Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Un verano a presión para un curso perdido     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

LAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

Un verano a presión para un curso perdido

ESPAÑA y los españoles hemos perdido, a estas alturas, el curso político 1974-75. Quizás algunas personas, algunos grupos, pensarán que han ganado un año; esa idea podría devolverles, sin más, la conciencia de su fracaso. Porque es España quien ha perdido con esa ganancia egoísta. Es curioso cómo cada año que pasa el curso político se identifica más con el académico; y ahora conjeturo si el meollo del efímero «calendario juliano» no consistiría en un intento sutil de quebrar esa creciente paridad. En los años treinta, cuarenta y la mitad de los cincuenta, el año político y el académico se ignoraban. Ahora se relacionan mediante fenómenos de inducción y de afinidad. He aquí otro importante cambio histórico producido bajo los auspicios del régimen que éste, durante su actual fase restrictiva, se empeña en" ignorar.

El curso político y el curso histórico

HEMOS perdido el curso político; el sumo ballet internacional de Helsinki, en un alarde de benevolencia, nos concede, sin embargo, la posibilidad de repetirlo con el mismo programa y los mismos profesores, bastante desacreditados aquí entre los alumnos. Basta con una breve mirada de comparación entre cómo estábamos en octubre y cómo nos vemos en agosto. Claro que el curso venía ya virtual-mente perdido desde el verano anterior; pero eso no lo sabíamos todos entonces todavía. Una de las unanimidades más sintomáticas de las últimas semanas es la del heterogéneo Senado Pueblo —de Javier Carvajal a José Mario Armero, de Marcelino Oreja a Noel Zapico, de Nemesio Fernández Cuesta a Carmen Llorca, de Amando de Miguel a Rafael Ansón —sobre la necesidad de nuestra homologación democrática con Europa. Pues bien, desde el punto de vista de la democracia europea, el curso político fenecido ha sido de regresión y no de progreso; un revoco de fachada más que una consolidación de los cimientos; sin el menor asomo de cambio de local tras un inteligente y programado derribo por amenaza de ruina.

Quizá las anteriores crónicas de esta serie puedan convertirse en pruebas circunstanciales de tesis tan pesimista. Comparto con mi compañero y amigo José Ramón Alonso la estima histórica y política por cuanto se ha realizado en este y por este régimen. Mi pesimismo, que él critica genérica y generosamente, no desconoce esos logros; nace de que es el propio régimen quien, en su movimiento reflejo de restricción, coarta su propio futuro. La penosa relación de prohibiciones publicada por Blanco y Negro, las nuevas jncertidumbres que desde la calle —donde se escriben estas crónicas— parecen advertirse entre las. relaciones de los más altos niveles ejecutivos no alivian demasiado los estanques del pesimismo. Sobre todo cuando el historiador ve acrecentada su responsabilidad personal y generacional con inesperados toques de relevo como el que le llega dolorosamente desde la tumba sevillana de su amigo Joaquín Arrarás. Con esa responsabilidad aceptada y afianzada conviene quizá plantear la nueva fase del mismo problema: perdido el anterior curso político, ¿lograremos evitar sin un milagro la definitiva pérdida del curso histórico?

La verosimilitud y aun la probabilidad de planteamientos tan duros, tan decepcionantes, provoca las dudas del comentarista político sobre la utilidad de su difícil misión; y cuando esas dudas se complican con situaciones políticas personales de signo variable podrá advertirse un incremento de silencios y hasta de abandonos. Algún colega se quejaba de apreturas en el vagón pluralista del comentario político. Nadie en cambio, que yo sepa, ha subrayado la ausencia de Gabriel Cisneros, cuyas noías beligerantes puntearon la fase esperanzada de la pobre apertura; ni la no menos lamentable del profesor Jesús Fueyo, cuya escritura se ha hecho, de verdad, invisible mucho antes de las vacaciones. Este es oficio que hace a sus hombres y los gasta; y en casos como los citados los añora.

