Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Crónica segunda. 
 ¿Está prohibido históricamente el cambio sin traumas?     
 
 Gaceta Ilustrada.    16/03/1975.  Página: 24-25. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

LAS CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

CUANDO aquí se habla de cambio no se trata, evidentemente, de crisis accidentales de Gobierno como la que se acaba de resolver. Esta crisis no ha sido en rigor un cambio, sino una inteligente conversión táctica. Por supuesto que algunos ministros entrantes parecen más sugestivos que algunos salientes; y que el Presidente, además de ganar tiempo, se ha quitado de encima un par de anacronismos y ha mejorado un tanto la comprometida situación en que le dejó, frente al país real, su última rueda de prensa.

Pero el cambio discurre por otra vía. Las remodelaciones del país oficial apenas rebasan el efímero interés de la noticia. Desde la transición, el comentario no es de alivio, sino de perplejidad; el sistema no podrá alardear ahora tanto de su estabilidad ministerial como contraste a! desmadre democrático, digamos, de Italia. Nuestros últimos jalones son junio 73, enero 74, octubre 74, marzo 75. Al menos en cuanto a recurrencia de crisis parece que volvemos al abominable ritmo liberal-democrático de los primeros años veinte o treinta. Aunque quizá lo que estamos logrando es la difícil marca de acumular, juntas, todas las desventajas de los regímenes autoritarios y democráticos, sin que aparezcan claramente tas ventajas posibles de unos o de otros.

¿Es posible un posfranquismo franquista?

¿Y después de Franco, qué? La pregunta se viene formulando desde hace unos diez años, cada vez con mayor insistencia, cada vez con mayor preocupación, que a veces, desde dentro, parece prólogo de la angustia. La pregunta, que ha sido titular de innumerables artículos, sirvió de portada a un difundido libro antifranquista, con posible y no leve error de enfoque; porque la insistencia en el dopo-Franco equivale a un reconocimiento tan implícito como firme de que la pervivencia política de Franco se identifica con su vida física, que es exactamente lo que el propio Franco viene prometiendo a los españoles en sus mensajes.

Las respuestas han sido varias. El profesor Jesús Fueyo, que ya desde antes del último endurecimiento del sistema se perfilaba como principal ideólogo del continuismo, acuñó una frase célebre: «Después de Franco, tas instituciones». Una de las tesis defendidas por otro de los pensadores de tal línea, Gonzalo Fernández de la Mora, podría resumirse en otra frase: «Después de Franco, el franquismo». Estos ideólogos no son, ni mucho menos, intelectuales vulgares, sino personas muy inteligentes; tan inteligentes que creen factible una posibilidad política de perspectivas cada vez más reducidas y consiguen mantener, si no la credibilidad de sus teorías, sí al menos el respeto por sus actitudes y razonamientos. No se tratará aquí de los excesos irracionales de la extrema derecha, que cada día me parece más inventada por los enemigos deí sistema para desacreditarle.

Pero el continuismo no tiene ni posibilidades serias de racionalización —porque se basa en e! momento de inercia histórica de toda una época— ni consistencia posible fuera de los efectos, considerables aún, de esa misma inercia. No son los españoles discrepantes, sino el propio sistema quien ha manifestado reiteradamente en los últimos tiempos sus fallos de confianza en esas instituciones. Los reproches, velada-mente tremendos, de altísimas personalidades al Consejo Nacional, por ejemplo, pueden documentarse pública y fácilmente ante quienes se extrañen de esta tesis. Y en otro lugar he tratado de razonar la íntima convicción de que aunque la huella de Franco (aun cuando él falte) va a notarse en las próximas singladuras de este país de forma ineludible, no se puede pensar en un franquismo sin Franco al modo del decadente gaullismo sin De Gaulle; porque, además, ni siquiera en vida de Franco ha sido posible tal solución. Ya en los primeros meses de 1937, en efecto, la reacción del Cuartel General hacia un proyecto de gran partido franquista fue casi destemplada y, desde luego, negativa.

