Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   Cortes constituyentes     
 
 Ya.    05/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 26. 

CORTES CONSTITUYENTES

TEOFILO Gautier hizo su famoso viaje a España en 1840. Entró por Irún y allí, en

un palacio antiguo convertido en ayuntamiento, vio por primera vez la plancha de

yeso blanco con la inscripción "Plaza de la Constitución". Y el viajero comenta:

"No podía elegirse mejor el símbolo. Una Constitución sobre España en una

pellada de yeso sobre granito."

Entrante siglo y medio, sobre la dura piedra del pueblo español, van a

depositarse las pelladas de yeso con las que cada fracción de ese pueblo

pretende eternizar su idea del futuro. Sólo consiguen que se mantengan el mínimo

tiempo Indispensable para que la fracción rival eche abajo la orgullosa

inscripción y ponga en su lugar la suya, destinada a sufrir la misma suerte.

Nunca los españoles se pusieron de acuerdo sobre lo que había que poner encima

del granito. El montón de yeso de las sucesivas inscripciones deshechas es la

historia del constitucionalismo español.

Yeso sobre granito

Está hecho el cálculo: siete constituciones, tres reformas parciales, dos textos

que no llegaron a entrar en vigor, dos que se quedaron en proyecto; un zig-zag

relampagueante en el que resplandecen dos luminarias tan cegadoras como

estériles, los dos grandes mitos, las dos frustraciones máximas: la Constitución

de Cádiz y la del 69..

La de Cádiz fue estrella que guió a medio mundo: a todos menos a quienes la

lucieron. Fue, ya se sabe, "la Pepa", porque se aprobó el día de San José de

1812. De "doña" la tratan los que se asombran de que desperdiciásemos aquella

oportunidad de incorporarnos al mundo moderno. Una pena, en efecto; pero es

Marañón quien nos presenta a aquellos legisladores como jacobinos, "esto es, la

representación de la máxima y de la más funesta superchería del liberalismo",

que "se interpoló en la evolución noble de la ilustración, convirtiéndola en

revolucionaria y retrasando su etica trayectoria". Y cuando Tierno Calvan

censura a aquellos legisladores porque "quisieron hacer la revolución sin el

pueblo" olvida una cosa: que no tenían pueblo detrás.

La izquierda se precipita, la derecha duerme. Todo lo que supo hacer fue anular

la Constitución "como si no hubiesen pasado tales actos y se quitasen del medio

del tiempo". Necesitó veinte años para elaborar el estatuto real. Veinte anos

atrás habría sido irresistible; cuando apareció sólo sirvió para hacer bueno su

epitafio:

"Aquí yace el estatuto, vivió y murió en un minuto."

Digamos tres años: los que lo separan del pendulazo hacia la izquierda que

representó la Constitución del 37, demasiado poco para los progresistas, pero no

lo bastante para impedir que el péndulo vuelva hacia la derecha (Constitución de

1845), y desde esta, por último (ya ha caido la Monarquía de Isabel II), a la

Constitución del 69.

"Un personaje en la historia de España", ha dicho Diego Sevilla, y una bandera

para la izquierda durante más de medio siglo, porque la propia izquierda se

encargo de que soto estuviera izada unos pocos años. Fue la Constitución de la

revolución de septiembre; la "Gloriosa", decían nuestros abuelos hinchando la

voz. Y la más convincente demostración de que la izquierda, que sabe imaginar,

no sabe luego realizar lo imaginado; y la explicación de que la historia la haya

hecho generalmente la derecha, mientras la izquierda ha tenido que contentarse

con soñarla.

La Constitución que duró

Prueba de lo que digo. Cánovas: este mediocre soñador, este eficaz realizador.

Sin embargo, la basede su Constitución era la misma que había tenido la del 45:

conciliación entre el principio constitucional de la derecha (la legitimidad

histórica de la Monarquía) y el principio constitucional de la izquierda

(soberanía nacional). Lo decían las monedas, esa Constitución que cabe en todos

los bolsillos y puede circular de mano en mano: "Don Alfonso XII, Don Alfonso

XIU, por la gracia de Dios y la Constitución, Reyes de España". Pero lo que en

1845 sólo tuvo unos años de vida, en el 76 se consolidó, por cuanto Cánovas

llamó a todos los partidos como nadie hasta entonces los había llamado, les

abrió las puertas de la Monarquía de par en par y consiguió asi que derecha e

izquierda colaborasen de forma que el texto constitucional correspondiera al dúo

que efectivamente se estaba ejecutando en et país.

El secreto del éxito: haber distribuido la Constitución entre los tres niveles

que distingue, comentándola, Fradle Clivillés: el plano histórico de la

Monarquía, lo que no se discute; el plano estrictamente constitucional, donde

hay que poner el texto legal, tan amplio como haga falta para que todos puedan

tenerlo como suyo, y más abajo, el plano de la práctica política, donde se

pueden realizar los cambios y gracias al cual fue posible que, sin tocar una

letra de la Constitución, la Monarquía de Cánovas, con mucho aún del Antiguo

Régimen, se convirtiese en la Monarquía parlamentaria de Sagasta y habría podido

llegar a ser una Monarquía democrática con Canalejas o con Alba, con lo cual

aquel régimen, que había empezado pareciéndose al de 1845, hubiera acabado

asemejándose al de 1869, que es todo cuanto se podía pedir.

