Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Constitución de una Monarquía nueva     
 
 El País.    21/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Constitución de una Monarquía nueva

JULIÁN MARÍAS

Se ha publicado un breve folleto que contiene el mensaje de apertura de las

Cortes, pronunciado por el Rey el 22 de julio pasado. Me ha interesado vivamente

el hecho de que, tras la lista completa de diputados y senadores, se imprime en

el mismo pequeño volumen el primer mensaje de la Corona, pronunciado exactamente

veinte meses antes, en el acto de juramento y proclamación como Rey. Que se

pueda recordar literalmente lo que se dijo en ocasión distinta y en tantos

sentidos lejana, es una prueba a la que quisiera que pudieran someterse todos

los hombres políticos. ¿Cuántos y cuáles se atreverían? Personalmente sólo me

fío de los que sean capaces de afrontar la comparación con ellos mismos.

En el primer discurso, el Rey expresaba su deseo de actuar «como moderador, como

guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia». Y agregaba:

«Que nadie tema que su causa sea olvidada; que nadie espere una ventaja o un

privilegio.»

En el último mensaje, ha dicho que hablaba «como Monarca constitucional». A

algunos les ha sorprendido esta expresión, y se han preguntado cómo puede el Rey

ser constitucional si no hay una Constitución. Son los mismos que han hablado

interminablemente de la «Oposición democrática» cuando ésta no se había sometido

a ninguna votación ni elección. Estaba claro que esa Oposición decía que

pretendía ser democrática, que deseaba someterse a elecciones democráticas y

establecer una democracia. Es igualmente claro que el Rey, al llamarse

constitucional, dice que así se entiende a sí mismo, que pretende reinar de

acuerdo con una Constitución que habrá que redactar, discutir, aprobar

democráticamente.

Pero aquí se desliza un peligroso equívoco. Hay algunos comentadores que dan por

supuesto que si el Rey es constitucional, tendrá tales o cuales facultades o

limitaciones. Es decir, que dan ya

por aprobada la Constitución que tenemos que hacer. Tal vez piensan en

Constituciones pasadas; más probablemente, en algunas de las vigentes en otros

países europeos, dando por supuesto que tenemos que copiarlas. No ha faltado

quien ha propuesto el dilema de ser un rey «escandinavo» o un rey «árabe».

Parece que lo importante es imitar -a unos o a otros-, hacer algo que ya se haya

hecho, no ser original. No veo por qué el Rey de España vaya a ser un rey

«árabe»; pero tampoco me parecería adecuado que fuese un rey «escandinavo».

Preferiría que fuese un rey español, y sobre todo, de los decenios finales del

siglo XX, es decir, un rey circunstancial, de aquí y de ahora, capaz por ello de

seguir siéndolo creadora, inventivamente, en el futuro.

La mayoría de los reyes europeos son «residuales», en el sentido de que son lo

que ha quedado de la institución monárquica después de su hora de plenitud en el

siglo XIX -me refiero, por supuesto, a la monarquía constitucional-. Hubo un

momento en que se creyó que «la hora de las monarquías ha pasado», que son

«supervivencias», acaso útiles, y que tienden a reducirse a una función

«simbólica». Parecía que la forma adecuada de gobierno de los países modernos

era la República; el ejemplo de América era enormemente elocuente.

Es posible que esta actitud tuviera sentido; tal vez la historia marchaba en esa

dirección; pero la historia no está prefabricada, el futuro no está escrito.

¿Cuántas verdaderas repúblicas existen en América? Aparte de los membretes del

papel impreso de los documentos oficiales, la sustancia republicana se ha

evaporado de la mayoría, que son meras dictaduras. Más aún, habría que decir de

las repúblicas que se titulan «populares» o «democráticas», en que jamás hay

elecciones libres ni pluralismo político ni participación de los ciudadanos en

el poder. Hoy la decisión es otra: hay unos cuantos países -repúblicas o

monarquías- en que la democracia es efectiva; hay otros muchos -lo mismo da que

se llamen emiratos o repúblicas populares- en que nadie tiene derechos

políticos, en que el poder está en las manos indiscutidas de un hombre o una

camarilla.

