Autor: Hernando Calvo, Pedro. 
   Carlos Arias: Balance y futuro     
 
 Gaceta Ilustrada.    02/03/1975.  Página: 12-15. Páginas: 3. Párrafos: 44. 

OPINIÓN PERSONAL

Por Pedro Calvo Hernando

De la adhesión a la participación

Los españoles tienen que acostumbrarse —nos dijo, el 12 de febrero de 1974, Arias Navarro— a entender que no nos es lícito por más tiempo «continuar transfiriendo, inconscientemente, sobre los nobles hombros del Jefe del Estado, la responsabilidad de la innovación política». Y en seguida, el Presidente del Gobierno proclamaba: «Asumamos conscientemente nuestras cuotas de responsabilidad comunitaria, cuotas que queremos invitar a que suscriban treinta y cuatro millones de españoles. No excluimos sino a aquellos que se autoexcluyan en maximalismos de uno u otro signo». Todo ello acaba de repetirlo en sus declaraciones a la agencia UPI.

Momentos antes, Arias había dicho, entre otras memorables palabras: «En razón de circunstancias históricas de excepción, el consenso nacional en torno a Franco se expresa en forma de adhesión. El consenso nacional en torno al Régimen en el futuro habrá de expresarse en forma de participación. Esta habrá de ser reflexiva, articulada, operativa y crítica».

Quien así hablaba a los españoles era un hombre surgido de las filas del Régimen, que muy pocas semanas antes había sido llamado a asumir la Presidencia del Gobierno, en una etapa trágica y difícil, abierta el 20 de diciembre de 1973, al volar destrozado el almirante Carrero Blanco, en el atentado de la calle de Claudio Coello. Carlos Arias había empuñado con mano firme las riendas del poder y se dispuso a ofrecer al país unas esperanzadoras perspectivas de cambio, alentando una operación que nunca había sido intentada con anterioridad desde las supremas esferas de la gobernación.

Las cuotas de responsabilidad comunitaria y la extensión de la participación política han sido el norte del programa y del comportamiento político de Carlos Arias durante los doce meses desde entonces transcurridos.

No es preciso repetir aquí los enunciados exactos del programa ni la sucesión de acontecimientos que han jalonado la vida del país desde el discurso del 12 de febrero hasta las declaraciones del Presidente ante las cámaras de televisión, el 26 de febrero de 1975. Unas y otras son bien conocidas y han sido recordadas ahora por todos los periódicos, por lo que sólo tocaré algunos aspectos generales.

Los mejores intérpretes

Frente al norte que ha guiado a Carlos Arias se han alzado numerosos y poderosos obstáculos que han hecho imposible la apertura de un proceso de cambios de la magnitud deseada por aquél. El Presidente ha tenido que soportar la acción oralizadora.de los «ortodoxos», de las fuerzas tradicionales del sistema y, sobre todo, de los sectores más ultraconservadores que, aunque minoritarios, seguían controlando importantes resortes de poder en el Estado y en la sociedad.

El mejor intérprete del «espíritu del 12 de febrero» —Pío Cabanillas— estaba amenazado desde los primeros meses de la vida del Gobierno constituido el 4 de enero de 1974 y en el que ocupaba la cartera de Información y Turismo. Pío Cabanillas, en su discurso de toma de posesión de los altos cargos del Departamento y en el famoso discurso barcelonés «de la barretina», había trazado un programa de liberalización informativa y cultural que no tenía precedentes en toda la historia del Régimen.

El ministro y los hombres de su equipo —Marcelino Oreja, Ricardo de la Cierva, Jiménez Quílez, Juan José Rosón, etcétera— tradujeron en hechos aquellas líneas programáticas y el país alcanzó las más altas cotas en el terreno de las libertades de expresión. Naturalmente, aquello era imperdonable para los ultras y los timoratos, que no perdieron ni una sola oportunidad de combatir aquella política y a los hombres que la servían. Hasta que consiguieron hacer saltar a Pío Cabanillas, aquel desgraciado 29 de octubre, desencadenando al mismo tiempo la dimisión de Antonio Barrera y de numerosos arietes del ala liberal en el más brillante plantel de altos cargos, especialmente del Ministerio de Información y Turismo.

Más obstáculos

La fuerza de los ultras no llegó a tanto como para instalar a sus hombres en los puestos que quedaron vacantes. Ni para conseguir que el propio presidente Arias abandonara su alta función. El «gironazo», el «piñarazo», los ceses de Pío Cabanillas y del teniente general Manuel Díez Alegría y la desvirtuación del proyecto do Estatuto de Asociaciones políticas figuran entre las más caracterizadas acciones de los enemigos de la apertura y del cambio.

