Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Crónica primera. 
 Lo que de verdad ha sucedido aquí en 1974     
 
 Gaceta Ilustrada.    09/03/1975.  Página: 12-13. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

LAS CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

CRÓNICA PRIMERA

Lo que de verdad ha sucedido aquí en 1974

Entre las diversas acusaciones que, según recientes experiencias, van a dirigirse contra esta serie, la primera se referirá al primero de sus títulos; la segunda a la presunta indiscreción testimonial de su autor. El título no es un alarde; porque responde a la convicción profunda de que muchas de estas cosas no se han dicho, a pesar de las toneladas de tinta vertidas sobre el año decisivo que dejamos atrás.

La prueba —o el fracaso— empieza en este mismo artículo. La segunda acusación provendrá de aquellos lectores —sobre todo si son políticos— acostumbrados al flujo informativo asimétrico que Impuso a nuestra pobre opinión pública la férrea ley de Prensa de 1938, compensada sólo en parte por la bienaventurada, aunque tímida, ley Fraga de 1966, válida solamente como punto de partida (ésa fue la intención de su autor) y no como exceso de todas las concesiones liberales, según opinan los tremendos personajes que se excusaron públicamente de haberla tenido que aplicar a viva fuerza «después de encontrarnos con ella sin haber participado en su nacimiento». Y no seguimos en tan sugestiva línea porque éstas quieren ser, mientras haya luz, las crónicas de la transición, no los lamentos de la regresión.

No me preocuparía esa dificultad; porque los servidores públicos, incluso en puestos secundarios, debemos cambiar urgentemente la mira y preocuparnos mucho más del pueblo a quien teóricamente servimos que de la opinión inevitablemente restrictiva de quienes nos seleccionan para una misión concreta. El. sentido popular del deber y la lealtad disciplinada sabrán encontrar, en cada caso, el punto de equilibrio que nunca podrá ser una rendición irracional sin condiciones a uno de los extremos.

Pues bien, la segunda acusación es aún menos fundada. No voy a revelar aquí ningún secreto de Estado, por la sencilla razón de que no conozco ninguno.

Algún lector quedaría sorprendido de la escasísima información que se recibe en niveles de participación de poder vulgarmente considerados como «altos»; las líneas de coordinación a esos niveles son, probablemente, mucho más aptas para el control que para la transmisión informativa adecuada, pero ese es otro tema. Por supuesto que no voy a plagiarle el título al general Mola y convertir esto en las «Memorias de mi paso por la Dirección General...». La que serví se llamaba, antaño «de Información» pero no era información para recibir sino para dar; en situaciones antiparalelas, más sinceras, se hablaba francamente de propaganda. Las susodichas Memorias se publicarán un día, para solaz y provecho de mis hijos, aunque difícilmente en un libro de historia; quizás exijan la forma literaria de novela y aun de esperpento.

lo que aquí se pretende no es la narración termocefálica de pequeños chismes de gabinete o antesala. Quizá resulte menos divertido, pero seguro que también menos decepcionante. La idea surgió ante la lectura de las colosales crónicas retrospectivas de Dionisio Ridruejo en Destino sobre sus experiencias políticas en la zona nacional, durante la guerra civil. ¿No se podría intentar lo mismo aquí y ahora, en caliente? Y con improvisación de perspectivas. Quienes niegan la posibilidad de una historia etimológicamente contemporánea no han leído —ni saben cómo se escribió— la narración tucididea sobre la derrota ateniense frente a Siracusa; y jamás reconocerán, por supuesto, que aquello es no solamente la primera historia contemporánea´ sino, en toda su pureza, la historia.

La última conversación con el presídante Carrero

La última historia que me ha tocado vivir, y que ahora debo improvisar ante mis lectores (un tanto sobrecogido por el imponente cortejo académico a quien de lejos sigo en estas páginas) comienza en el despacho del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, unos días antes del 20 de diciembre de 1973. En mis dos largas entrevistas con el almirante hablamos, sobre todo, de historia; la primera, dos años antes, empezó así: «Y ahora le voy a contar a usted por qué estoy sentado en este sillón».

La historia era la de España en los años cuarenta, que significaban para Carrero, como los años de África para Franco, su «tópico preferido» que diría un periodista anglosajón. Esta última vez hablamos también, unos minutos, de política. Yo había recibido mi nombramiento de un Gobierno Carrero; y después de algunas declaraciones públicas no muy habituales me creí obligado, después del agradecimiento protocolario, a explicarle de manera informal lo que había bajo ellas. Debo decir ahora que el almirante comprendió perfectamente y alentó la actitud que se le describía. Carrero era un político de ideología restringida, próxima a la extrema derecha; y así ´lo reconoció en determinado Colegio Mayor no mucho antes de su muerte. Pero su identidad con Franco —cuya ideología personal, más populista que la de Carrero, no ha sido tampoco de izquierdas— le convirtió en un político pragmático, que sabía a veces prescindir —como Franco— de su ideología a la hora de las selecciones y de las decisiones.

