Autor: Fernández Santos, Ángel. 
   Algo más que un festival     
 
 Diario 16.    30/09/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ÁNGEL FERNANDEZ-SANTOS

Crítico de DIARIO 16 y enviado especial a San Sebastián

Algo más que un festival

En Euskadi, del abatimiento enrarecido se ha pasado a cierta euforia, a una exteriorización relajada del pesimismo político dominante. Puede tratarse de un ciclo, pero también de una necesidad de racionalizar un complejo asunto político hasta ahora abordado de manera demasiado visceral.

El primer día del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, un grupo —poco más o menos, un centenar— de militantes del nacionalismo radical vasco se manifestó ante la entrada al cine Victoria Eugenia. Sus consignas, ya conocidas, tenían no el habitual destinatario español, sino otro nuevo, el PNV.

Como si la lucha entre el independentismo vasco y las fuerzas estatales hubiese cambiado de eje y se hubiera convertido en un asunto interior dentro del propio nacionalismo. Y algo de esto hay.

La pequeña manifestación, que presagiaba mal porvenir para el desarrollo del festival, no volvió a repetirse. Y nada más fácil hubiera sido para estas personas que interrumpir en seco las sesiones. Al principio se temió que así ocurriese, pero el asunto se quedó en aquellos gritos testimoniales del dia de la inauguración. Los nervios de los organizadores peneuvistas se tranquilizaron.

Hacia fuera

Una interpretación superficial de este repliegue lo relaciona con el arraigo de esta tiesta del cine entre la población de San Sebastián. Ciertamente, interrumpirlo hubiera sido un acto de consecuencias políticas negativas para quienes lo hicieran, pero no creo que fuera por ese ficticio arraigo, sino por causas más generales y de alcance más profundo.

De dos años a esta parte, en el País Vasco se está produciendo una mutación ambiental sobre las condiciones de la lucha nacionalista y, dentro de ésta, ya no es el radicalismo abertzale quien impone por sí solo las reglas del juego. Los años de tensión y desgarro han atemperado las aristas de la dramática búsqueda de los vascos de sus señas de identidad. La fase de repliegue hacia sí mismos ha dejado paso a otra de signo contrario de mirada hacia afuera. Y esto es lo que ha salvado al Festival de San Sebastián de una interrupción violenta.

En Euskadi, y esto es perceptible a simple vista, del abatimiento enrarecido se ha pasado a cierta euforia, a una exteriorización relajada del pesimismo político dominante. Puede tratarse de un ciclo, pero también de una necesidad de racionalizar un complejo asunto político hasta ahora abordado de manera demasiado visceral. O puede tratarse, como me decía un amigo donostiarra, de algo mucho más simple: «La gente vasca no es distinta. Quiere vivir.» Y luego añadió algo que me sobrecogió: «¿Te has fijado en la cantidad de locos que circulan por las calles de San Sebastián?» Es exacto. En una ciudad de menos de doscientos mil habitantes, me topé en pocos días con media docena de perturbados, heridos mentalmente, con el psiquismo devastado y fijado en ilusorios mítines dirigidos a la estatua de Oquendo o al río Urumea. Son los trágicos despojos vivos de un violento combate interior, que sólo ahora escapa de su cerco visceral y sale fuera en busca de luz.

Aldeanismo

La miopía centralista sobre él País Vasco tiene proporciones de ceguera. La discreta retirada por el foro de la UCD en Euskadi, aparte de un monumental fiasco político para este partido, es el primer factor de normalización, porque no ha dejado tras ella ningún vacío político, sino un lleno que hoy por hoy cubre infinitamente mejor el PNV, pese a que este partido se rasgue las vestiduras antes que reconocerlo.

El País Vasco está dejando de buscar su identidad en su propio ombligo y buscar los rastros de ésta en el mundo, fuera de los estrechos limites aldeanos en que la atroz dinámica de los acontecimientos españoles le encerró.

Hechos tan aparentemente banales como la recuperación del turismo y el retorno masivo a Euskadi de gentes del resto de España, han comnocionado a la opinión pública vasca, que ha perdido suspicacia frente al visitante y ha modificado ostensiblemente sus formas de relación con las otras personas procedentes de otros lugares de España. Y ahí es donde hay que situar tanto la función, como la buena marcha del festival.

 

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