Los graves obstáculos políticos y la no menos grave crisis económica, así como la conflictividad laboral y la inflación galopante han sido constantes adversas durante esta primera etapa del Gobierno de Arias Navarro. Los sucesos del verano, con la enfermedad de Franco y la interinidad de don Juan Carlos en la Jefatura del Estado, fueron otras importantes pruebas para el temple de Arias Navarro que, con mayor o menor fortuna, las fue salvando. El hecho de salvarlas no significa que haya salido indemne de las mismas. Su prestiqio, su operatividad y su credibilidad se han debilitado, en ocasiones de manera muy profunda.

En septiembre salió al paso del deterioro con aquella pieza magistral que fueron sus declaraciones a la agencia EFE. En diciembre quiso justificarse ante los españoles de la, estrechez del texto definitivo del Estatuto asociativo mediante su comparecencia en la radio y la televisión. Ahora acaban de hacerse públicas sus declaraciones a la agencia UPI y, cuando este número de «G.i.» esté a la venta, aparecerá de nuevo en la pequeña pantalla para responder a las preguntas de siete prestigiosos periodistas.

Esta rueda de prensa televisada del 26 de febrero se celebra con ocasión f´ cíente aniversario del discursr Cortes Españolas y llega p^´ haber atravesado el paí-

CARLOS ARIAS: BALANCE Y FUTURO

extraordinaria conflictividad, de manera que había hecho temer a algunos que el Gobierno adoptase determinadas medidas excepcionales. Por fortuna, no ha ocurrido así, como tampoco se declaró el estado de excepción a raíz del criminal atentado de la madrileña calle del Correo. Al parecer, la actual ley de Orden Público es tan permisiva para el Gobierno en la represión de los desórdenes que hace prácticamente innecesario el recurso a tan drástica medida como es el estado de excepción.

Arias Navarro había formulado el 12 de febrero de 1974 una serie de promesas formales, de las que ha cumplido ya tres: los proyectos de Régimen local y de Incompatibilidades parlamentarias y el Estatuto jurídico del derecho de asociación política. Quedan pendientes la reforma del sindicalismo y la reforma administrativa, oues también esta última fue enunciada, aunque no con la solemnidad de las anteriores.

Las promesas y los errores

En otras ocasiones se han valorado aquí tanto las promesas como su cumplimiento. Los dos primeros proyectos mencionados fueron enviados a las Cortes hace ya largos meses, pero la apretada agenda de la Cámara legislativa ha impedido que se convirtieran en leyes e incluso que comenzasen los debates sobre los mismos. Esto sucederá previsiblemente en los próximos meses. La reforma del sindicalismo no se ha acometido ni siquiera en la concepción —ciertamente modesta— que había expuesto el Presidente ante las Cortes.

El Estatuto de asociaciones, después de un dramático forcejeo, fue aprobado en la versión más restrictiva y las consecuencias entran ahora mismo a la vista de todo el mundo. La reforma administrativa es una necesidad indemorable, pero también en este terreno aparecen fuertes resistencias a juzgar, por ejemplo, por las reacciones contra el escrito de los 500 funcionarios al Presidente del Gobierno, en el que solicitaban, entre otras cosas, una reforma democrática de la Administración.

Lejos quedan ya los grandes errores del Gabinete sucesor del presidido por Carrero Blanco. Recuerden ustedes el «caso Añoveros», la ejecución de Puig Antich y de Heinz Chez, las debilidades ante el ataque ultramontano, las suspensiones de la Asociación Española de Cooperación Europea y del Club de Amigos de la Unesco, las detenciones de la calle del Segre, las medidas represivas contra diversos órganos informativos, la estrecha interpretación gubernativa del derecho de reunión y de asociación. Otros errores están más cerca, como en el caso del cierre indiscriminado de la Universidad de Valladolid hasta el mes de octubre como consecuencia del famoso reto político subversivo de que habló el ministro León Herrera.

Todos esos errores pueden ser olvidados, rectificados o reasumidos. Se trata de aquellos que fueron cometidos bajo la total responsabilidad del Gobierno. Lo malo es que muchas otras situaciones creadas no responden —o al menos fundamentalmente— a la voluntad del Gobierno y, concretamente, a la de su Presidente. Él destino parlamentario de los proyectos legislativos que el Gobierno envía a Jas Cortes escapa ya en buena parte de sus manos. Veremos qué sucede con el Régimen local y las incompatibilidades.