AI entonces capitán de navío Luis Carrero (cuya animadversión por la Falange era casi notoria, entre paréntesis) se debe probablemente más que a otra persona alguna el consejo decisivo que apartó a España de la Segunda Guerra Mundial justo en las semanas en que la mayoría de los jefes militares deseaban la intervención Inmediata. Esa mañana de diciembre, tras la excursión histórica, le ´propuse, recuerdo, varias cosas concretas.

Le enseñé una contraportada de Fuerza Nueva en que una foto suya respondía a una pregunta sobre quién era el nombre real de ese Juan de la Cosa cuya obra selecta acababa de publicar la editorial aneja a esa revista; en mi opinión, le dije, tal publicidad no le favorecía mucho en su condición de Jefe del Gobierno.

Asintió y apuntó algo; poco después dejaba de aparecer la foto en el anuncio, al que retornó tras la muerte del almirante, con poco respeto, quizá, para su decisión. La cuestión siguiente parecía más importante. Nos preocupaba entonces a muchos la posibilidad de que las circunstancias del proceso 1.001 —«vaya elección del numerito», me comentó— degenerasen en un escándalo internacional semejante al del proceso de Burgos, sin necesidad ni conveniencia alguna. Así se lo dije y la respuesta fue rápida: «Deseche esa preocupación. No van a caerles más de uno o dos años. No habrá aprovechamiento político posible.» Las cosas discurrieron después de otro modo y yo ignoro las fuentes de información de que disponía el Presidente. No tengo más que mi palabra de honor personal y profesional para corroborar mi testimonio.

Hablamos del Archivo de Salamanca y luego de temas genealó-gico-dinásticos, en los que don Luis era todo un experto. Me enseñó un viejo documento masónico de Algeciras, a pesar de que a él le constaba mi escaso entusiasmo por la tesis histórica que él sustentaba ardientemente sobre la Masonería; hasta de eso se podía discrepar con don Luis Carrero Blanco cara a cara, contra lo que creen quienes le desconocen. La despedida —primero en su despacho, luego en el pasillo, donde casi me tropecé con él al salir— fue especialmente afectuosa, aunque no voy ahora a alardear de premoniciones; la única premonición (que todavía me impresiona) sobre la muerte de Carrero me la formuló, casi la víspera, Federico Silva Muñoz, quien había hablado con el almirante sobre la necesidad de trasladar su despacho a otro lugar más seguro (creo que la Quinta del Pardo, entonces en obras) e incluso

historia del país real) su residencia.

Pero esa tremenda seguridad que el Presidente tenía en la Providencia, y en su propio destino eterno personal, le hacía despreciar, sin duda, tales minucias. Con todos sus defectos y sus limitaciones era, por sus servicios y su dedicación, un grande de España desde mucho antes de su merecidísimo y trágico ducado; habrá que volver despacio, en su día, sobre su personalidad histórica.

Dignidad e indignidad de un entierro

Por eso me produjo estupor primero, y luego indignación, alguna circunstancia de su entierro. España quedó profundamente impresionada; pero sería falso decir que Madrid se volcó en la despedido del Presidente. Recorrí un par de veces todo el cortejo antes de incorporarme a él definitivamente; y allí, espectadores (no demasiados) incluidos, no desfilaron arriba de diez o quince mil personas.

Lo más lamentable, junto al desconcierto general, y la falta completa dé organización, no digamos de solemnidad, en el acto, fue la actuación más infantil que selvática de ciertos grupitos de extrema derecha, decididos a convertir aquello en una torpe exhibición de su propia Impotencia. Quienes estábamos junto a la puerta exterior de Presidencia oímos lo que tuvo que oír el cardenal de Madrid— cuya conducta en aquel trance fue sencillamente digna de su alto ministerio— y el Nuncio. Después, una hilera de exaltados, para demostrar quizá su entrenamiento en no sé qué tácticas, gritaba «Ejército al Poder» e intentaba una y otra vez partir en dos la manifestación para fingir una multitud adicta detrás de su línea de pancartas. Habrán quedado en las películas del entierro las personas que se zafaban, por centenares, de la estúpida pantalla para incorporarse al respeto y al silencio de la mayoría. Pero todo aquello lo pudo ver, entre otras personas, quien hoy es Presidente de los Estados Unidos; ni recató entonces su disgusto ni, después, su decepción. Menos mal que la impresionante aparición del Príncipe, ajeno a toda medida visible de seguridad, con su severo uniforme de marino, devolvió de pronto la grandeza y el talante histórico a la gran ocasión mancillada.

