Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   La incomunicación de las provincias     
 
 Gaceta Ilustrada.    13/04/1975.  Página: 26-27. Páginas: 2. Párrafos: 52. 

LAS CRÓNICAS DÉ LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

LA INCOMUNICACIÓN DE LAS PROVINCIAS

En su síntesis magistral, conjunto armónico y convergente de análisis sobre la realidad española en los tres primeros tercios del siglo XIX. La burguesía revolucionaria (y a pesar del título) el profesor donostiarra de la Autónoma madrileña, Miguel Artola, concluye que la única revolución digna de llamarse con tan gastado nombre en todo nuestro siglo XIX fue precisamente la revolución de las comunicaciones, y en concreto las comunicaciones ferroviarias. El profesor Román Perpiñá se le había adelantado con lucidez cuando en su ya clásica De economía hispana evidenció que los ferrocarriles decimonónicos habían logrado, cuatro siglos después de la unidad política, la trascendental unidad económica española al crear, con sus redes, la posibilidad de un mercado común peninsular.

La imposible orografía española se ofrece como infraestructura de la incomunicación; y esa incomunicación interna de las Españas es quizá la causa principal de nuestro retraso respecto a la Europa llana y comunicada, que siempre ha sido mercado común económico en mayor o menor grado, y con relativa despreocupación burguesa por las etiquetas políticas más o menos dominantes sobre su fantástica red de comunicaciones económicas, humanas y culturales.

Penetrar en Galicia

Tan lejos de ios tres grandes impulsos comunicativos de la España moderna y contemporánea —Carlos 111, los moderados isabelinos y don Miguel Primo de Rivera—, la España devastada de 1939 tenía que rehacer lo que había; y lo que había era una red centralista y centralizadora de comunicaciones. Carecía entonces España, dentro de su aislamiento internacional, de posibilidades para improvisar, ni siquiera para imaginar sistemas comunicativos diferentes o complementarios; y demasiado logró con sus propios medios. Las provincias de (a periferia, mientras tanto, incrementaban su desarrollo respecto de las centrales, y quedaban gradualmente ahogadas en su propio crecimiento.

La España de los años sesenta acometió con relativa decisión los problemas comunicativos periféricos y consiguió reducir el crecimiento del ahogo, pero no el ahogo mismo. Sigue siendo una desesperación, en el mejor de los casos una aventura, algo tan elemental como el viaje Madrid-Bilbao, o el León-Oviedo. No hay camino costero entre Cádiz y Huelva, y da la impresión de que no interesa demasiado que lo haya. Entre Alicante y Elche suelen presentarse casi los mismos problemas de tráfico, a ciertas horas, que en la Gran Vía de Madrid. Quien calcule un viaje de Cartagena a Valencia según la rápida experiencia de un Madrid-Murcia, llegará casi una jornada tarde a su cita. Resulta imposible recorrer el sur del Pirineo de forma paralela a la espléndida ruta francesa de la vertiente norte.

Las estribaciones de la Penibética imponen un caos comunicativo en media docena de provincias, la autopista del Nordeste se proyecta con la confesada finalidad de penetrar en Galicia. Un camino tal vez vital contra el subdesarrollo del Oeste hispano, la «ruta de la Plata», sigue en los reinos de la metáfora. No se puede comprender, fuera de Cataluña, la angustia comunicativa, desbordada, de Cataluña. Las comunicaciones Ínter e intrainsulares han mejorado mucho pero no lo suficiente. Todo esto no se escribe para ignorar el enorme esfuerzo ininterrumpido de este Régimen desde que Federico Silva Muñoz inició tan clarividentemente la cuarta revolución histórica de las comunicaciones españolas; sino para insistir en el decisivo camino que todavía nos queda por construir, y en la trascendencia y la urgencia histórica de esta común empresa de comunicación física.

