Autor: Sánchez Agesta, Luis. 
 Las bases de una constitución. 
 Constitución y revolución     
 
 Ya.    28/06/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EDITORIALES Y COLABORACIONES

LAS BASES DE UNA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN Y REVOLUCIÓN

II

QUE problemas plantea la redacción de un nuevo texto constitucional? O mejor

dicho: ¿sobre qué supuestos políticos y sociales debe trazarse esa constitución

para que no sea una ortopedia que violente la naturaleza de la sociedad

española, ni un mero ropaje externo, extraño y ajeno también a la situación

social y política de esta España de hoy?

HAREMOS una mínima alusión histórica, porque el pasado forma siempre parte del

presente. Creo que el punto de partida hay que situarlo, y no hay en ello

ninguna evocación romántica, en las Cortes de Cádiz. Las Cortes de Cádiz

trataron, más o menos ingenuamente, de modernizar la estructura política

española, respetando aquello que creían respetable en el pasado de la historia

española. Como he dicho que esta evocación histórica va a ser mínima, me

limitaré a añadir que ese mismo fue el problema de todo el siglo XIX con su

sucesor inquieto de pronunciamientos y golpes de Estado, que Cánovas en 1876

creyó resolver con una constitución flexible, inspirada en la inglesa, que

estableciera un gobierno civil, con un amplio marco en que pudieran desarrollar

su política los partidos conservadoras y renovadores que aceptaban la monarquía

constitucional. Esa solución de Cánovas, aunque contenga un principio que merece

ser considerado, ya no es válida para hoy.

A lo largo del siglo XIX y con una especial intensidad entre los años 1921 y

1936 se han planteado a nivel de España y del mundo otros nuevos temas. De la

solución de Cánovas sólo queda el principio que estableció el pluralismo

político como base de un orden constitucional flexible. Los nuevos temas que se

han añadido son fundamentalmente tres. Lo que en aquellos años se llamaba la

"cuestión social", como un tema académico, es un problema vivo que domina

España, Europa y el mundo, como un intento de reabsorber y remodelar el

pluralismo ideológico en un pluralismo social, que aspira a nuevos niveles de

igualdad económica y de participación efectiva en el gobierno de los pueblos. El

segundo tema es la quiebra del principio Jacobino de la Francia "una o

indivisible", que había sido absorbido lentamente en la España del siglo XIX por

una especie de porosidad espontánea, desde la reforma provincial de Javier de

Burgos en 1835 hasta la promulgación del Código Civil en 1889. Un solo derecho y

una sola jerarquía administrativa establecían una unidad por la que discurría el

impulso del poder como una corriente eléctrica desde el centro hasta la más

remota provincia. El tercer tema, uno de los más trascendentes de la vida

española en los últimos cuarenta años, afecta a nuestra política internacional.

La España neutral que contempló impávida la guerra franco-alemana de 1870, la

primera guerra mundial, de 1914 a 1918, y que se mantuvo milagrosamente en la

orilla de la segunda guerra mundial, desde 1939 a 1945, tiene hoy firmados

tratados que la comprometen en las grandes tensiones internacionales, con un

nuevo frente de política mediterránea, y está curiosamente ilusionada con

incorporarse a una organización de defensa europea y a un proyecto en marcha de

una Europa supranacional. Nuestro Ejército tiene hoy claramente una misión

política exterior y una función de defensa nacional que lo constituye en una

garantía de la paz.

ESOS son los supuestos generales. A menos distancia hay una guerra civil que hay

que pensar, incluso por la distancia ya de dos generaciones, que empieza a ser

más historia que vivencia y que, por consiguiente, está superada. Y al referirme

a la guerra civil me reñero a lo que la precedió y a lo que la siguió. Al

intento de una revolución socialista y laica y a la ortopedia con que se la

quiso suprimir. Sin olvidar que, aún más próximos, hay doce años de indiscutida

prosperidad económica que han venido a cambiar la estructura social de España,

al menos en el aspecto fundamental de difuminar la silueta de un país que vivía

casi exclusivamente de la agricultura y que hoy posee una nueva y amplia clase

media urbana.

ES curioso que en estos grandes planos históricos hay que dedicar casi tanta

extensión a los tres años últimos, porque en ellos ha tenido lugar una rápida

revolución política realizada con un mínimo de violencia, cuyas consecuencias es

necesario también tener presentes. Las consecuencias de esta revolución política

que comienza en 1974 son de una parte la aceptación de un principio democrático

que comenzó invocando la participación del pueblo español para terminar

afirmando que la voluntad del pueblo debe decir la última palabra sobre su

destino, y que esta voluntad debe manifestarse en unas Cortes que sean

constituyentes, esto es, que re-creen de nuevo el orden constitucional.

EN segundo lugar se ha aceptado también un pluralismo político que desde

aquellas

tímidas asociaciones de acción política han llevado a la afirmación de la

libertad para constituir partidos políticos. Incluidos aquellos con una vocación

social tan avanzada como el Partido Comunista. E incluso se ha abierto la puerta

a un pluralismo socioeconómico, desde el reconocimiento de las asociaciones

profesionales dentro de la Organización Sindical, a la libertad de

organizaciones sindicales. En línea paralela se ha desarrollado y se han

reconocido a nivel internacional los derechos públicos que contienen la esencia

de la libertad.

Por otra parte, todos reconocen hoy la realidad de las regiones, y en el pulular

de partidos embrionarios antes de las elecciones, los hubo que definían hasta un

regionalismo andaluz y castellano. Este es quiza el único dato de este proceso

revolucionario en que ha habido más consenso y menos realizaciones prácticas,

aunque no debamos olvidar las normas de rango administrativo que han autorizado

la enseñanza de las lenguas regionales y la solemne devolución a las provincias

vascas del peculiar régimen que les concedió la Monarquía de la Restauración.

TAL es el resultado de esa pacífica revolución acelerada que deja poco que

innovar a unas Cortes Constituyentes. Esas Cortes no pueden hacer una

revolución, porque ya está hecha. Es claro que a pesar de todo pueden

intentarla. Y ahora seria, de una manera clara, en el orden económico-socinl, en

la enseñanza y en la cultura; en suma, atenazando la lihertad. Si la oposición

socialista es fiel al lema con que se dirigió a sus electores, "socialismo es

libertad", no puede pretender que la Constitución contenga la promesa de esa

revolución. Pero también tiene derecho a que no se cierre el camino a una

legítima participación en el Gobierno si el sufragio le confiara ese mandato.

SI el nuevo orden constitucional quiere ser una verdadera reconciliación, tiene

que dejar puertas abiertas a los programas de las fuerzas que han acusado su

presencia en la arena política española. Y tal es el nuevo compromiso en el

orden económico, social y cultural que supone modernizar una sociedad en el

siglo XX.

Luis SÁNCHEZ AGESTA

 

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