Asociaciones sin gancho

Un caso arquetípico es el del Estatuto asociativo. Con la siempre estimulante excepción de Cantarero del Castillo y su Reforma Social Española, hasta el momento no se ha planteado ningún proyecto de asociación suficientemente sugestivo. Acabamos de presenciar lo ocurrido durante la nueva estancia en Madrid de Fraga Iri-barne, que había concitado grandes adhesiones y que se había puesto en contacto con otros grupos o personas con quienes hubiese podido diseñar una asociación reformista de gran calado. Pero no ha encontrado el terreno propicio para la aventura y se ha vuelto a su embajada de Londres sin que sea fácil vaticinar un cambio de rumbo o la adopción de unas decisiones positivas hacia la formación de aquella interesante plataforma asociativa.

La organización asociativa de los falangistas «ortodoxos», de los tradicionalistas conservadores o de gentes vinculadas de toda la vida a la organización del Movimiento, no representarán ninguna novedad ni ningún avance serio en el camino de la democracia pluralista, ya que no entrañan la incorporación de gentes hasta el momento marginadas. La impresión es que van a asociarse los que menos lo necesitan y los que de antiguo se habrían manifestado contrarios o reticentes ante el reconocimiento del derecho de asociación política.

Mirando al futuro: Arias no dimitirá

Pero miremos ya ahora un poco más al futuro y un poco menos a los meses que acaban de transcurrir. Arias Navarro sigue en la Presidencia del Gobierno, y acaba de declarar a la agencia United Press International: «Son las leyes españolas las que fijan en cinco años mi mandato como Presidente del Gobierno. No sería honrado si no aceptara cuantas responsabilidades exige el llevarlo a cabo hasta su término con plena dedicación de servicio al cargo y al país».

No sé hasta qué punto tales palabras despejan del todo la incógnita de Arias Navarro y el futuro, pues se abre ante nosotros un futuro precisamente lleno de incógnitas. Las perspectivas sucesorias en la Jefatura del Estado, la creciente viveza y concienciación de la sociedad y de sus sectores más dinámicos, el contexto continental e internacional en que nos hallamos insertos, la propia capacidad de evolución del vigente sistema político... son, entre otras, algunas de las incógnitas difícilmente descifrables que habrán de condicionar de alguna manera el futuro del presidente Arias Navarro.

Lo que sí tenemos ahora mismo es ese expresión concreta y sin rodeos de una voluntad suya de permanencia en el poder para los próximos cuatro años, es decir, hasta agotar el mandato constitucional fijado en un lustro. Entre las intenciones de Arias no parece figurar la de dimitir de su cargo.

¿Hacia una nueva política?

También sabemos que él, personalmente, sigue responsabilizado con la filosofía del cambio tan certeramente expuesta en aquel discurso del 12 de febrero. Con un criterio analítico no excesivamente riguroso y sin jugar a la futurología, no creo que fuese descabellado pensar que esperase la ocasión propicia para recomponer aquellas posiciones, superándolas, mejorándolas, integrándolas en la nueva conciencia nacional, que él ha contribuido mucho a propiciar.

Desde esa premisa, pienso que tendría que lanzar un nuevo programa, todavía más realista y audaz que el anterior, para lo que probablemente se vería obligado a un serio reajuste en su Gabinete, acompañado o no de una gran reforma político-administrativa como aquella de que se hablaba semanas atrás. Existe un amplio acuerdo en que determinados ministros actuales no estarían fácilmente en disposición de servir una nueva y ambiciosa política, por lo que deberían ser sustituidos por hombres de una línea más afín a las nuevas intenciones y a las nuevas necesidades.

Ignoro cuándo podría suceder tal cosa y me temo que el tiempo es un factor que juega a la contra. Nadie mejor que el propio Presidente podrá saber cuándo se presenta la oportunidad esperada, que de ninguna forma debe dejarse pasar. «No hay meta final para la gran andadura de una nación en marcha», acaba de asegurar.

«Socializantes» y democristianos

Una fundamental vertiente de ese futuro que Arias está dispuesto a protagonizar es el destino del asociacionismo político sobre cuyo presente me parece que ya tenemos una idea más o menos clara. A este respecto, ya sabemos que la piedra de toque es la legalización de las agrupaciones de todas las ideologías que en Europa tienen circulación incluso a niveles de Gobierno. El representante de la agencia UPI le pregunta, sin una gota de ingenuidad, qué pasa con las ideologías socializantes o cristiano-demócratas que, según los resultados de algunos sondeos sociológicos, cuentan con un número considerable de adeptos entre los españoles.