La incomunicación política

Entre octubre de 1973 y octubre de 1974 tuve ocasión de recorrer treinta provincias españolas. Entre viajes anteriores y posteriores he podido completar la difícil marca de visitarlas a todas en cuatro años. Es una experiencia abrumadora, que aún no he asimilado del todo, pero que cada vez se me va asentando más en una sola palabra: incomunicación. No me refiero ahora a la incomunicación física, viaria, cuyo recuerdo me acaba de asaltar, sino a algo mucho más grave y mucho menos comentado: la incomunicación política de las provincias.

Quienes viven —vivimos— en Madrid o en Barcelona sin más contactos provinciales que un viaje aislado o de vacaciones no tienen ni una lejana idea de la tremenda discriminación cívica y política que supone vivir en una provincia, aunque sea en la capital de una provincia. Citaré casos concretos y recientes; que el lector me perdone si son personales, pero así es el testimonio. ¿Cree posible el lector que un gobernador civil pueda exigir a un director general el guión detallado de una conferencia que éste pensaba pronunciar en un recinto dependiente de él, y sobre temas de su especialidad profesional y su competencia política? El director general tampoco lo creyó posible y el gobernador alegó después que todo había sido una confusión; pero no había sido una confusión, sino un evidente efecto de la incomunicación política provincial. Si un grupo de personalidades del mundo académico y profesional se reúne a cenar en Madrid o en Barcelona con un colega de otra provincia, no se trata más que de una cena de matrimonios sin mayor trascendencia. Pero si eso sucede el mes pasado en una capital de provincia del llamado Sureste resulta que aquello es una cena política y encima sospechosa; y que los personajes que aparecían y desaparecían por los aledaños del comedor no eran simplemente camareros.

Renuncio a seguir contando detalles de este segundo viaje, porque -estoy seguro de que el celo incomunicativo de sus subordinados sorprendió la buena fe y el sentido común reconocidos de una alta autoridad ausente. Noté en otra ocasión, ahora más tierra adentro, que un personaje provincial —quien por cierto me hizo el honor de invitarse a una modesta lección histórica— iniciaba algún aspaviento ante ciertos párrafos que se referían a la España de 1936. Me confesó luego que estuvo a punto de levantarse ante lo que consideró como alusiones a su persona, que por aquellas fechas contaba los mismos ocho años del orador, o poco más. Creyó indirectamente comentadas, por lo visto, ciertas medidas recientes suyas.

enteramente desconocidas por el conferenciante. Empleaba el personaje para sus sospechas esa imaginación que solía echarse de menos en su política; e improvisaba, a la vez, toda una versión restringida de la Ley de Prensa para uso interno de su demarcación.

No concreto por hoy más porque entonces mis futuras Memorias resultarían menos divertidas y porque, aunque parezca menos verosímil, el personaje conserva su puesto. He tenido otros contactos, mucho más numerosos y mucho más alentadores. Si como alguien me ha sugerido escribo alguna vez la pequeña historia de esos contactos, me acordaré, entre otros, de Almería, de Alicante, de Pontevedra, de Albacete, de Guadalajara, de Toledo, de Cáceres y Badajoz, de Coruña, y sobre todo de Barcelona, de esta Barcelona; y el relato no iba a ser la diatriba, sino la égloga de los gobernadores civiles.

La incomunicación política de nuestras provincias es, a pesar de ello, y no pocas veces, espeluznante. Las instituciones, los grupos reales, los individuos son víctimas permanentes de esa incomunicación; pero en virtud de ella misma carecen de medios para hacerla conocer en instancias superiores donde se mira a las provincias con una perspectiva paternalista global que se resume en una presumible síntesis de instrucciones: la provincia mejor es la que menos problemas plantea, aquella en que no ocurre nunca nada. Si no existen los problemas, mejor; pero si desgraciadamente existen hay que hacer lo imposible para que se ignore su existencia.

El superministerio de la Gobernación

Pudiera ser que una de las razones históricas para la incomunicación política sea la confusión entre

linea y política y línea administrativa que una serie de circunstancias han venido imponiendo al super ministerio de la Gobernación, regido en la fase de ascenso y estabilidad del presente Régimen por vigorosas personalidades políticas que han consumado, con su prolongada presencia, la interpenetración de las funciones gubernativas clásicas —el orden público— con las de fomento cívico que son propias de los Ministerios del Interior. Esa personalidad y esa permanencia han tenido quizás algo que ver en la acumulación de competencias sobre un ministerio cada vez más paradójicamente ingobernable. Durante una breve etapa inicial de este Régimen coexistieron separados los Ministerios de Orden Público y del Interior, refundidos luego en el clásico de Gobernación.

