Autor: Suárez González, Fernando. 
   Mi visión del panorama     
 
 El Imparcial.    16/12/1977.  Página: 4,5. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

Mestre, Osorio García, Martín Villa, Sánchez Terán, Mayor Zaragoza o Suárez González (don Adolfo), es decir, la mejor estirpe de los subsecretarios del antiguo Régimen, no eran ya de la misma cuerda ideológica que Fraga,

MI VISION DQ PANORAMA

CUANDO a la reflexión sobre el programa político que desde el poder se piensa llevar a cabo se antepone el afán de alcanzar ese poder o de consolidad el que se tiene, se pueden obtener éxitos espectaculares.

Pero en la vida política hay también una hora de la verdad y ni siquiera ese gran fabricante de apariencias que es el actual presidente del Gobierno va a poder continuar eludiendo las dos cuestiones que me parecen claves de la actual situación poli-tica: Una, la frágil, por ficticia, consistencia ideológica de su partido. Otra, la necesidad -diria casi que histórica— de que el Partido Socialista Obrero Español pueda, sin trauma y sin escándalo, ser cuanto antes llamado a formar el Gobierno de Su Majestad.

Para demostrar lo primero no hacen falta grandes razonamientos: basta con anos trazos descriptivos.

El presidente del Gobierno, gran fabricante de apariencias La derecha tiene que resignarse a pasar una temporada en la oposición

LA REFORMA

Las singulares condiciones biográficas de don Adolfo Suárez, unidas a sus flexibles convicciones ideológicas, permitían al Rey-«motor del cambio»-disponer del gobernante necesario para la operación que había que hacer: Una reforma surgida del Régimen anterior, que era lo que se heredaba, pero que permitiera al Régimen que se abría con su reinado la incorporación de todas las fuerzas políticas, y, en último término, la normalización democrática de España.

Lia operación era difícil, pero no imposible. Aunque es frecuente leer alusiones irónicas a aquella célebre afirmación de que todo quedaba «atado y bien atado», no sé sLse ha prestado suficiente atención al hecho histórico de que el autor mismo de aquel sistema y de aquella frase terminara sus días pidiendo a cuantos habían colaborado con él «que rodeasen al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a él le habían brindado, y que le prestasen en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de ellos había tenido». Con esta sencilla frase de su testamento, Franco facilitaba

que los hombres de su Régimen y —sobre todo— las Fuerzas Armadas, que debían defender el orden constitucional, aceptaran cualquier tipo de reforma, siempre que estuviera claramente promovida por el impulso soberano y se realizara a través de las instituciones establecidad.

LOS URANDES PARTIDOS

No era, por tanto, ese proceso lo que podía acreditar la talla de un hombre de Estado. Lo verdaderamente delicado y difícil, en el momento germinal de la democracia, era contribuir a la articulación de las grandes corrientes políticas que habían de consolidarla, es decir, a la potenciación de una izquierda y-una derecha que -por democráticas- contribuyeran con su dialéctica al progreso pacífico y civilizado de España.

Resultaba, consiguientemente, vital que el prestigio de que gozaba entonces el poder constituido, más la autoridad moral que la operación reforma había dado a su protagonista, se emplearan en hacer surgir una derecha y una izquierda «centradas», moderadas, no aniquiladoras del contrario, sino dispuestas a aceptar serenamente el gobierno de aquél,´ a disputárselo limpiamente en las urnas y a cedérselo el día que las urnas así lo decidieran, sin caer en la tentación de apoderarse definitivamente de él.

LAS ELECCIONES

No tengo la menor duda de que ese proceso hubiera sido más espontáneo, más real, más sincero, y —si se me permite hablar así— más democrático, síel Gobierno "de la nación, incluido su presidente, hubiera tenido la grandeza de abstenerse en el juego electoral. Quizá t era pedir demasiado a quienes se habían encontrado con el poder por circunstancias que ya no eran repe-tibles, e imaginaban que, por las vías democráticas, iba a resultarles difícil volverlo a obtener desde la calle. Pero lo cierto es que ,

para consolidad su situación, tuvieron que desfigurar, muchas cosas y que improvisar actitudes que, a quienes conocíamos a los personajes, nos sorprendieron bastante más que el entusiasmo democrático del eurocomunismo.

