Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Una tarde ha estallado en la historia     
 
 ABC.    12/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

UNA TARDE HA ESTALLADO EN LA HISTORIA

DESDE las diez en punto de la mañana —puntualidad taurina, la de Antonio Fontán— hasta las ocho en punto de la noche casi no he salido del Senado, que estrenaba su vieja sede; despojado de los fondos modernos de su fabulosa biblioteca, que volverá pronto, aunque sea por ley, y con todo el viento de la Historia en los nobles pasillos alfombrados. No voy a hacer una crónica parlamentaria, que y» la tendrán ustedes servida por los maestros de la tribuna; pero ´no puedo evitar la improvisación de comunicarles, a todo o nada, una intuición de historiador que me asalta desde media tarde; cuando ana enorme tensión política se desahogaba ordenadamente en una votación nominal que estallaba, al final, en un aplauso abruma 6 ora mente mayorltario; pero la tarde no se quedaba ahí. La tarde estallaba a la vez en ese nido de víboras que es nuestra historia moderna; la historia de las dos Españas enfrentadas a muerte, las dos Españas del «progresismo)} —obligadamente entrecomillado— y el reaccionarismo; las dos Españas del egoísmo y el trágala.

Verán cómo no me voy a las nubes. Por la mañana, después de una inteligente defensa encomendada a Enrique Fuentes Quintana y Landelino Lavilla, con el respaldo de todos los portavoces, el presidente Suárez presentaba al Senado los Pactos de la Moncloa. Bebo confesar que se me hacía dura la aprobación después del acuerdo extraparlamentario de Jos partidos; pero se palpaba casi físicamente el consenso en el salón presidido por la S coronada; 7 el discurso perfecto de Rafael Calvo, portavoz de U. C, D. y revelación definitiva de la Jornada, disipó mis dudas 7 las de muchos más. Y eso que ti discurso del portavoz socialista, correcto en el fondo, se había desviado innecesariamente hacia la coacción y casi la provocación.

A las cinco de la tarde —-esta vea la tensión superlativa curvó. un tanto la puntualidad— comenzaba el debate sobre la ley de Reforma Fiscal, dormida desde julio sobre la Mesa del Congreso; aprobada por el Congreso con ligeros empeoramientos y entregada al Senado por vía ultrarrápida, como si el Gobierno y el Congreso siguieran pensando que el Senado sigue albergando a los fantasmas del Consejo Nacional del Movimiento. Subía de punto la tensión porque la noche anterior, durante Tina cena con el ministro de Hacienda, los senadores de U. C. D. habían decidido, sin que el ministro se opusiese, ane la ley pasara a Comisión senatorial para mejorarla. Con esta idea —y no por absentismo premeditado— bastantes senadores del Centro regresaron a sus provincias después de la sesión de la mañana.

Pero en una reunión Informal del Gobierno —con asistencia del citado portavoz, Rafael Calvo—, que se prolongó allí mismo hasta las tres de la tarde, se decidió pedir al grupo parlamentarlo de U.C.D la votación para lograr la aprobación inmediata de la ley. para eliminar toda sospecha de martingala en la aplicación de los pactos recién aprobados (y posteriores al envío de la ley » Cortes) y para demostrar palmariamente que el Gobierno 7 la U.C.D. querían de verdad la reforma fiscal. Había, pues, que cambiar de frente en menos de dos horas; ¿resistiría. la joven e Imperfecta estructura de partido a la Justa petición del Gobierno?

Nuevamente entró en acción el portavoz Calvo. No me duelen prendas a la hora de las críticas; por eso pueden alcanzar alguna credibilidad mis públicos reconocimientos. Y la democracia Interna del grupo, convocado a rebato para las cuatro y media, funcionó asombrosamente. Muchos votaron en contra; algunos más a favor; después, la inmensa mayoría —la mayoría decisiva— votó sí a la aprobación Inmediata. Ahora es cuando entra la historia, Esa historia de la gran derecha española, que había frustrado la reforma Villaverde, y la reforma Alba, y la reforma Calvo-Sotelo, y la reforma Larraz, y la reforma Monreal, llegaba a- otra encrucijada. Los senadores de D. C. D. sentían —muchos de ellos incluso en su carne— el sacrificio, y sabían bien lo que exigían a su electorado. El ministro de Hacienda —que estaba allí— daba garantías para resolver, por vía reglamentaria. los perfeccionamientos que ansiaba el grupo; pero pedía, con serenidad política bajo la que yo adivinaba un contenido patetismo histórico, la aprobación. Y se fue al Consejo.

En un nuevo gesto innecesario de presión, el portavoz socialista, pidió votación nominal. Algunos jóvenes periodistas cantaban la rebelión interna de U. C. D. Hacían falta 165 votos para los dos´ tercios. Quiero expresar mi homenaje por los senadores que —a cuerpo limpio— se abstuvieron porque lo consideraban un deber; esa es la democracia. Se desgranaban los síes y subían, comiéndose la estela, sobre la noche de una Historia incrédula. La Mesa en pleno —qué espléndida explicación, qué espléndido gesto navarro el de Jaime Ignacio del Burgo— rubricó el consenso de la izquierda moderada 7 la derecha moderada sobre una ley imperfecta, llena de fallos, sembrada de peligros, pero que —como la democracia misma— era la mejor de las posibles, aunque también la peor de las Imposibles.

Naturalmente que media hora después la elección de la Mesa en la vital Comisión de Presupuestos se hizo en cinco minutos, por puro consenso también. U C. D. había hecho lo más difícil; devorar el trágala de sos adversarios socialistas, que al término de la jornada, otra vez en paz, volvían a ser émulos. Quedaba el Senado sólo con sus recuerdos, vivificados por esa tremenda esperanza recién abierta. No tengo más que la intuición —basada en el oficio de historiador y en un deseo incontenible de horizonte— para proclamarlo; pero creo, de verdad, que ha nacido una realidad diferente 7 hasta ahora teórica llamada Centra —que no es ni la derecha ni la izquierda— mientras una tarde estallaba en la Historia.—Ricardo de la CIERVA;

 

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