Maestros así no se eclipsan por falta, sino por sobra de temas; o por esa endurecida resistencia nacional a la racionalización, fenómeno que provocó el desesperado editorial de Cambio 16 que alguien debería llevar clavado en su conciencia. Alguien capaz de comprender que la regresión continuada no es un proceso de salvación sino de fosilización, o como decía en 1962 Dionisio Ridruejo, desertización. Pero no se conmoverá ninguna conciencia. Se cerrará más el horizonte. Torrentes verbales ahogarán nuestra angustia, La situación del presidente Arias se hará, si cabe, más insostenible. Habrá que acariciar cada día más la tentación del silencio.

Las tres noticias

Aun curso perdido corresponde, con lógica histórica, la presión anormal del verano. En medio de la cual me gustaría detectar tres problemas nuevos y profundos. Es el método y quizás el vicio del historiador: espigar entre las noticias agostadas para adivinar las concentraciones de vida real —ordotoxa y desviada-de donde va a surgir, implacable, la siguiente historia. Nadie va a pedir cuentas al historiador si se equivoca; pero sólo él debe asumir los imprevisibles riesgos de acertar. Al revés de lo que se cree.

Las tres noticias-problema que hoy me acucian son las siguientes.

Primera, naturalmente, el caso de los militares detenidos y procesados. No sería justo, ni lícito, ni probablemente hacedero comentar este caso con sólo los datos que hoy poseemos. La improvisación forzada sobre el tema sería tan irresponsable como su sistemática minimización. Me atrevo a sugerir un recurso genérico. Si la banda local de asaltantes a librerías no ha provocado aún el cierre de la que el interesado lector tenga más próxima, pida en ella la Historia -política del Ejército español, (Editoria Nacional), de mi ya citado compañero José Ramón Alonso. Cuando tuve el honor de presentar ese libro, advertí en el auditorio la mayor concentración de generales del Ejército que he visto nunca reunida para un acto no directamente militar. El libro de José Ramón Alonso es la réplica española al igualmente importante de Stanley Payne, y no desmerece de él.

No se trata sólo de la mejor, sino prácticamente de la única obra reciente y fidedigna sobre el tema, junto con la citada de Payne, el resumen de Alonso Baquer y el ensayo de Busquets sobre sociología militar contemporánea. Con esta base podrá el lector interpretar adecuadamente las venideras noticias sobre el asunto que hoy me limito a rozar con tanta decisión como respeto.la segunda noticia ha sido ya captada en profundidad por algunos periodistas relevantes, como Ansón y Apostua; y se refiere a las implicaciones y circunstancias del caso Huertas Clavería. Debo confesar que las informaciones —todavía confusas y sub judice— sobre el contacto, que de veras espero fortuito, entre el periodista de Barcelona y el detenido Pérez Beotegui me produjeron una de las más amargas conmociones de mi carrera informativa, y dejaron en suspenso, hasta mayor claridad, una crónica sobre los efectos a distancia de la Ley de jurisdicciones. Hablo del simple contacto, con plena reserva sobre aclaraciones futuras.

El tema profundo que late bajo Ja noticia es la posibilidad de que se perfile por primera vez desde 1939 un enfrentamiento artificial, pero peligrosísimo, entre parte de la Prensa y las Fuerzas Armadas. Bien está remontarse a 1898 y a 1905, con la polémica sobre el dossier Almenas y la tristemente célebre algarada de y sobre el Cu-cut. Pero hay ejemplos mucho más recientes; en la primavera explosiva de 1936 un artículo —no una simple alusión imprudente— publicado en un periódico del Frente Popular sobre el honor de las esposas de Jos militares convirtió en enemigos de la República a infinidad de oficiales que no lo eran; y figura en las historias como uno de los más trágicos errores cometidos por las izquierdas en el siglo XX español. No estoy comparando casos, ni mucho menos, sino señalando el resbaladizo camino de los precedentes. Con mis mejores deseos personales para el compañero detenido y sin la menor preocupación por fáciles acarrees de impopularidad demagógica, no quisiera caer ni por un momento en el movedizo terreno donde la solidaridad se convierte imperceptiblemente en complicidad.