Esto hace cuestionable el carácter «residual» de las monarquías; y, sobre todo,

no puede ser residual una monarquía que empieza, como la española. Hay que

establecerla de nueva planta, hay que imaginarla, inventarla, constituirla

circunstancialmente, en vista de la situación actual del país, de la función que

le corresponde, de los proyectos históricos para los cuales se establece y hay

que tener en cuenta que España es un país europeo, absolutamente europeo, la

primera nación moderna que ha existido, vieja de cinco siglos; pero que además

es algo que no son otros, uno de los países -el núcleo originario- de una

realidad histérico-social no menos efectiva que Europa: la comunidad de los

pueblos hispánicos.

Hay en el discurso de la Corona un pasaje decisivo, todavía más importante que

la declaración formal: «la democracia ha comenzado». Es lo que pudiéramos llamar

el reverso de la siniestra expresión «anti-España».

El Rey Juan Carlos ha dicho: «La Institución monárquica proclama el

reconocimiento sincero de

cuantos puntos de vista se simbolizan en estas Cortes. Las diferentes ideologías

aquí presentes no son otra cosa que distintos modos de entender la paz, la

justicia, la libertad y la realidad histórica de España. La diversidad que

encarnan responde a un mismo ideal: el entendimiento y la comprensión de todos.

Y está movido por un mismo estimulo: el amor a España.»

Si no me equivoco, son estas palabras las más realmente avanzadas que se han

pronunciado en España en medio siglo, el reconocimiento de la democracia

intrínseca, gozosamente aceptada en su contenido efectivo y no sólo como esquema

legal, la aceptación de la diversidad en las interpretaciones de España y sus

posibles caminos históricos. Pero, si entiendo bien estas frases, no significan

que cualquier opinión caprichosa valga tanto como otra, no equivalen a un ligero

«lo mismo da». Al contrario. «Hemos conseguido -dijo, unos minutos antes- que

las Instituciones den cabida en su seno a todas aquellas opciones que cuentan

con respaldo en la sociedad española.» Esto es decisivo en una democracia: el

respaldo de la sociedad. España afirma enérgicamente algunas opciones, respalda

minoritariamente otras, rechaza algunas. Y, en todo caso, esas opciones tienen

un cauce legal adecuado: «Hemos conseguido -continúa el texto- que haya un lugar

para cada opción política en estas Cortes.» Y el sentido de estas palabras se

aclara con las que siguen un poco más adelante: «Para la Corona y para los demás

órganos del Estado, todas las aspiraciones son legitimas, y todas deben, en

beneficio de la comunidad, limitarse reciprocamente. La tolerancia, que en nada

contradice la fortaleza de las convicciones, es la única via hacia el futuro de

progreso y prosperidad que buscamos y mereceremos.»

La clandestinidad, la violencia, el totalitarismo, quedan excluidos. El lugar de

las opciones políticas no es otro que las Cortes; y han de limitarse

recíprocamente para poder coexistir. Es decir, que su convivencia tiene primacía

sobre cada una de ellas, y una opción política, legítima en sí misma, que

pretenda afirmarse de manera intolerante y a expensas de las demás, con ese sólo

se excluye el marco de su licitud y pierde el derecho a ser reconocida.

Estas tesis me parecen adecuadas a un Rey en el sentido actual de este título.

No son tesis «políticas», que serían propias de un gobernante o un representante

de partido o un legislador. Son más bien normas que definen el ámbito de la

política. El Rey habla de «la función integradora de la Corona y su poder

arbitral». No está prejuzgando la Constitución del Estado -asunto de las Cortes-

ni está trazando una trayectoria política -menester del Gobierno-. Ni siquiera

se refieren sus palabras al aparato estatal en sentido estricto, sino a algo más

hondo y previo: a la Nación para la cual será ese Estado. Más aún, que como Jefe

del Estado, el Rey ha hablado como cabeza de la Nación.

Hay una frase en el discurso que me pareció de máximo interés: «Como Rey de

España, al tener la soberanía popular su superior personificación en la

Corona....» La soberanía corresponde al pueblo, es decir, a la sociedad entera,

a todos los españoles en cuanto pertenecientes a España en su integridad;

diputados y senadores son los representantes de esa sociedad, que en ellos se

expresa abreviadamente; y esa soberanía se personifica en la Corona, cuya misión

es precisamente velar por ella. Esto es lo que significa la expresión «Monarquía

constitucional». La Constitución española la harán las Cortes; pero lo que se

está haciendo ya es otra cosa: la consti-tución de una Monarquía nueva.

 

< Volver