Quienes ahora pretendieran crear algo semejante incurrirían en el mismo error de quienes resucitaron a la exsangüe Unión Patriótica de la Dictadura en 1930, con el nombre-pantalla de Unión Monárquica Nacional. Fracasaron casi sin estrenarse, aunque su principal animador se llamase nada menos que José Antonio Primo de Rivera. En cuanto al propio Franco, prefirió unas semanas después de aquel fallido intento de 1937 una creación híbrida, pragmática y provisional que más o menos está durando lo que su régimen y que ahora se diría resucitar con otro nombre: la incierta y colosal pantalla política que entonces se denominó FET y de las JONS y que ahora carece de designación definitiva aunque no de cualificados promotores ni de solemnes y diplomáticas víctimas propiciatorias.

CRÓNICA SEGUNDA

¿ESTA PROHIBIDO HISTÓRICAMENTE EL CAMBIO SIN TRAUMAS?

1809: La transformación popular de las Instituciones

Pues bien, si el continuismo simple parece descartado, sobre todo si a estas alturas se trata de interpretarle como una especie de neofascismo vergonzante, ¿existe alguna experiencia histórica disponible para predecir con alguna confianza un cambio más profundo y, desde luego, más serio? Claro que existe; vayamos aguas arriba.

A lo largo de la guerra de la Independencia, y en medio de un ambiente asombroso de espontaneidad creadora (no sólo mimética) los primeros liberales españoles impusieron —como ya se reveló plenamente en las respuestas al cuestionario enviado por la Junta Central en 1809— no solamente un cambio de régimen sino un cambio de era; porque el Antiguo Régimen que fenecía ya con esas respuestas (a pesar de su posterior resurrección reaccionaria) no era simplemente un régimen sino todo un estilo histórico de convivencia declarado, en medio de la lucha, fuera del futuro.

El siniestro reaccionarismo fernandino, apoyado por la Iglesia y por el vacío cívico-cultural de buena parte del pueblo, impondría un retorno frustrado del absolutismo; pero el cambio irreversible se había logrado ya a nivel cíe grupos dirigentes mediante esa sustitución de espíritus y talantes estudiada magístralmente por el profesor Artola en su España de Feriando VIL Y al desaparecer el paradójico Deseado, el primero y más formidable de los «obstáculos tradicionales», el cambio definitivo, la orientación liberal se impone suavemente gracias a la visión política de la Reina Gobernadora, entre 1833 y 1834, fecha del Estatuto Real, la constitución-compromiso, tímida y sin embargo prometedora, cuya actualidad ciento cuarenta años más tarde ha sido Insinuada hace pocos días por el profesor Palacio Atard. No deben extrañar estas evocaciones lejanas: ¡si un gran político español de hoy acaba de ser descalificado por intentar devolvernos lo que ya nos había conseguido Sagasta en 1890!

Pero lo que hace más a nuestro caso es que tanto el gran cambio democrático de 1809-1813 como el significativo cambio prede-mocrático de 1833-34 (irreversibles hasta hoy, pese a las interrupciones autoritarias) se consiguieron mediante una apertura interna de los propios regímenes vigentes, y sin traumatismos políticos en lo esencial del proceso del cambio. El régimen, en uno y otro caso, quedó transfigurado; pero bajo la misma Corona, y mediante una profunda evolución institucional que evitó la ruptura. Los traumas, en uno.y otro caso, sucedían fuera del proceso político; provenían, en 1809, de la agresión exterior, y en 1833 de la rebelión del absolutismo descartado —primera guerra carlista— que se echó al monte de verdad, sin las actuales hipocresías de nuestros absolutistas aprés la lettre, empeñados en seguir gozando de las delicias del llano con la aureola montaraz como ingenua, y a veces eficacísima, amenaza.

1874: La Restauración pacífica y pacificadora

Por la falta de referencias generalizada entre nuestro gran público vamos a prescindir, por el momento, del análisis de otros cambios políticos que nos ofrece nuestro pródigo siglo XIX; para atender a algunos ejemplos más próximos.

En los últimos días del año 1874 la Restauración adviene, aparentemente, tras el grito de don Arsenio Martínez Campos en Sagí to; pero en realidad, como P vas demostró ante el pror Martínez Campos en las Cortes de los años ochenta, el pronunciamiento fue una acción oportunista con la que los mandos militares se anticiparon al ya cantado éxito del movimiento cívico canovista, vencedor por la eficiente organización que se impuso al vacío político de 1874.