El origen histórico —fernandino, no faltaba más— de este Departamento hegemónico sirve como antecedente verosímil para desbordamientos posteriores. Desde los primeros avalares de la posguerra el Ministerio de la Gobernación pasó por una fase crítica; casi nadie recuerda que durante un prolongado y delicadísimo período de la Segunda Guerra Mundial el Ministerio de la Gobernación tuvo el honor excepcional de ser desempeñado por el propio Jefe del Estado y del Gobierno; Franco fue; por tanto, durante varios meses, ministro de Franco. Antes y después de ese tracto singular, el Ministerio de la Gobernación pasó por más de una fase crítica de confrontación, incluso peligrosa, con la Secretaría General del Movimiento; las pretensiones de ésta quedaron rápidamente enfundadas.

Él eclipse de Secretaría General, que llegó a carecer de titular cuando arreciaba el ataque político exterior contra eí Régimen al decidirse la Segunda ´Guerra Mundial, aumentó el poder de Gobernación, departamento del que llegó a depender, en momentos cruciales, el propio control de la prensa y la expresión escrita. Incluso después de que éste pasase al nuevo Ministerio de Información y Turismo [luego de otras etapas algo confusas) el super ministerio de la Gobernación no ha abandonado ni jurídica, ni administrativamente, ni sobre todo políticamente, su preocupación por el tema. (La expresión oral, en todas sus manifestaciones, depende en cuanto a control del Ministerio de la Gobernación y sólo de él, incluso después de ia Ley de Prensa; incluso en actos culturales; lo cual ha provocado a veces algunas declaraciones poco convincentes de la autoridad gubernativa o policial sobre el carácter cultural de determinados actos.) La mucho más indefinida y oscilante actuación de Secretaría General ha actuado en detrimento propio, y como fortalecimiento de las atribuciones factuales de Gobernación.

Creo que una de las razones para explicar la progresiva erosión política del Ministerio del Movimiento ha sido que su originaria concepción como conjunto de administraciones paralelas (concepción claramente mimética de ciertos partidos únicos totalitarios, como se sabe) no ha logrado mantener frente a Gobernación casi ninguna de sus prerrogativas en servicios centrales; aunque el Movimiento-Organización ha logrado subsistir pese a todo porque en él se ha concentrado el contro! de la política provincial en sentido ideológico y de encuadramiento, no en sentido administrativo ni político general.

El Ministerio del Movimiento ha sido, ante todo, el cuartel general de los militantes del Movimiento Organización en provincias, y la sede de los servicios burocráticos centrales de la antigua FET y de las JONS en la capital. Mucho después se le ha encontrado una nueva función importante en el intento de revitalizar el Consejo Nacional; pero ello no ocurre hasta la etapa Solís. Todo esto supuso, por desgracia, unas nuevas posibilidades para el fenómeno político de la incomunicación a que nos venimos refiriendo. En Madrid el Movimiento Organización ha mantenido una cierta capacidad de diálogo político; en Barcelona prácticamente no opera; en provincias se viene pareciendo cada vez más a la Unión Patriótica. Con la callada y relevante excepción, muy poco estudiada, de la Sección Femenina.

Dependencias e interferencias

Es cierto que los gobernadores civiles han acumulado el cargo de jefes provinciales del Movimiento; pero esta doble dependencia teórica no ha causado en general problemas porque la línea jerárquica se tía ejercido con mucha mayor coherencia desde Gobernación que desde Alcalá 44. Sabido es que el gobernador civil es, en una provincia, el representante directo de iodo el Gobierno; pero depende básicamente del Ministerio de la Gobernación, quien por tanto dirige de facto la política de todo el Gobierno en las provincias.