Extraigo la tercera noticia-problema de una última columna en una página 15 del «Ya», que tras describir la detención de dos monjas en Madrid, añade un comentario tremendo en su sencillez: «Se ignora cual será el paradero definitivo de dichas religiosas, si bien se cree que pasarán a las dependencias de la DGS, y después a la prisión de mujeres, ya que en Madrid no existen precedentes de ese caso. E! encarcelamiento de religiosas por motivos políticos es un hecho del que no se tiene noticia en la capital desde el año 1936». Contendré hoy la interpretación de este asunto, para conectarla otro día con el caso, a mi parecer gravísimo —precisamente porque ya no es ni noticia—, sobre las multas y detenciones de sacerdotes por actuaciones en su ministerio. Se está creando así un negro vacío de comprensión que a todos afecta; que no puede simplificarse en cuanto a culpabilidad; y que también puede resultar, a plazo no muy largo, políticamente carcinógeno. Hoy solamente me interesa como un factor más que explique la presión de este verano cargado de presagios aún más que de noticias espectaculares.

Los tres rumores

Y no es que me parezca mal la por otra parte evidente relajación política del estío. El haber convertido el veraneo en desahogo nacional mayoritario es otro de los trascendentes cambios sociales que llevarán en la historia del pueblo español la etiqueta de este régimen. Podrá parecer una divergencia superficial, pero siempre me ha impresionado determinada actuación de los dos Frentes Populares paralelos y simultáneos —febrero y junio de 1936— en España y Francia. La primera medida del Frente Popular español fue declarar que las elecciones a las que debía el gobierno serían las últimas. La primera medida del Frente Popular francés fue arrancar de la oposición y de los patronos las vacaciones pagadas para los trabajadores. Un mes después de tan sabio acuerdo estallaba —en España, no en Francia— la guerra civil.

Bien, pues metidos ya en frivolidades registremos tres rumores que llegan a esta abierta y familiar playa de San Juan, la más fresca de España mientras el apacible Norte se achicharra; playa que era hasta ayer un colosal desafío sociológico convertido en vertedero de abandonos municipales, pero que al fin parece haber encontrado al gran alcalde de Alicante que reclamaba desde una generación. ¿O será que estaba abandonada porque mereció la atención clarividente de Indalecio Prieto? No suelen hacerse eco de rumores estas crónicas; pero tal vez podamos demostrar así que la también llamada «costa de los periodistas» merece su nombre cuando Jas posibles grandes noticias vienen aquí a buscarnos.

Los dos primeros rumores se refieren a dos inminentes proyectos de ley, o de decreto-ley, que alguien sitúa nada menos que en el próximo consejo de! Pazo de Meirás. Allí podría dictarse una disposición muy meditada y muy contundente para la represión del terrorismo en sus actuales formas de guerrilla urbana y criminal selección de las fuerzas del orden como víctimas continuas. Pero, según los rumores (que tienen para este cronista un fundamento sólido), podría aprovecharse el decreto-ley para restringir, en relación con el terrorismo, la libertad de expresión en escritos periódicos y unitarios.

No sé si ei algo críptico editorial del diario «Ya» del 10 de agosto —In-flexibilidad— se hace eco de la misma sospecha; no tiene nada de particular, por supuesto, que precisamente en ese periódico se hayan oído campanas. El cronista suscribe en todos sus términos las conclusiones del editorial; y cree que cualquier restricción de la ley de Prensa—directa o indirectamente— sería hoy un error incalculable, al que se podría agregar una acusación de cinismo con el documento de Helsinki en la mano.

Acaba de firmar sobre é! el Presidente Arias la aquiescencia española a la libre circulación de hombres e ideas por todas las fronteras de Europa. Si España quiere cumplir su palabra debe abrir, y mucho más, sus actuales restricciones sobre la materia; no convertirse en imitadora de los países que han firmado sin la menor intención de realizar sus promesas. Bienvenida sea toda disposición racional para extirpar el terrorismo en sus nuevas formas, y para proteger a nuestras amenazadas fuerzas del orden.

