Autor: Hernando Calvo, Pedro. 
   Dos crisis en cuatro meses     
 
 Gaceta Ilustrada.    16/03/1975.  Página: 26-27. Páginas: 2. Párrafos: 19. 

Dos crisis en cuatro meses

La clase política y los periodistas de la especialidad hemos vivido con más intensidad que nadie esos días de la larga crisis que al fin se resolvió con cinco cambios en el Gabinete de Arias Navarro. Si se suman los dos cambios del 29 de octubre, tenemos que en sus catorce meses de vida el Gobierno se ha renovado en más de una tercera parte de sus componentes iniciales. Ya de entrada advierto que no es prudente esperar grandes renovaciones políticas a raíz de esta nueva crisis, aunque hay que reconocer que tiene un sentido diferente a la del 29 de octubre de 1974.

El 29 de octubre al Presidente lo llevaron a las cuerdas. La salida de Pío Cabanillas y Barrera de Irimo, a la que siguieron otros altos cargos, supuso una gran descapitalización de posibilidades de cambio y de credibilidad política para la empresa de Arias Navarro.

Se había producido una importante victoria de las líneas más cerradas del Régimen. Incluso Arias no pudo compensar el descalabro con algún otro cese que hubiera equilibrado un poco aquella crisis.

Aunque los ultras no situaron peones suyos en los puntos dejados vacantes por Pío Cabanillas y Barrera de I rimo, la verdad es que el 29 de octubre pareció marcar el principio del fin de aquellas esperanzas de cambio alimentadas por el anuncio de una nueva política en el famoso discurso presidencial de las Cortes Españolas. Aquella fue una crisis de debilitamiento del Presidente, que veía marchar con dolor a dos de las tres figuras clave en que trataba de apoyarse para sacar adelante su programa.

El sentido de este cambio

La crisis del 4 de marzo, por el contrario, aparece con una característica diferente, ya que no le es impuesta, sino que es promovida y administrada por el propio Presidente en términos generales. No parece aventurado pensar que quería desde siempre alejar del Gobierno a Utrera Molina y a Ruiz Jarabo, hombres de línea «gironista», y lo ha conseguido. Y que quería complacer al vicepresidente económico para que éste formase un equipo de su confianza, lo que exigía la salida de las figuras claves del «barrerismo» en los ministerios económicos. Y lo ha conseguido. Y quería situar al joven Fernando Suárez en un puesto de mayor responsabilidad, como prueba de gratitud por haber sabido interpretar su actual línea política. Y también lo ha conseguido.

Lo que está menos claro es su grado de libertad a la hora de designar al sucesor de Utrera Molina en la Secretaría General del Movimiento. Fernando Herrero Tejedor es el consejero nacional que logró suprimir del Estatuto asociativo la mención expresa al artículo 16 del Fuero de los Españoles, como queriendo dejar claro que lo que allí se regulaba no era propiamente el derecho de asociación política para todos los españoles por el simple hecho de serlo. También sonó el nombre del nuevo ministro secretario como uno de los inspiradores de «Alianza del Pueblo», el intento de asociación política «movimientista» que ya se da por fracasado en muchos ambientes.

Es probable que Arias hubiera visto con buenos ojos a otra persona en Secretaría General. Por ejemplo, a Fernando Suárez, el nuevo ministro de Trabajo y vicepresidente tercero del Gobierno. Pero tal vez Arias haya medido previamente sus fuerzas y llegado a la conclusión de que eso sería demasiado pedir.

Reforzamiento de Arias

Quizá sea ese el mismo problema que el de la limitación de la crisis. Hubiera estado bastante justificado el cambio en otros ministerios económicos, pero también el Presidente habrá echado mano de su habilidad para llegar a la conclusión de que más valía cambiar sólo a cinco que echarlo todo a rodar. No se olvide que los ceses y nombramientos son propuestos por el Presidente del Gobierno al Jefe del Estado, siendo éste quien dice la última palabra. Y ya se sabe que el buen resultado muchas veces depende del cómo, del cuándo y del cuánto respecto de la presentación del tema.

Entonces, lo indudable es que la crisis del 4 de marzo significa un reforzamiento de la autoridad personal del Presidente del Gobierno. Y que la crisis ha sido di´ rígida por Arias, con la directa colat cion de García Hernández (vicepresidente primero), Cabello de Alba (vicepresidente segundo) y Antonio Carro (ministro de la Presidencia).

El equipo ministerial es ahora bastante más coherente y hará posible una recomposición programática e incluso una cierta reactivación política, con un mayor desahogo y una mayor capacidad de iniciativa para el Presidente. Lo que no significa la crisis es una superación del deterioro político a escala general a que yo me refería la semana pasada con cierto detalle. Pero este es otro problema.

El análisis concreto

En un análisis más pormenorizado de la crisis, habría que decir varias cosas. La salida de Utrera Molina y Ruiz Jarabo, el nombramiento de Fernando Suárez y la permanencia de Carro Martínez tal vez son las notas políticas más sobresalientes. La entrada de Herrero Tejedor en Secretaría General tendrá un alcance político que por el momento es muy difícil de precisar.

Los nombramientos de José Luis Cerón en Comercio y de Alfonso Alvarez Miranda en Industria componen la parcela más técnica de la crisis. Sé trata de hombres de la confianza de Cabello de Alba, como Nemesio Fernández Cuesta y Alfredo Santos Blanco (sus antecesores) eran hombres de la confianza del anterior vicepresidente económico, Antonio Barrera de Irimo.

