premios. A nivel de tales premios no pudieron resultar mejor. Los ganaron Carlos Sentís, una de las figuras nacionales e internacionales del gran periodismo catalán, y Alejandro Muñoz Alonso, revelación reciente de comentario político profundo en, con perdón trisemanal, «Cambio 16».

Los jurados rebosaban con la crema de la comunicación política, desde Manuel Aznar y José María Areilza hasta Ramón Tamames y Luis González Seara. Ministros y dignatarios deí pasado, el presente y el futuro, flanqueaban al que Ortega hubiera llamado también «joven atleta victorioso» y el ministro de Información, en sentido parlamento, se declaró fraguista. Mil quinientos comensales de toda Cataluña, y de casi toda España, llenaban el gran salón del Palacio de Montjuich; allí pude ver a un joven y prestigioso gallego que dirige en Madrid una importantísima empresa multiprovincial apuntando en su agenda nombres y nombres para la asociación de Fraga. La ocasión era grande; todo el mundo esperaba la definición. Pero no hubo definiciones en el vibrante discurso con que Fraga cerró el acto.

La decepción fue tan correcta como profunda e inmerecida para Cataluña. Lo cual a este testigo llenó de sorpresa; porque a lo largo de otros pequeños actos de esos mismos días catalanes, pude comprobar inequívocamente el derroche de las que creo cualidades fundamentales del Fraga político: su tremenda, penetrante y anticipadora inteligencia, su hondo sentido de la responsabilidad personal, probablemente histórica, que le correspondía en aquellos momentos y que él parecía aceptar. Claro que es un autoritario nato. ¿Pero es que en España ha hecho alguien una apertura liberal duradera sin ser autoritario nato?

¿Quién programó las Cortes de Cádiz, y quién articuló la Constitución de 1876?

En fin, Fraga no perdió, desde luego, su trascendental batalla catalana; pero tampoco la ganó, y tal vez en este lamentable aplazamiento radica el fracaso final de la operación. Quizá sea que, desde el punto de vista de Fraga, no hubo tal operación. Pero Fraga, que probablemente tendrá alguna otra gran oportunidad catalana, no puede ya volver a desaprovecharla. Por nada del mundo. Sería su final en Cataluña, es decir, en España.

De Madrid a Londres pasando por Venecia

La segunda fase del fracaso no hay que cargarla, como la primera, en la cuenta exclusiva de Fraga; más bien me parece, en. esta primera aproximación que desearía falsa, toda una comedia de errores por parte del Sistema, Fraga incluido. Los aspectos anecdóticos llenarían media docena de crónicas; pero aquí debe buscarse la categoría. En síntesis parece que la escena se ha desarrollado en tres cuadros. Primero, la llamada. Hay un montaje espectacular para la llamada; y si Fraga, como parece, se lo creyó del todo, no cabe acusarle por ello, ya que cualquier político se lo hubiese creído todavía más.

Hubo contactos semipublicados al más alto nivel de decisión política nacional; hubo un claro lanzamiento de Fraga por parte del Poder; el portavoz del Gobierno seguía declarándose fraguista histórico; se registraron no ya promesas, sino altas enhorabuenas por la salida de El País, periódico patrocinado, entre otros destacados personajes del mundo académico y profesional, por Fraga y su grupo. No digo que el lanzamiento gubernamental de Fraga tuviera relación condicionada por la salida de ese periódico; afirmo que hubo lanzamiento, y que el periódico iba a salir.

Segundo cuadro, el veneciano. Fue protagonista un grupo amplio de personalidades de la vida polí-titica nacional (no creo que se refiera a él Ortí Bordas en su comentado artículo de La Vanguardia cuando alude con cierta intemperancia a «grupos, grupitos y grupúsculos que no son nada ni representan a nadie» porque si Pío Cabanillas, Marcelino Oreja, Francisco Fernández Ordóñez, José María Areilza y como cincuenta nombres de envergadura próxima no son nada ni representan a nadie, ¿quién es aquí algo o representa a alguien?). Cuando ese grupo entró en contacto directo con Fraga, parece que llegó con él a un acuerdo a través de Pío Cabanillas, mientras Fraga se encontraba en Venecia para ser elegido, por unanimidad, presidente de la Unión Latina; logro importante que no se ha resaltado aquí como merece.

Todo esto lo sé por los periódicos; no he hablado con mi ministro de política en los últimos meses, aunque sí sobre la arquitectura del Medio Oriente, en la que. como no se sabe, es todo un experto.

El acuerdo, según deduzco del contexto, se refleja en el «quinto borrador» del programa Fraga.

Tercer cuadro: mientras las operaciones se desarrollan entre bastidores (y este es a mi juicio el error más grave de toda la operación, los bastidores, la pérdida de cara respecto del público, no digamos respecto del pueblo) ese otro grupo al que no me queda otro remedio que definir como frente impopular, y a cuya composición heterogénea, intenciones políticas, pretextos personales, pánicos colectivos, revoluciones pendientes y, por qué no, tan nobles nostalgias como auténticas lealtades, me referiré cualquier tarde inspirada en estas crónicas, se mueve con una agilidad y una oportunidad política impropia de sus años y ahoga la operación Fraga, que termina en Barajas como el rosario de la aurora, y entre elogios del repelido embajador a inminentes víctimas de Damocles, para acabar de arreglarlo todo. Puedo y deseo equivocarme, pero creo que esto fue lo que pasó; lo demás oscilará entre la anécdota y la retórica.