Pero para restringir la libertad «no se nos venga con el argumento del terrorismo», dice luminosamente el matutino de Madrid. «Que en todo lo demás se abandone una inflexibilidad que sólo puede servir —lo estamos viendo también— para enrarecer el ambiente general, dar argumentos a los enemigos y enajenarse posibles ayudas. Practicar sinceramente una política de libertad da a los gobiernos la autoridad máxima cuando necesitan suprimir esa libertad a quienes no la merecen.» ¿Permitirá el Presidente del Gobierno este nuevo atentado a su credibilidad?

El segundo rumor es positivo en todos sus términos; y consiste en que se dará a conocer en fecha muy próxima el proyecto de una nueva ley constitutiva del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Por lo que he podido atisbar el proyecto es racional y conveniente. ¡Cuántas cosas habría que decir sobre la historia y la entraña del Consejo Superior, antaño feudo de sectas y delirios unitarios, repertorio de fachadas, nidal de exclusiones! Todo se andará y se dirá. La nueva ley —me dicen— pone al Consejo bajo el control total del Ministerio; >le conecta de una vez por todas con la Universidad; asegura sus logros históricos —que sobre todo en la transmisión del legado científico han sido muy importantes— y establece un régimen coordinado de prioridades. Supongo que también atenderá a los complicados problemas de su personal, especialmente vidriosos en los últimos años. Y así la investigación española dejaría de ser capilla, drama, sombra y nostalgia.

El tercer rumor resulta menos serio. Lo daré en cursiva.

Lectío brevls

Tengo muy avanzada la fase de documentación para un estudio acerca del Opus Dei como fenómeno histórico en la España contemporánea. Me ha extrañado que con motivo de la muerte del fundador del Instituto —o Asociación, porque ni eso está claro en el espinosísimo e ineludible tema— se haya explicado muy poco la raíz y la influencia en España de la que sin duda es entraña del Opus

Dei y clave religiosa de su actuación; me refiero a su espiritualidad, en la que creen y según la cual practican su fe millares de españoles; porque sin negar su vocación universal, el objeto de mi trabajo —que resumiré como anticipación en estas crónicas— es el Opus Deí en España.

Creo que la omisión de este aspecto es el gran fallo de la autobiografía de monseñor Escrivá debida a Luis Carandell; libro no por negativo menos importante, aunque comprendo que tanto él como esta apreciación molestarán profundamente a los socios de la Obra.

El rumor a que me refería en el texto de esta crónica consiste en que dentro de la actual fase regresiva del régimen puede advertirse —y es perfectamente lógico— un retorno del Opus Dei a la zona de poder en España. Este retorno, discreto hoy, va a incrementarse muy probablemente en los próximos meses hasta convertirse en masivo. Ya verán. Y puede coincidir con nuevos movimientos del Opus Dei en la zona de poder de la Iglesia. ¿Hemos advertido el síntoma de que el Opus Dei no tiene teólogos sino canonistas?

La muerte del fundador ha sido, como prometía su vida, auténticamente ejemplar. Me parece mucho menos ejemplar la inconcebible campaña mítificadora que tras un alarde de esquelas y funerales le están armando ahora algunos de sus discípulos a propósito de su beatificación. Todos los obispos de España han recibido ya el insistente ruego —incluido, al menos en algún caso, un modelo de carta— para que pidan a Roma la glorificación del padre Escrivá.

Cuando la beatificación de un Juan XXIII tropieza con dificultades serias, esta pretensión del Opus Dei podría interpretarse como una explicable exageración de amor filial. No sé si puede decirse lo mismo de la combinación de dicha noticia con exaltaciones —como papables, nada menos— de purpurados afectos a la idea o ganados para ella. Esto parece grave. Agencias y periódicos controlados por el Opus Dei o sus socios —cuánto me apena incluir a un diario que tanto significa para mi en la lista— se afanan en vendernos baratísimo el asunto sin temor a reacciones criticas.

Como simple católico de filas, y precisamente, por respeto al fundador del Opus Dei, yo me atrevería a pedir a sus combinados propagandistas un poco de pudor.

 

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