LA COMEDIA CENTRISTA

En la creación apresurada y ficticia de la confabulación centrista, sus inventores tenían que lograr varios objetivos: De una parte, que la etiqueta de derecha nostálgica y franquista se atribuyera en exclusiva al verdadero rival ante las urnas, es decir, a Alianza Popular. Singular paradoja, por virtud de la cual los señores Cabanillas Gallas, Monreal Luque, López Henares, Benzo López Bravo, Federico Silva, López Rodó, Fernández de la Mora o Martínez Esteruelas, a cuyas órdenes habían prestado tantos servicios y efectuado tantos sacrificios. La cosa resultaba especialmente «picante» en el caso del líder, que la víspera de su designación era el ministro secretario general del Movimiento y la víspera de la víspera era presidente de la Unión del Pueblo Español, precisamente la formación política más nutrida de cuantas configuraron más tarde Alianza Popular.

¿Cómo hacer que la etiqueta de derecha autoritaria y franquista recayera eff los ex ministros y dejara incólumes a los ex subsecretarios? ¿Cómo conseguir que aquellos ex ministros fueran la coartada que permitiera el lavado de camisa de los ex subsecretarios? Pues uniéndose a media docena de amigos que se venían denominando «derecha no franquista» o «derecha democrática».

(Recuérdese, entre paréntesis, que uno de los vicios del Régimen era, precisamente, su derechismo y que lo verdaderamente incómodo era entonces ser de izquierda. Pero .debe reconocerse que también había algún sector de derecha que criticaba la situación.) Lo que ocurría era que esas figuras sólo tenían una «etiqueta"», un cierto «pedigree» y algún prestigio, y carecían de bases, de medios y de votos. Los organizadores de la consulta electoral podían poner los votos, los medios y las bases, a cambio de que aquéllos pusieran la etiqueta, el prestigio y el «pedigree».

LOS JUEGOS" CON LA IZQUIERDA

Pero aún faltaba más: Faltaba conseguir que las izquierdas no denunciaran todo el tejemaneje, que entraran en el juego y que contribuyeran con su ausencia a investir de legitimidad democrática a la coalición -tan llena de contradicciones como de oportunismo— entre los prófugos del franquismo y las derechas antifranquistas. Y para ello había que iniciar la política de claudicaciones que convertía a las izquierdas en decisivo condicionante de la situación. Recuérdese que éstas habían postulado la abstención en el referéndum sobre la ley para la Reforma, con resultados prácticamente ridículos. Recuérdese que el propio presidente del Gobierno había prometido no legalizar el Partido Comunista. (No digo que fuese posible o conveniente mantenerlo en la ilegalidad, digo sólo que lo había prometido.) Y, sin embargo, los deseos de las izquierdas fueron recibidos como órdenes, con tal de que no se pusiera en duda la «imagen» democrática de la nueva coalición. Se llegó incluso a aceptar que, en materia sindical, todo era válido, menos lo anterior. Y se" llegó a potenciar a la izquierda, colocándola muy por encima de sus reales posibilidades y prefiriendo su expansión a la de la derecha con que se competía. De esto debe saber mucho el señor gobernador civil de Teruel, y algún día lo leeremos en sus «Memorias». Espero no morirme sin averiguar a quien hubiera preferido el Gobierno regalar un solo voto en esa circunscripción, si al señor Zayas o al señor Martínez Esteruelas... En cualquier caso, las maniobras centristas contribuyeron a dividir a un electorado que debió permanecer unido y que aún no ha salido de su perplejidad.

LA SITUACIÓN

¿Y ahora, qué? Pues ahora se percibe con toda nitidez que el entro es un artificio. Que no basta ponerse un nombre —»le ñame ne fait pas la chose», dicen los cultos— para disimular su medular condición de derecha. Y que hacer en la España de 1977 un partido de derecha prescindiendo de las masas, los cuadros y los gobernantes que estuvieron con Franco, es como tratar de exigir cabellos rubios para otorgar la ciudadanía en el Congo Brazzaville. El entro es más simpático para el PSOE y para el PC que la derecha, que no se avergüenza de su nombre ni de su pasado. Pero ni el PSOE ni el PC le van a votar nunca, ni le van a ayudar definitivamente a mantener esa tertulia de portavoces tan poco democrática que es el actual Parlamento. Y la derecha que votó centrista en junio empieza a estar escamada, porque comprueba diariamente que ni los valores ideales en lo que cree ni los intereses materiales que defiende están

El centro es un artificio

Las maniobras centristas contribuyeron a dividir al electorado, que no ha salido de su perplejidad mbien protegidos por un partido más propenso a hacerse perdonar por la izquierda que a confesar su propia condición de derecha. Bien entendido que no es mi tesis la de que España necesite ahora una política de derechas. Mi tesis es, más asépticamente, que si la política que hace falta es de izquierda, deben hacerla las izquierdas.