Si no llegó hasta ahí y no duró más fue porque el régimen, que empezó

conciliando a las fuerzas reales de entonces y que en su capacidad de apertura

tenía su razón de ser, no supo asimilar a las nuevas fuerzas que surgieron

después. El nieto siguió el destino de la abuela y, como Isabel II medio siglo

atrás, Alfonso XIII se despertó un día sobre un trono montado en el vacio: fue

la República.

Una Constitución pora lo guerra civil

Que tenía que haber sido la Constitución republicana, lo vio claro Azaña: "la

menor cantidad de Constitución posible, breve, ligera, flexible, de tal holgura

y de tal hechura que todas las partes del cuerpo político español puedan moverse

cómodamente sin rozarse ni estorbarse"; no "una Constitución que fuera una

especie de geometría, dura, inflexible como el granito"; no "una Constitución

rígida, impuesta por un Parlamento fanatizado por una doctrina política".

Pues eso que "no" debía ser la Constitución es lo que fue.

"Una Constitución de izquierda, que va directa al alma popular", declaraba Asúa.

"Una sociedad estrecha, con numero limitado de accionistas y hasta con bonos

privilegiados de fundador", responde Alcalá-Zamora: "una Constitución que invita

a la guerra civil".

Me fijo principalmente en los que Ortega llamaba "cartuchos detonantes" y

ninguno como el religioso, gracias al cual, antes incluso de que la Constitución

fuese aprobada, media España estaba contra ella y el propio presidente de la

República alzar la bandera de revisión. Pero detonantes fueron también la

eliminación de la pieza equilibradora, que pudo haber sido el Senado, que se

maniatase al presidente de la República en sus funciones moderadoras, y una ley

electoral que, bipolarizando al país, lo llevó de bandazo en bandazo hasta que

zozobró la embarcación.

Los tres pisos de la Constitución

Después de cuarenta años estamos ante un nuevo periodo constituyente.

Negar que vaya a serlo el que inauguren las próximas Cortes son ganas de jugar

con las palabras, cuando esperan turno todos los grandes problemas nacionales y

la base del sistema ha cambiado tanto como supone pasar de la llamada

representación orgánica a la ideológica. La particularidad de las próximas

Cortes se la va a dar, en primer lugar, su origen (no la ruptura concebida

utópicamente como partir de cero, sino el impulso dado por los hombres y por las

instituciones del régimen anterior), y en segundo lugar, la continuidad de la

Monarquía concebida como eje y puntal de referencia e incluso como motor del

cambio, pero excluida de él, aunque, naturalmente, no pueda ser ajeno a las

profundas repercusiones del cambio lo que ella misma vaya a ser.

¿No estamos ante un planteamiento como el canovista? Aunque a nadie pueda hoy

ocurrirsele exhumar la rancia doctrina de la Constitución interna, que fue

predilecta de la derecha durante un siglo, y en vez de buscar la legitimación de

la Corona en la huella del dedo de Dios sobre el polvo de loa siglos, dicho con

retórica muy de la época, se prefiera fundamentarla en sobrias razones

funcionales: si la Monarquía es eficaz (y no parece que quepa duda razonable al

respecto), oponerse a ella, simplemente porque nos ha venido dada, sería

sencillamente un anacronismo. Y no es de las menores paradojas que los

comunistas lo entiendan asi y haya, en cambio, socialistas propensos a reincidir

en el fatal error que en su día denunció el socialista Ramos Oliveira de querer

sustituir los problemas auténticos del siglo XX, que son los sociales

(perfectamente compatibles con una Monarquía moderna), por los problemas

políticos, accidentales, del siglo XIX.

Apréndase también de la experiencia canovista (por algo fue, repito, la única

que duró) a distinguir los tres niveles o pisos de la Constitución: el ya

mencionado; más abajo, un texto constitucional, quizá no tan breve como para

encerrarlo, según pedia Balmes, en las dos caras de una moneda y hasta en dos

palabras: Rey por un lado y Cortes del otro, pero tan conciso y general como

para que todos quepan dentro, y más abajo todavía, la amplia zona de la libertad

para cuanto sea programa de partido. Una buena fórmula de elaboración podría ser

la siguiente: que quienes hagan la Constitución siendo mayoritarios piensen en

la Constitución que les gustaría tener cuando sean minoría.

¿Me atreveré a recordar la última lección de la historia?: desconfiad de la

brillantez. Fueron brillantes las Cortes de la "gloriosa", y a Edmundo de

Amicis, que nos visitó por entonces, ver en acción a Castelar o a Manterola, y

escucharlos le divirtió muchos más que las peleas de gallos y las corridas de

toros. Señores diputados, señores senadores: no aspiren a divertir. Ni a

divertirse. No se hagan espectáculo: ni para los demás ni para ustedes mismos.

Ningún vino se sube a la cabeza como las propias palabras. Fueron sobrias y

opacas las Cortes de la restauración, pero su obra les sobrevivió. Las

constituciones no viven por los discursos que las preceden, sino por los hechos

que las continúan. Nacen el día en que se firman, y nacen muertas si alrededor

de la cuna no hay más que una nube de palabras sonoras.

La foto recuerda la promulgación de la Constitución del 19 de marzo de 1812 en

Cádiz. Cuadro pintado por Salvador Viniaoro.

José María García Escudero

 

< Volver