Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Jesuitas     
 
 Diario 16.    14/10/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

curros Y SUSURROS

José Luis Gutiérrez

Jesuitas

A mí me encantan los jesuítas, esas cosas suyas de la disciplina, el cilicio y el lavado de cerebro a los alevines. Cuando yo era pequeño, tuve la ocurrencia de leerme el «Ulises» de Joyce —en inglés, porque aquí aún no estábamos preparados para la traducción— y quedé prendado de aquel ordenadísimo caos narrativo, tan ignaciano y sistemático.

Pues bien, hoy están de actualidad dos jesuítas, o por lo menos uno que lo es, y otro que lo ha sido. El que lo ha sido es Xabier Arzalluz, presidente del PNV, que acaba de organizar una buena con sus declaraciones diciendo eso de que: «Sólo nos pararán con las armas en la mano, como en el 36.»

Pero, ¿qué le ha pasado a este hombre? Yo hace tiempo que no hablo con Xabier, y bien que lo siento, porque en sus tiempos de diputado solía mantener alguna larga charla que otra con él en los pasillos del Congreso.

Siempre me encantó su sensatez, su moderación, su inteligencia, aguda y refinada.

¿Por qué hace estas cosas Xabier? Posiblemente, esta frase, dicha en el interior de una declaración informal más amplia, con entonación coloquial, y en Euskadi, no tenga la transcendencia que le otorgan los titulares de primera en Madrid. Pero, de todas formas, Xabier ya es un experto en esto de las declaraciones, y debería cuidar más sus frases.

Yo me acuerdo de que allá por los años 59-61 Xabier andaba de párroco en una parroquia de Francfort que, casualmente, estaba al lado del zoo, y que me parece que se llamaba Heilige Geíst o algo impronunciablemente similar. Pues bien, ya entonces Arzalluz andaba con el kaiku mental, y poco más de un año después le echaron. Los españoles que allí habla —valencianos, extremeños y andaluces, principalmente— le llamaban El Fascista, por su intransigencia y aquel suave tufillo racista y separatista que emanaba de sus charlas. Por lo visto, en aquella parroquia, para el cura no había nada más que un problema del cual hablar: el vasco.

Pero a mí también me gustaría que, de vez en vez, se diera una vuelta por Madrid, para que viera el efecto tan bonito y gracioso que hacen esos huevitos con los que, de vez en cuando, nos obsequia.

Y es que Xabier, cuando viene a Madrid, en lugar de hablar con la prensa,´ se dedica a visitar en secreto al duque de Suárez, don Adolfo. Recientemente, ha acudido, al menos dos veces, al despacho que Suárez tiene en la calle de Antonio Maura. No se sabe a qué.

EL otro jesuíta, que lo sigue siendo, es José María Martín Patino, una de las cabezas con mejor fontanería de nuestra clase política. Porque José María es, no nos engañemos, un político, y como tal funcionaba, siendo el Richelieu particular del cardenal Tarancón.

Pues bien, ayer noche José Mari pronunció una sabrosa conferencia en la que, entre otras cosas, vino a decir que para ser católico no hace falta, ni mucho menos, ser conservador y que no se puede mezclar la ideología con la fe.

Trazó un profundo y meditado análisis de los males que afligen al hombre contemporáneo —entre otros, el vivir en un «mundo sin hogar»— que depende del macrosujeto de la técnica, criterio que le hace coincidir con los pensadores de la llamada Escuela de Francfort -también, también José Mari estuvo en la misma parroquia que Arzalluz— como Adorno o Mareuse. Y dijo que es necesaria una recuperación de la moralidad —sentido amplio— y que los mayores enemigos de la democracia son los que, desde dentro de ella, actúan irresponsablemente, sin tomar las actitudes y decisiones por miedo a la impopularidad o por otras razones, en las que se juega el destino de toda la comunidad. Estos jesuítas...

 

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