Así se comprende bien la importancia decisiva actual de ese Departamento, sobre el que recae, muy justamente, esa Vicepresidencia primera (y quizá la única efectiva) del Gobierno, atribuida antes, con carácter tan único como desfasado, a la Secretaría General del Movimiento. Bajando del árido comentario administrativo a un esbozo de análisis histórico se ha podido advertir como uno de los rasgos más definitorios de 1974 la silenciosa, pero eficaz adscripción del Ministerio de la Gobernación a la línea más rígida dentro de la interpretación del Doce de febrero. El hecho reconocido de que el titular de la cartera sea un político inteligente —muy inteligente— y experimentado resulta todavía más revelador; esa línea se tomó, por tanto, y se mantiene, con plena conciencia política, no por un fácil oportunismo.

La permanencia de dicho titular en su cartera y en su vicepresidencia después de la última crisis debería hacer meditar a quienes piensan en una nueva inflexión aperturista de esa línea rígida. Desaparecieron, quizá, las estridencias; se mantiene la principal orientación. El fracaso de. la política informativa y cultural que se intentó plantear de enero a octubre de 1974 no dependió, evidentemente, de los desahogos retóricos provenientes de algún ministro cesado después de octubre, en compensación sólo aparente por los ceses de octubre. ´En mi opinión, tan particular como firme, el fracaso de esa política informativo cultural se debe a la cerrada y discreta oposición que se hizo desde el Ministerio de la Gobernación. Cuando ya éste había impuesto su línea en la crisis del 29 de octubre, un funcionario del Ministerio de la Gobernación impidió personalmente al director general de Cultura Popular que inaugurase un Aula de Cultura Popular en un distrito madrileño; no había más discursos previstos que el del director general. Más o menos ese hecho equivalía a impedir al director general la entrada en su propia oficina.

Se publicaron, sobre tan insólito acontecimiento, leves y sorprendidos comentarios. A mí, precisamente por el gran respeto que me merece e) Ministerio de la Gobernación, y la persona que me ha sucedido

en esa Dirección General, a quien no debo más que atenciones personales y políticas, y a quien he rendido hace poco el elogio político que se merece, semejante hecho, del que no se dio explicación ni excusa, me parece grave, porque quizá demuestra que también la provincia de Madrid puede sufrir los efectos de la incomunicación política. ¿O será que la causa de ´la incomunicación es el mismo hecho político de que las provincias sean provincias? Creo que por ahí va la explicación, sobre la que volveremos alguna vez.

Lectio brevis

Cuando se barajaban las fichas para este artículo, quedaron barridas y como sin sentido por la noticia trágica y absurda; la ¡oven esposa de José Díaz Linares, abrazada a la sangre del subinspector en medio de una calle donostiarra. Cualquier análisis del odio se vuelve sarcasmo cuando el odio decide romper asi, en medio de una calle nuestra, dos vidas jóvenes; todas nuestras vidas se rompen un poco entre ellas. La primera tentación de! cronista ha sido, ante tan absurda y trágica noticia —no hay otros adjetivos— abandonar el tema teórico, ensangrentado por la realidad. Pero con reacciones así cuentan, probablemente, los ciegos inspiradores del reiterado crimen poli-tico, tanto más execrable en casos como éste, donde los propios organizadores suelen reconocer con espantoso cinismo la inocencia personal de las víctimas. Ante la agravada dificultad de este comentario, el abandono supondría deserción; y no queda otro camino que escribir sobre España, aunque en Pascuas tan tristes como éstas resulte terriblemente difícil pensar serenamente en España.

Y hay que hacerlo precisamente ante casos así, aunque no sea más que para ser dignos de esa admirable ¡oven española que nos ha dado a todos la lección suprema de su silencio y su profundidad. Hay que hacerlo cuando la violencia sustituye a un diálogo que siempre debe ser posible, por definición, entre personas civilizadas; que conviven en las mismas ciudades nuestras, bajo el mismo cielo, que parten de la misma historia y a las que espera, lo quieran o no, el mismo destino en lo universal.

 

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