Este 1874 es un año sin historia, que. como dijo Fernández Almagro, quiso ensayar como sistema hasta la falta de sistema. La frase, brillante y certera, enmascara sin embargo una realidad; el régimen que se inicia el 3 de enero de 1874 por el golpe del general Pavía —primer pronunciamiento, aunque negativo, de todo el Ejército como tal— y que desemboca en la Restauración es en realidad una dictadura militar (aunque el general Serrano, presidente del Poder Ejecutivo, no actúa como formal mandatario de las fuerzas armadas sino en virtud de su prestigio político personal) combinada, en el propio Serrano, con la jefatura del Ejército de operaciones, y que sin embargo termina (sin traumas, y con la patriótica aquiescencia del propio duque de la Torre) ante e) generalizado consensus del Ejército y la opinión pública a favor de la Restauración. Las iniciales concesiones de Cánovas a su extrema derecha (sobre todo los reaccionarlos decretos de Orovio contra la libertad universitaria) no lo dejaron ver claro al principio, pero con una perspectiva posterior, sagas-tina digamos, no cabe la menor duda de que la democracia imperfecta de la Restauración era un régimen de realidades y de posibilidades más abiertas que la dictadura de Serrano, última degeneración autoritaria de los idealismos democráticos de 1868.

Es decir que también este cambio de redimen transcurrió sin traumas, y hasta con un claro propósito integrador respecto a lo más importante del régimen a quien vino a sustituir; Sagasta, jefe del Gobierno de Serrano depuesto por el Ministerio-Regencia de Cánovas, fue precisamente la pieza clave buscada y lograda por Cánovas para su alternativa restauradora.

1930: El acierto y el error Berenguer

El último ejemplo lo tenemos más cerca: es el de 1930. Se ha perorado tanto sobre él, y en medio de las peroratas se han deslizado, consciente o inconsciente-tente, tantos errores interesados

tantas tergiversaciones pedes-"ie hasta hoy me he resistido a la invocación del año fatídico. Volveremos sobre él a otros propósitos. Pero ahora lo que nos interesa destacar en torno a 1930 no son sus pretendidas semejanzas —fantasmagóricas— con 1974, ni las abruptas pendientes políticas de su final, sino las escasamente comentadas circunstancias de su principio. Uno de los libros más sensacionales que hoy podrían escribirse sería la crónica exacta, sin comentarios, de los treinta y un días de enero de 1930.

Uno de esos días, muy cerca del final, registró el término del subrégimen (porque funcionó dentro de otro régimen teóricamente inalterado] conocido como dictadura del general Primo de Rivera; aunque fue algo más y algo menos que eso. Ese mismo día, ocho años más tarde, fue el que. entre todos los días de 1938, escogió en Burgos el general Francisco Franco para nombrar al primero de sus Gobiernos, en el que figuraban cuatro íntimos colaboradores de Primo de Rivera; Franco ha sido muy consciente de sus coincidencias cronológicas.

Es lógico que dentro de una familia en que se rinde culto a la tradición de sus miembros impresionen los dictámenes profesionales de los mayores. En la primavera de 1926 don Miguel Primo de Rivera piensa seriamente en la retirada. Llama entonces a mi abuelo Juan de la Cierva y Peña-fiel, que registraría puntualmente la insólita conversación en sus Memorias. «Le parecía —dice— llegada la hora de retirarse del poder, quedando como una fuerza de reserva para la Monarquía. Añadió que su propósito era aconsejar al rey que me encargara la formación del nuevo Gobierno, lo cual ocurriría en muy breve plazo.» Tras recordar su sorpresa, el abogado murciano emite su dictamen: «Contesté que yo siempre estaba al servicio del rey, pero no podía asegurar en aquel momento si, llegado el caso de que el general me hablaba, contaría con medios y elementos bastantes para formar un Gobierno, ´sobre todo teniendo en cuenta que yo no sería dictador sino gobernante constitucional y por tanto parlamentario.

Hablé entonces de que en 1917-18, cuando el rey me obligó (subrayado del historiador) a ocupar la cartera de Guerra en momentos tan graves como los que acompañaban a la formación de tas juntas militares, no acepté las indicaciones que me hizo luego el señor García Prieto, presidente del Gobierno, para que le sustituyera, alegando yo ante el rey que las dictaduras militares, salvo en circunstancias peligrosas

para la patria, casi siempre preceden a las revoluciones».

