Autor: Calvo Hernando, Pedro. 
   El Clima de las declaraciones     
 
 Gaceta Ilustrada.    09/03/1975.  Página: 13-14. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

El clima de las declaraciones

Los acontecimientos y las tensiones se aceleran cada semana que transcurre. En principio, la pasada iba a ser la semana de las declaraciones de Arias en televisión. Pero lo cierto es que tales declaraciones llegaban precedidas y acompañadas de un clima político que relativizaba bastante su importancia y aún su interés. Vayamos por partes.

Cuarenta y ocho, horas antes de la rueda de prensa presidencial, se producían dos hechos muy significativos: la dimisión del vicepresidente tercero del Gobierno y ministro de Trabajo, Licinio de la Fuente, y la conferencia de Francisco Fernández Ordóñez en el Club Siglo XXI. Setenta y dos horas antes la Administración había procedido al secuestro de las páginas de «ABC» que contenían unas declaraciones del Conde de Barcelona. Y el día anterior a la comparecencia pública del Presidente, las declaraciones de don Juan de Borbón se publicaban en el diario monárquico, convenientemente purgadas de aquellos aspectos que habrían motivado la decisión del secuestro administrativo del domingo.

Pero todavía hay más: veinticuatro horas antes de que apareciera en pantalla Arias Navarro, una nota de la Dirección General de Seguridad anunciaba la suspensión por tres meses de las actividades de nada menos que catorce asociaciones madrileñas, de naturaleza femenina v cívica, por considerar que colaboraron en la pretendida «¡ornada de lucha» del pasado día 20 de febrero.

Una memorable conferencia

El ex presidente del INI, Fernández Ordóñez, interpretaba un sentir muy generalizado al decir en el Club Siglo XXI que «nos encontramos en la víspera de un importante proceso de cambio histórico en que los hechos van a ir por delante de las palabras y en que viviremos mucho en poco tiempo», proceso al que calificó de inevitable y necesario.

Esa es una impresión en la que todo el mundo coincide y que ya se toca casi con las manos. Es justamente lo que no quieren ver —porque no les interesa— los patrocinadores de la parálisis. Son éstos justamente los que están dificultando el hecho de que el proceso sobrevenga sin necesidad de atravesar situaciones traumáticas. Porque el cambio se digiere mucho mejor cuandc se ha venido produciendo a lo largo de! tiempo y a un ritmo acompasado con Ias necesidades de cada tiempo político y social.

Fernández Ordóñez diría también algo muy sencillo, pero muy penetrante y oportuno, tanto por el momento político como por el ámbito en que se celebraba la conferencia. El Club Siglo XXI es una institución nada proclive no ya a ningún género de revolucionarismo, sino ni siquiera a un lenguaje despojado de convencionalismos y disimulos semánticos.

El cambio democrático

«La idea del cambio democrático —son palabras literales de Fernández Ordóñez— como solución inesquivable para el futuro del país, parte de un hecho muy sencillo: el reconocimiento del pueblo como protagonista de la vida política y titular de la última legitimidad del poder. Esta idea no se funda sólo en razones éticas y en juicios de valor. Es la última garantía de la paz civil y de la cohesión de la comunidad.»

Hay, pues, un fundamento «filosófico» y otro «real» para esa afirmación del pueblo como protagonista de la vida política y titular de la legitimidad del poder. Filosóficamente, es indiscutible que el pueblo, a través de la expresión democrática y mayoritaria de su voluntad, es el único sujeto legitimado para ejercer el poder o conferir su ejercicio a unos mandatarios surgidos de la propia voluntad decisionista popular. Sostener lo contrario vale tanto como caer en dos aberraciones: bien sea en un quimérico teocratismo o bien en un totalitarismo, sea del signo que sea. Hasta aquí, me parece que las cosas van quedando bastante claras.

Pero, siguiendo con el hilo de la conferencia de Francisco Fernández Ordóñez, llegamos a dar un paso más, que es la consecuencia natural de los planteamientos anteriores. Los elegantes salones del «Eurobuilding» temblaron cuando el orador acometió el tema de la transformación del Régimen en un Estado democrático, lo cual requiere un profundo cambio de nuestras instituciones políticas, con modificaciones legislativas de rango constitucional.

Un proceso constituyente

Pero la conmoción máxima lleqó con estas palabras: «Creo que este cambio sólo es posible a través de un proceso constituyente al que sean convocadas todas las fuerzas políticas del país». Se habían pronunciado al fin esas pocas palabras cuyo previo rumor había concitado la extraordinaria expectación que había rodeado a esa conferencia. Allí estaban, escuchando al conferenciante, representantes de todas esas fuerzas políticas, tal vez con la única excepción de la extrema derecha y la extrema izquierda violentas.

Al fin alguien había dado el paso en el Club Siglo XXI: el paso de la evolución aperturista al franco cambio político, mediante un proceso constituyente de base estrictamente democrática. Por supuesto, el ex presidente del INI y ex subsecretario de Economía Financiera no se olvidó de advertir que tal proceso debe ser ordenado y pacífico y que todos tenemos la obligación gravísima de colaborar a que lo sea.

Don Juan Carlos y la transformación

Tampoco se olvidó de lamentar que incluso ideas menos exigentes que las que él acababa de exponer «no han podido tener cabida ni siquiera mínima dentro de los cauces actualmente vigentes». Se estaba refiriendo, naturalmente, al fracaso del intento de una gran asociación que plantease la reforma constitucional y la elección de una Cámara por sufragio universal. Como se sabe, Fernández Ordóñez estuvo también en conversación con Fraga Iribarne. Y todo quedó en nada —al menos por el momento— gracias al «anticlima» creado desde las posiciones más «bunkerizadas» del Régimen.