Lo que de verdad ha sucedido

No estoy reconstruyendo aquí la historia de un año, sino remontando los orígenes aparentes de la transición. Por eso dejo de lado el comentario —que será pronto análisis histórico— sobre ciertas actitudes de aquellos días, profusamente recogidas en algunos libros reportaje muy valiosos o absurdos, según autores y títulos. Allí hubo personas obligadas por su cargo y su experiencia, al realismo político elemental que se obstinaron en no reconocer lo inevitable; y provocaron con ello una ancha indignación del pueblo español menospreciado. Hubo personas que dieron, según los casos, medida de su altura o de su pequeñez. Prevaleció en unos, el sentido y la dignidad del servicio; en otros, la preocupación personal mínima y despreciable. Mucho se sabe; bastante se ha dicho y todo se reconstruirá. Se exaltó, con razón, la madurez cívica del pueblo español; pero no se analizó el porcentaje real de Indiferencia encubierto por esa madurez. Se tomó buena y estimulante nota de la reacción de las Fuerzas Armadas. Se registraron las excepciones y las salidas de tono.

Lo que de verdad ha nacido aquí en 1974, a raíz de este gran suceso, por encima de todas las anécdotas y por debajo de todos los acontecimientos, ha sido no ya el cambio, sino la conciencia irreversible del cambio a escala nacional profunda. El cambio —la transición— no arrancó de la muerte de don Luis Caarrero Blanco. Ese tremendo hecho quizá aceleró el cambio; pero sobre todo reveló la profundidad del cambio. Porque el cambio se hubiera producido de forma parecida —es una firme convicción de este historiador— aun sin la trágica desaparición del almirante. El lector estará advirtiendo que, me refiero al cambio no como algo que va a venir; sino como algo que ya existe. Y que ya existía el 20 de diciembre de 1973, de forma imparable, ineludible.

Porque el cambio, la transición, incluso la aceleración histórica del tiempo que nos configura, no depende del país oficial, cuya cabeza visible y a la vez vicaria era el gran desaparecido del 20 de diciembre; sino del país real, que ya era otro entonces sin que el país oficial, ni quizá el propio país real, se hubiera dado cuenta de ello. Y eso que el presente Régimen podría ufanarse legítimamente de haber hecho más que otro alguno en nuestra historia contemporánea para crear unas Insólitas condiciones objetivas previas a la implantación de una democracia estable. E! Régimen actual, a quien se debe la posibilidad del cambio, se obstina a veces, por la acción de alguno de sus representantes, intérpretes o portavoces, en repudiarlo. Esto es también lo que ría revelado, tras la conmoción de aquel diciembre, la historia inédita del año 1974: la realidad profunda del cambio, cuya evolución escapa ahora en gran medida a las.posibilidades del país oficial, aunque éste, reconociéndolo, pueda todavía contribuir con eficacia al encauzamlento y realización del proceso.

Por testimonios menos directos, aunque fidedignos, creo que a fines de 1973, vivo aún don Luís, eran más probables que improbables dos altas decisiones. Un ministro —cuya pintoresca ejecutoria alarmaba a muchos— iba a ser sustituido en las semanas siguientes, y quizá por la misma, persona que le sucedió realmente. Otro ministro sería, algo más tarde, relevado por un conocidísimo periodista, luego que éste se desentumeciese por una temporada en relevante, aunque tranquilo cargo provincial. Claro que las sustituciones de ministros eran entonces más noticia que ahora; y para la historia, aunque sea hilvanada, los futuribles no son más que presuntas líneas de interpretación, que deben quedar, como murieron, colgadas en el aire.

Lectio brevís

Si la reseña de Europa Press (Bilbao, 17 de febrero) no es ob-¡etiva, retiro lo dicho por anticipado. Si la reseña es exacta {y nadie la desmintió) el ministro secretario general del Movimiento, don José Utrera Molina, dijo ese dia en Bilbao que dentro de poco se van a triturar los intereses de grupo que se nos oponen».

No he podido evitar un estremecimiento profesional al recordar qué político, en qué circunstancias y con qué resultados conjugó en público por última vez antes del señor Utrera Molina (conocedor, por supuesto, de nuestra última historia) el difícil verbo triturar al referirse también a ciertos intereses de grupo que se le oponían.

 

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