No fue éste —he ahí adonde vamos— el caso de fines de enero de 1930. A la dictadura de Primo de Rivera sucedió el Gobierno Berenguer, que restableció expresamente la vigencia de la Constitución de 1876 e inauguró con ello un período predemocrático al cual se accedió, desde el subrégimen dictatorial, sin traumas graves y sin cambios en la cumbre del régimen. Cierto que la situación Berenguer resultó efímera y derivó hacia la República; pero ello no fue el resultado del innegable acierto Berenguer sino del evitable error Berenguer, que consistió en la vuelta medrosa y anormal a una normalidad periclitada por degenerada; en vez de encarar imaginativamente el futuro con un reformismo profundo y perfectamente posible a lo largo de todo el primer semestre de 1930. Después, aunque tampoco se intentó, ya no era posible.

El cambio es posible desde el futuro

Así, pues, la experiencia histórica disponible, y analizada esquemáticamente, sí, pero con frialdad imparcial y respeto para sus líneas esenciales de interpretación, nos confirma que no existe prohibición histórica alguna contra las transformaciones democráticas de las diversas situaciones autoritarias por las que ha pasado este país en su época contemporánea. Esas transformaciones se han realizado a veces con cambio de régimen; a veces sin modificaciones totales en ese régimen. Los traumatismos políticos se han producido preferentemente cuando un régimen democrático, más o menos vaciado e incluso degenerado, ha sucumbido ante un golpe autoritario de poder. Y. tampoco siempre; y de muy diversas maneras.

Esto querría decir que el cambio político prefigurado ya en la conciencia nacional de los españoles de 1975, y que por las circunstancias personales en él implicadas ha sido objeto de una expresa y detallada previsión en las propias leyes fundamentales del régimen actual (aunque este tipo de previsiones queda luego vitalizado o modificado por hechos o circunstancias que escapan a toda previsión política conservadora, ya que, si no, estudiaríamos todos Derecho Constitucional en vez de Historia) puede y debe acometerse de forma participante y activa por los españoles a sus diversos niveles de actuación posible o menos posible; porque nada hay en la experiencia histórica en contra del cambio hacia un convivir más democrático, sino todo lo contrario, abundan las posibilidades a favor de esa transformación.

Algunos españoles de hoy, encabezados por buena parte de sus gobernantes, parecen fascinados extrañamente por el pasado a la hora de imaginar el cambio. Incluso esos gobernantes aceptan ya a veces la necesidad del cambio; si bien, dice uno de ellos (precisamente el encargado de planificar las circunstancias económico sociales del cambio) que no se trata de adorar al cambio por sí mismo, sino de aceptar su necesidad. Lo único que se permite comentar el historiador es que si se trata de poner puertas al cambio a fuerza de temerlo, la opinión decisiva de este cambiante país podría volcarse peligrosísimamente, aunque sea irracional, aunque sea históricamente injusto, al cambio por el gusto del cambio

Lectio brevis

(Hoy será positiva, ante el fulminante carácter profetice de la anterior.)

Luís Apostua, mi admirado amigo y compañero, disimula elegantemente su segundo y contundente apellido a fuerza de retranca, de equilibrio y de comprensión anti-simplificadora.

Su columna es ya una antología permanente del periodismo español posible en vanguardia; y un monumento vivo al sentido común. Para pallar tan merecidos elogios diré que no todo el mundo la juzga asi; por ejemplo aquel ministro que entraba cada mañana en su despacho, derecho hacia el recorte subrayado de rojo por su gabinete, con un comentario invariable:

A ver por dónde nos atiza hoy el ¡odido recuadro». El blanco de estas y otras iras sirve, además, como termómetro personal de las diversas aperturas frustradas en los tiempos recientes. Cuando la apertura florece, a Luis Apostua le nombran algo; cuando se congela, le cesan inmediatamente. (Con muy mala suerte para los promotores del cese.)

Un día nos lo contará él todo desde dentro. Pero aunque se le poden algunos nombramientos marginales, la opinión pública de este país considera, en los momentos difíciles, que el bendito recuadro es uno de sus reductos de orientación y esperanza.

 

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