El conferenciante, por último; remitía las grandes soluciones posibilistas a la Monarquía de mañana, expresando la confianza de que don Juan Carlos será capaz de hacer posible la superación de ciertos antagonismos históricos y la transformación del país.

Un Arias Navarro distinto

Y llegó la rueda de prensa de Arias Navarro en televisión. Como se barruntaba en los medios políticos en los días precedentes, aquella comparecencia no tenía mucho que ver con otras anteriores, como el discurso del 12 de febrero o las declaraciones a la agencia EFE en el pasado mes de septiembre. Es cierto que habló con franqueza de la gravedad de la situación económica y que admitió ser preguntado por la dimisión del ministro de Trabajo. Es cierto también que en muchas de sus afirmaciones se reconocía el Arias Navarro del nuevo lenguaje político y de la buena voluntad hacia la apertura.

Pero es más verdad todavía que este Arias Navarro ya no era el mismo.

En el horizonte de su dialéctica aparecían conceptos y palabras, expresiones y puntos de vista muy del estilo tradicional del Régimen, cosa que no había sucedido apenas en ninguna de sus anteriores comparecencias públicas. Es como si por el ánimo del Presidente hubieran pasado infinitos condicionamientos durante los últimos meses. No fue nada convincente su interpretación como pura anécdota de los cambios ministeriales del 29 de octubre. La permanencia de la misma persona en la Presidencia del Gobierno no garantiza por sí misma la inalterabilidad de un espíritu.

La salida de Pío Cabanillas y Barrera no era un asunto grave por el sólo hecho de desaparecer del Gobierno dos brillantes soportes de un espíritu aperturista. Lo era también porque significaba un cambio de rumbo en la orientación política. Esto —que fue destacado por toda la prensa— pudo haberlo reconocido el Presidente cuando fue interrogado por Antonio Barrena.

No es ese regionalismo

Tampoco podía convencer Arias Navarro al referirse al regionalismo. No es suficiente con admitir el hecho diferencial de las regiones, entre otras cosas porque eso es algo que viene impuesto por la realidad. ¿Sería posible siquiera negar los factores culturales, idiomáticos, geográficos, etcétera, que conforman esos hechos diferenciales? La evocación que hace de las Repúblicas de 1873 y 1931 constituyen un salto histórico que no me parece justificado. El regionalismo se concibe ahora precisamente como el antídoto del separatismo y no pretende otra cosa que el reconocimiento del derecho de las regiones a existir con sus peculiares y autónomas formas de organización administrativa y con su específico modo de concebir los temas de la convivencia, desde una perspectiva de riguroso respeto a la unidad nacional dentro del Estado Español.

Creo que el Presidente ha rechazado un regionalismo que no es preconizado por nadie, o por casi nadie. En alguna futura ocasión —pienso honradamente— debería Arias Navarro aclarar este delicado asunto.

No a la reforma constitucional

También habrá quien piense que ciertas alusiones negativas de Arias Navarro tienen unos destinatarios muy precisos. Por ejemplo, cuando afirma rotundamente: «No considero ni necesaria ni conveniente ni oportuna la reforma constitucional». Fraga Iribarne acaba de volverse a Londres ahuyentado por el rechazo de que ha sido objeto por parte de ciertos sectores del Régimen que se habrían llevado las manos a la cabeza precisamente ante sus pretensiones de reforma constitucional, explicitadas en los borradores de sus provectos de una posible asociación política.

La participación asociativa de las corrientes políticas, incluso la de la izquierda, a la que invita el Presidente, no es posible si no viene acompañada o precedida de una reforma constitucional que haga al sistema habitable para esas corrientes.

Acabamos de comprobar que en el sistema hay quienes ni siquiera toleran a importantes sectores de la derecha democrática.

Aquí es donde uno piensa —como en el caso de las declaraciones a la agencia UPI— que el presidente Arias desea sinceramente un sustancional ensanchamiento del ámbito de la participación política. Lo que sucede es que no abre un horizonte de posibilidades reformistas que hagan factible el intento en la práctica. Sería necesario que Arias comprendiera los términos de esa contradicción y llegara al convencimiento de la inevitabilidad de la inmediata apertura de un proceso de reformas constitucionales.

El lenguaje también importa

Por último, este comentarista se sintió particularmente apesadumbrado ante el lenguaje utilizado por Arias Navarro respecto del tema de la subversión. Pienso que hubiera bastado con mantenerse en la línea del 12 de febrero, en cuyo discurso quedaba bien claro que el orden público era uno de los objetivos primordiales de la política del Gobierno. Pero me parece excesivo haber insistido ahora de esa forma y con esa reiteración en la «acción contundente», en la firme postura de «aplastarla» (a la subversión), en la disposición de medios suficientes para «aplastar inexorablemente» cualquier intento, etcétera.

El lenguaje y el tono también son importantes en política. Este comentarista no ahorró elogios al lenguaje del Presidente en aquellas incomparables piezas políticas que fueron el discurso de las Cortes y las declaraciones a la agencia EFE. Era algo nuevo e insólito en labios del poder. Era una esperanza nueva. Aquello no era «lo de siempre». Desgraciadamente, ahora parece que ya estamos otra vez en «lo de siempre». Y escribo esto con pesar y con dolor, pero obligado por un serio compromiso de sinceridad con mis lectores. Fui uno de los comentaristas que con más calor apoyaron aquella esperanza del 12 de febrero. Lógicamente, soy uno de los comentaristas que con más dolor verían desvanecerse aquella esperanza.

 

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