La respuesta de Arias Navarro no se va por las ramas y encierra sugestiones como para poder escribir todo un tratado: «En el Estatuto para la asociación política no existe una línea que excluya riominalmen-te a ninguna ideología. Si a ello.se añade el amplio contenido social de nuestro Movimiento, no veo por qué españoles de ideas socializantes o cristiano-demócratas no pueden llegar a decidirse a constituir una asociación política, aceptando, por supuesto, limpiamente, el terreno y tas reglas del -juego establecidas, que no son otras sino el acatamiento y respeto a nuestras leyes Constitucionales».

Son palabras estimulantes

¿Se imaginan ustedes a Tierno Galván, Raúl Morodo, Pablo Castellano, José María Gil Robles, Fernando Alvarez de Miranda, etcétera, promoviendo asociaciones políticas, al amparo del Estatuto, de signo socialista y demócrata-cristiano? Yo confieso que me cuesta mucho trabajo imaginarlo, pero, a lo que parece, al Presidente de! Gobierno no te suena eso como una barbaridad.

Muchas cosas tendrían que cambiar antes para que todo ello no pareciera política-ficción. Y una cosa que tendría que cambiar es el contenido de algunas Leyes Fundamentales, para que fuera posible lo que Arias Navarro parece desear. Porque cuando dice «socializantes», yo no entiendo otra cosa que socialistas. Y cuando habla de cristiano demócratas, no piensa uno exclusivamente en Federico Silva o en Alberto Martín Artajo.

Ya sé que estamos en el terreno acotado de las palabras. Pero aún así, ¿no es estimulante ver

cómo el Presidente del Gobierno dice lo que dice? Lo correcto es pensar que él, personalmente, vería con muy buenos ojos un despliegue pluralista que alcanzase a todas las ideologías de signo democrático. Lo malo es que en seguida se encabritan los del «bunker» y vierten toneladas de agua fría sobre Jos mejores deseos y proyectos, como estamos hartos de comprobar.

Un ritmo distinto

El otro «reto» del futuro de Arias es el institucional. Ni el Presidente ni nadie conoce (os designios de la Providencia respecto de la vida del Jefe del Estado. ¿Sobrevivirá Franco en los próximos cuatro años? ¿Dará paso a su sucesor antes de que el mandato de Arias finalice? Ustedes comprenderán que son preguntas de una importancia esencial. El ritmo y la dirección de la evolución política serán muy distintas según se desarrollen de una u otra forma los hechos biológicos determinantes de la sucesión en la Jefatura del Estado.

Supongamos que las previsiones sucesorias se cumplen todavía dentro de la «era Arias». La legislación constitucional no determina el cese del Presidente del Gobierno por cambio de titularidad en la Jefatura del Estado. Parece que Ib correcto, sin embargo, es poner el cargo a disposición del nuevo titular de la primera magistratura, en este caso el rey don Juan Carlos. Pero nada induce a pensar que el Rey aceptara esa dimisión protocolaría, sino que dejaría que el Presidente agotase su mandato. Entonces, cabe suponer que entre don Juan Carlos y Arias Navarro imprimirían un distinto ritmo a la evolución política.

En otoño, elecciones

Tampoco puede excluirse el cese del presidente Arias por decisión conjunta de Franco y del Consejo del Reino, tal como establece el artículo 15 de la Ley Orgánica del Estado. La posibilidad está ahí, pero no puede conocerse cuál haya de ser la actitud de Franco o la composición del Consejo del Reino, sobre todo pensando que para los últimos meses del presente año se espera un proceso electoral de todas las instituciones representativas de alto nivel, con los consiguientes cambios en el Consejo del Reino.

Así, pues, las elecciones del otoño pueden también incidir en el grado de firmeza con que el Presidente del Gobierno se asiente en el poder. La lucha por el control de las Cortes y del Consejo del Reino me imagino que ya estará planteada entre los diversos sectores y grupos de presión del Régimen.

Relacionado en alguna medida con lo anterior, Arias ha hablado a UPI de la necesidad de un poder ejecutivo fuerte, dada la magnitud y novedad de los problemas con que se enfrenta hoy cualquier Gobierno, lo que «no implica una inmunidad frente a cualquier control ni un poder totalitario, incompatibles con la libertad y la dignidad humanas».