El quinto borrador

¿Será posible que la causa de todo este desfonde, de todo este descuaje, haya sido el largo, importante, ilusionado, aburrido e inocentísimo documento conocido como quinto borrador que leo y releo al derecho y al revés para cantar sus peligrosísimas insinuaciones? ¿Cómo es que alguna de nuestras revistas políticas, signo de los tiempos, no publica de una vez este módico papel, ninguna de cuyas aseveraciones supera ni un milímetro a lo que ya nos había conseguido don Práxedes Mateo Sagasta va para un siglo?

El documento está lleno de cautelas, que además suenan a muy sinceras; el desarrollo político se efectuará «con el máximo de seguridad respecto a la estabilidad social... y el mantenimiento de las estructuras de producción». Se trata de actuar —reza el punto 4— dentro del marco de nuestras Leyes Fundamentales; se busca «el cambio sin rompimientos»; se prevé no el continuismo pero sí «la continuidad»; y dentro de las bases para la redacción del programa, la primera dice: «Se acepta la forma monárquica, en el modo definido por la Ley Orgánica, y en la persona del Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón, y sus descendientes».las innovaciones principales que con tanto respeto y cuidado se postulan pueden resumirse en estas: sufragio universal para una de las Cámaras; Movimiento Nacional como marco y no como organización; reconocimiento del hecho geográfico y de la personalidad histórica, cultural y económico-social de las regiones; creación de un departamento de Defensa; separación amistosa, clara y total de la Iglesia y el Estado»; «acercamiento a Europa Occidental como objetivo prioritario de la política exterior»; regulación de los derechos humanos sobre la base de las declaraciones universal y europea; organización de una representación auténtica en los sindicatos; especial atención a la política cultural y a la política sanitaria.

¿Será posible que tan morigerado programa, al que cuesta notable esfuerzo denominar simplemente de centro, porque es el programa de una derecha recelosa, inteligente y progresiva, haya provocado la fulminante exclusión de sus promotores y hasta el contraataque directo, con durísimos términos dentro de la corrección habitual, en las declaraciones presidenciales del 26 de febrero?

El 26 como nueva interpretación del 12

A éstas me referiré brevemente para terminar los hilvanes de hoy. Porque salvo profundas y nada previsibles modificaciones del panorama político, se va a hablar ya muy poco en estas crónicas del Doce de Febrero; el cual, dentro de esta primera aproximación histórica, parece ya cancelado y sustituido por el Veintiséis del mismo mes. No es una simple evolución, sino una cancelación; sentiría verme obligado a un penoso análisis de contenido para probarlo con detalle. La famosa y desalentadora rueda de prensa pareció programada no por un técnico sino, demonio incluido, por un editorialista de los años cuarenta.

Lo más sombrío de su impacto es que esta vez no se logró establecer algo en lo que el Presidente se había revelado como maestro; la comunicación popular profunda. Y eso que preguntas como las de Barrena o Sáenz Guerrero elevaron por unos instantes la tensión política del encuentro a niveles que pudieron ser históricos. Pero no. Todo se sumergió en el tópico y en la lejanía. El Presidente, que como demostró en la siguiente crisis es todo un hábil político, hablaba ante el pueblo español; pero no al pueblo español. Parecía dirigirse a otra parte, que también está en la mente y el corazón del pueblo español, pero no a ese pueblo en sí. Por eso hablaré poco en adelante del ´Doce de Febrero.

Y todo dentro de un respeto grande, creciente si cabe, por la figura de Carlos Arias, con la que sigo cerrando, por resistirme a borrar la esperanza, el último capítulo de las nuevas ediciones de mi último libro. Carlos Arias nos ha repetido casi con obsesión —nobilísima, como suelen ser sus actitudes— que a pesar de todo la bandera del Doce de Febrero.sigue izada. Pero desde su prensa oficiosa se nos explica que nos equivocamos al interpretar el Doce de Febrero como Doce de Febrero, y voy creyendo que tienen razón, sobre todo cuando uno de sus ministros más inteligentes ha adelantado como interpretación auténtica que el Doce de Febrero es también todas las demás fechas, si bien suele exceptuarse de ellas la de las declaraciones a la agencia EFE. Por ahí anda el trasfondo de la fallida operación Fraga; aunque de Fraga, naturalmente, volveremos a hablar, porque para bien o para mal {creo que para bien) este cronista no concibe, sin Fraga, el futuro de España. Del Doce de Febrero hablaremos menos. Puede que su bandera siga izada; pero me temo que sólo a media asta.

Lectio brevis

Doña Carmen Cossio de Escalante —maravillosos apellidos para menos discutible ocasión— ha celebrado a su modo el Año internacional ese (líbreme el cielo de concretarlo) con la única abstención de todas las Cortes respecto a la Ley del Libro.

Doña Carmen, con ello, ha perdido toda posibilidad de ser reelegida para las Cortes por una provincia tan culta como la de Santander; habrá merecido, en cambio, la solidaria felicitación de su grupo político, que, como se sabe, es nada menos que Fuerza Nueva.

Pero el gesto de doña Carmen Cossio —a la que las cámaras de televisión captaron poco galantemente de espaldas mientras se abstenía— puede tener, a mi juicio, dos repercusiones altamente positivas.

Primero, para algunos asaltantes a librerías {que no pertenecen nunca, desde luego, a dicho grupo, cuyo amor por los buenos libros es notorio), quienes en adelante tal vez decidan, en vez de quemarías, abstenerse.

Segundo, para la propia interesada, que se ha ganado a pulso, en un hipotético gobierno presidido por quien todos ustedes imaginan, el puesto de presidente del Instituto Nacional del Libro Español.

 

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