Autor: Sánchez Agesta, Luis. 
   Las bases de una constitución     
 
 Ya.     Página: 7,9. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

LES Y COLABORACIONES

Pág.7 ya

LAS BASES DE UNA CONSTITUCION

I

YA tenemos unas Cortes que son reflejo de la voluntad popular. Ante todo tendrán

que establecer su propio reglamento para regular sus deliberaciones. Después, es

probable que orienten esas deliberaciones a la redacción de un nuevo texto

constitucional. Conviene, quizá, que empecemos a hablar de lo que una

Constitución significa.

UNA Constitución puede concebirse como un plan, esto ea, como un programa para

el futuro, que fija una serie de metas que suponen una transformación del orden

existente. En profundidad, ese plan puede comprender no sólo la estructura del

poder, sino la remodelación de las instituciones sociales como la propiedad, la

familia o la empresa. En todo caso, la Constitución es en cierta manera la

expresión de un programa de cambio, de reforma o de revolución para el futuro.

Incluso alguna vez se ha dicho que una Constitución podía ser la sustitución de

una revolución por la promesa de una revolución.

OTRAS veces, la Constitución puede presentarse como un instrumento para proteger

jurídicamente un orden que ya existe. La pasada discusión sobre el valor de

aquellos Principios Fundamentales que eran, "por su propia naturaleza,

permanentes e Inalterables", es el mejor ejemplo de ese sentido conservador de

un orden ya existente que pueden tener las normas constitucionales. Por su

carácter de ley fundamental estable puede, en cierta manera, decirse que toda

Constitución tiende de forma espontánea a realizar esta función. Pero este

carácter se acentúa cuantas veces se le quiere confiar la defensa de principios

que quieren dejarse fuera de toda discusión. Realmente, todo orden

constitucional es en cierta manera una lanza y un escudo. El tino está en saber

dosificar esa capacidad del cambio y protección que hay en las fórmulas

jurídicas de todo orden constitucional.

LA Constitución, ante todo, es una organización del poder que define quiénes

participan en el poder del Estado, cómo se sucede en ese poder, cómo se articula

ese poder y cómo puede limitarse ese poder. Esto es lo que comunmente se llama

unas reglas del juego, que abren canales de participación en una sociedad

pluralista, estableciendo cauces pacíficos para el acceso, la sucesión y la

limitación del poder. La Constitución es también, ineludiblemente, una

proclamación de los valores que dan su perfil a un régimen político. Proclamar

un principio democrático, o una orientación social, o afirmar la libertad en un

texto constitucional no son expresiones huecas o retóricas, sino definir los

principios que deben influir en todo el ordenamiento jurídico futuro. Estos

principios señalan caminos. Y aunque por su propia naturaleza tienen un carácter

general, precisan formularse con mesura que no convierta lo accidental en

sagrado y deje abierta la posibilidad de las diversas interpretaciones que en

una sociedad pluralista pueden darse a esos principios.

Creo que en muchos aspectos la redacción de un orden constitucional será una

tarea fácil, porque bastará con encontrar fórmulas para expresar las nuevas

realidades políticas que se han definido apresuradamente desde 1975. Pero no

debemos olvidar que hay un punto central en que la Constitución tiene que hacer

nuevos planteamientos. Me refiero a la organización territorial del poder, a la

que se alude comúnmente como regionalismo, autonomía o federalismo. Quizás en

ningún punto como en éste es necesario equilibrar ese doble sentido de programa

de un futuro y garantía de un orden que toda Constitución representa. La

Constitución tiene que ser programa, porque aquí se trata, efectivamente, de

rentodelar una estructura del pasado que no se considera deseable. Pero

garantía, porque las regiones, de una parte, y la integridad de España, de otra,

necesitan la prenda de una definición constitucional que fije el qué y el

cómo. El problema es aún más complejo, porque hay regiones que se sienten más

regiones y nos adentramos en un problema nueva en el que apenas hay

experiencias en lo que a España se refiere.

RESPECTO a este y a otros problemas, creo que debemos recordar algo que no es

un principio, pero que vale más que un principio. Con unaimagen plástica,

diríamos que el derecho es como la piel de una sociedad. Y que esa piel de un

derecho escrito tiene que adaptarse a la estructura corporal que, en cierta

manera, define y modela.

Porque hay dos graves errores que se pueden cometer al definir juridicamente la

estructura de la sociedad española. Uno sería considerar ese carácter exterior

de la norma como un mero ropaje que

sirve de adorno al servicio de modas o caprichos de nuestros legisladores.

Correríamos el grave riesgo de hacer una Constitución de papel partí epatar con

nuestra ostentación democrática, socialista o mas simplemente Innovadora. El

otro riesgo es concebir la Constitución como una ortopedia externa que violenta

el cuerpo natural para establecer con el instrumento de la ley las reformas

deseadas por unos constituyentes revolucionarios.

SI la Constitución es para todos, es claro que supone un acuerdo de todos, y ese

acuerdo, por su propia naturaleza, engendra el compromiso. Y de ello deriva una

importante regla de procedimiento; antes de redactar un texto constitucional

conviene llegar a un acuerdo sobre las bases del proyecto.

Luis SÁNCHEZ AGESTA

 

< Volver