Inmediatamente advierte de los peligros de un exagerado parlamentarismo que engendre destrucción, ineficacia y arbitrariedad. Lo anterior nos da una pista sobre el pensamiento del Presidente en otro campo concreto de la realidad política: el del ejecutivo y sus relaciones con el Parlamento.

Europa, Europa

¿Y qué decir de la España gobernada por Arias en relación con nuestras opciones ante la Europa comunitaria? En fas mismas declaraciones a UPI, asegura que «España desea estar a la altura de los demás países europeos, en esa Europa a la que geográfica´, biológica, histórica y culturalmente pertenece». Pero advierte: «Ningún paso en la evolución y el desarrollo político españoles se da para complacer presiones de ningún grupo dentro o fuera de la C.E.E.». Y también: «España no cae en mimetismos ni se deja empujar por caminos que no son los de su propio destino forjado por los mismos españoles».

De acuerdo, de acuerdo. Que no haya presiones ni empujones, pero que España se democratice... de forma que pueda in: legrarse en la Comunidad Europea. Los coloquios celebrados en Bruselas hace varias semanas, en el seno del Club de Realidades Europeas del Presente, fueron lo suficientemente elucidativos como para que no nos queden dudas sobre los condicionamientos políticos a que está sometido el ingreso de España en la Comunidad. Aquí es donde confluyen dos retos al presidente Arias, uno de orden interno y otro de naturaleza exterior.

No creo que debamos enredarnos en una polémica sin fin, comenzada hace ya más de veinte años. Más vale plantearse seriamente la necesidad de cumplir los requisitos exigidos para el ingreso en el Mercado Común... pero sólo en el caso de que decidamos que queremos y que nos interesa entrar. Lo que sucede es que uno de esos requisitos —la democratización política— es al mismo tiempo un requisito indispensable para garantizar nuestra propia convivencia pacífica y libre en el interior de nuestro país. Y de aquí viene aquello del doble reto.

La huelga y la reforma sindical

Mirando al futuro, pero a un futuro muy próximo, se constata la urgencia de una regulación, suficiente del derecho de huelga laboral, cuyo decreto ha sido reiteradamente anunciado, pero que no había sido publicado hasta e! momento de escribir este comentario. Insisto en lo de «suficiente», ya que de muy ooco serviría una regulación de la huelga que no viniera planteada con sinceridad y con realismo, contemplándola con todo el acompañamiento necesario de circunstancias y condiciones que hagan posible la normal existencia de ese último instrumento de defensa en manos de los trabajadores.

Arias Navarro será consciente también de que tarde o temprano tendrá que hacer frente a una profunda reforma del sindicalismo. Hay que desburocratizarlo, dotarle de una impecable y completa representatividad desde las bases, asegurarse una independencia absoluta respecto de! poder ejecutivo y conferirle la suficiente horizontalidad como para que trabajadores y empresarios no comparezcan en líneas o en ámbitos comunes, sino por completo separados, como corresponde a grupos humanos con intereses distintos y aun contrapuestos.

La vieja guardia de! sindicalismo se resistirá por lodos los medios a la reforma, entre otras cosas para no ser desplazada de los resortes de mando. Allí está enquistado uno de los más duros reductos del «bunker» político. La confrontación democrática es ahí más necesaria que en ninguna parte.

¿Desentrañará él misterio?

El futuro que espera al presidente Arias no sería transitable sin una reforma constitucional, al menos de la envergadura que se desprende de los apuntes pre programáticos de los borradores elaborados por Fraga y sus amigos. Especial impacto tendría la elección por sufragio universal de una cámara política. Pero hay multitud de aspectos de la legislación constitucional que deberían ser reformados.

Es evidente que el primer ministro ha atravesado distintas etapas, unas veces más firme, otras más debilitado. Ahora mismo parece encontrarse en un momento de mayor fortalecimiento, a pesar de que la nave asociacionista y el mundo universitario y laboral no parecen estar dispuestos a «colaborar» demasiado.

Supongo que al menos sobre algunos de los problemas aquí examinados tendrá que hablar el Presidente el día 26, cuando sea interrogado por ios siete periodistas participantes en la rueda de prensa. Ignoro si habrá grandes novedades o anuncios de cambios, aunque pienso que tal vez la oportunidad más propicia no sea la de un diálogo con un grupo de periodistas.

En todo caso, las declaraciones de Arias Navarro siempre han sido esperadas y recibidas con expectación y eso es lo que ahora sucede. ¿Desentrañará un poco más el misterio de sus próximos años al frente del Gobierno de la nación?

 

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