Estas dos sustituciones entran plenamente dentro de la lógica política y, más concretamente, de la actual estructura del Gabinete ministerial, en el que la Vicepresidencia segunda es la más operativa a los efectos de equipo de trabajo y de disciplina del núcleo de ministros económicos respecto del titular de la Vicepresidencia y ministro de Hacienda.

La entrada en el Gobierno de José María Sánchez Ventura como ministro de Justicia habría que contemplarla desde tres vertientes. Por un lado, lo decisivo de la sugerencia que podría haber sido hecha por José García Hernández. Por otra parte, el indudable peso que en el ánimo de Arias Navarro habrá tenido el conocimiento de la buena imagen que en el palacio de la Zarzuela se tiene de Sánchez Ventura, que estaba unido por una estrecha amistad con el malogrado Jacobo Cano. Y lo «último», y no lo menor, sumar a un hombre perteneciente a ambientes católicos ahora no suficientemente representados: Sánchez Ventura, colaborador de Silva en Obras Públicas, fue director del Colegio Mayor «San Pablo», fundado bajo la inspiración de don Ángel Herrera.

De Utrera a Herrero

Las cosas se han puesto mejor para el presidente Arias, como estamos viendo. Pero recuerden ustedes los pasados catorce meses. ¿Cuántos vaivenes y alternativas se han sucedido en este lapso? ¿Quién puede garantizar que dentro de unas semanas no va a ser llevado de nuevo Arias Navarro a las cuerdas gracias a otra nueva arremetida ultra que, sin duda, se producirá? Entiéndase lo de ultra en un sentido muy amplio, que incluso puede acoger a posiciones que se revistan de un falso o acomodaticio 12 de febrero, que nada en absoluto tenga que ver con lo que fue de verdad, y cuyo mejor intérprete —Pío Cabanillas Gallas— tiene motivos para conocer mejor que nadie el poder de los ultraconservadores.

Se va Utrera y entra Herrero Tejedor. De momento, no se atisban cambios sustanciales en la política del aparato burocrático del Movimiento ni en el comportamiento frente al problema del asociacionismo político. Es posible que la personalidad de Herrero venga condicionada por una tonalidad jurídica que hiciera pensar en una mayor seriedad en el tratamiento del tema asociativo. Es posible que al cortarse el hilo directo con Marbella y Fuengirola la cosa gane algún punto de credibilidad.

Un pionero del pluralismo

Pero en ese terreno concreto sólo se hubieran propiciado cambios importantes con el nombramiento de una persona extraída de fuera del aparato organizativo o no vinculada al mismo por razones personales, históricas o biográficas. En definitiva, hubiera hecho falta un hombre con una mentalidad distinta, abierto incluso a la posibilidad del planteamiento de una supresión o de una radical transformación del propio aparato que tiene su cabeza en la madrileña calle de Alcalá. Yo dudo mucho de que Fernando Herrero Tejedor pueda llegar a ser ese hombre.

Para ser del todo justo, quiero recordar que durante su etapa de vicesecretario general del Movimiento, con Solís, en los primeros años sesenta, Herrero preconizaba ya el reconocimiento del pluralismo político. Ocupando aquel cargo, celebró una rueda de prensa en televisión en la que se refirió a cuatro grandes corrientes políticas que se movían dentro del Régimen, lo que tanto por el tema como por la solemnidad y audiencia era una novedad.

Carro permanece

La permanencia de Antonio Carro en el ministerio de la Presidencia es también una nota positiva, pues no en vano se trata de una de las personalidades más directamente interesadas en aquella política de apertura derivada del 12 de febrero. Ahora Carro debe encontrarse en una posición política e ideológica muy parecida a la de Fernando Suárez: el posibilismo de la evolución, incondicionalmente al lado de Arias Navarro y muy mal visto por el «bunker» y los más conservadores.

Nadie descarta ya que en los próximos meses pueda producirse otra crisis que terminase de recomponer el cuadro e incluso-que afectase a otros ministros que para ese momento hubieran sufrido serios desgastes. De los ministros que lo eran hace dos años, ya no queda nada más que uno: Allende y García Baxter, que se ha convertido en un verdadero experto en sortear crisis de Gobierno, ya que ha sobrevivido a cuatro, a los cuatro que se han producido en el corto espacio de veintiún meses: junio de 1973, enero y octubre de 1974 y marzo de 1975.

No seamos ingenuos

A este paso, pronto ya no tendremos nada que envidiar a los italianos en cuanto a la frecuencia de la crisis o a la corta duración de los ministros en sus puestos. No faltan quienes se preguntan, y concretamente refiriéndose a la crisis que acaba de producirse, si los posibles beneficios políticos que de la misma se deriven son suficientes para compensar los elevados costes económicos y las parálisis administrativas que inexorablemente acompañan a estos cambios.

Tendrán que pasar algunos días, e incluso algunas semanas, para que los efectos de la reciente remodelación gubernamental empiecen a notarse en la práctica, ya que en este momento no es posible otra cosa que la expresión de las anteriores impresiones políticas. Esta es una de las veces en que uno desearía equivocarse, pero creo que no es cosa de cometer la ingenuidad de concebir nuevas esperanzas. Mi comentario de la semana pasada está ahí y no tengo ningún motivo para rectificarlo en sus líneas esenciales. En cuanto a los matices, el juego ha comenzado de nuevo. Y la situación, indudablemente, algo se ha clarificado, lo que es un dato favorable por sí mismo.

 

< Volver