Como en el centro se han mezclado mentalidades de todas las procedencias, eso no marcha. Para quienes conocemos las interioridades de la situación anterior resulta muy gozoso ver en el mismo partido al señor Gamir Casares y al P. Martínez Fuertes, al señor Esperabé de Arteaga y a don Jesús Sancho Rof, o a don Serafín Becerra y a don José Luis Meilán. Pero, bromas aparte, a los miembros de UCD, digan ellos lo que quieran, es mucho más lo que les separa que lo que, les une, y no lo va a arreglar esa especie de decreto de unificación que convierte al conglomerado centrista en un partido cuya indigencia ideológica podrían resumirse en el slogan «Adolfo, sí; comunismo, no», tan parecido al que más de una vez hemos criticado quienes pasábamos por progresistas (dentro de un orden) en el Régimen anterior. ¿O es que el liberalismo, la democracia cristiana y la social democracia sólo se diferencian en minucias? ¿Es que a los liberales les parece coherente ir a pedir permiso al, cardenal para, proponer el modelo de escuela? ¿Es que a los socialdemócratas les bastan las ideas socializadoras de Juan XXIII? Por decirlo con palabras del presidente del congreso, señor Alvarez de Miranda, un.partido sin ideología no es un partido, sino una suma de intereses e interesados.

LA HORA DEL PSOE

¿Y entonces? Entonces viene la segunda parte: El Rey ha debido leer -porque son muchos los historiadores que lo han escrito-que el fracaso de sus antepasados, que culminó en 1931, se debió a su carencia de sentido social, a su falta de entedimiento con la izquierda y a que, en el afán de gobernar sólo con los partidos dinásticos y de impedir el paso al socialismo colaboracionista, perdieron la oportunidad de incorporar a la Monarquía algunos ingredientes esenciales de la vida política moderna. El Rey conoce también la estabilidad de las Monarquías nórdicas.

Y el Rey acaso piensa que el cambio del que se siente motor y promotor no debe consistir sólo en que ´los mismos de siempre hagan una política distinta, sino en que gobiernen alguna vez —sin que se desencadene ninguna tragedia- los que, en una España monárquica, no han gobernado jamás.

La cosa no es sencilla. Pero si los señores González Márquez y Múgica Herzog mantienen a sus bases en la sensatísima línea que demuestran sus más recientes declaraciones; si el republicanismo del partido queda en su pura connotación histórica y no es una imprescindible exigencia del presente; si el antimilitarismo se ha superado; si no son partidarios de la economía estatalista y aceptan la de mercado, aunque sea para racionalizarla y superarla; si no ven en la Iglesia un adversario, los seculares problemas españoles pueden empezar a tener arreglo. El Partido Socialista Obrero Español dialoga con generales, se " entrevista con prelados y no pide menudillos de burgueses para merendar. Más cerca del canciller Schmidt que de Salvador Allende, más próximo a Besteiro que a Largo Caballero y más admirador de Indalecio Prieto que de Carlos de Buraibar, el PSOE parece haber asimilado las lecciones de su propia historia y, casi en vísperas de su centenario, parece dispuesto a contribuir a que las cosas en España sean como son en Europa, donde la existencia el gobierno de fuertes partidos socialistas democráticos constituyen serios obstáculos al avance del marxismo-leninismo y no suscitan psicosis de

zozobra en las gentes de orden.

Parece que esto lo sabe el Rey y es muy explicable que el experimento de un gobierno socialista se considere de interés prioritario en la Zarzuela. La derecha española, la derecha con visión de futuro, la derecha inteligente y no ansiosa de mandar, la verdadera derecha democrática, debe hacer el esfuerzo de entender que ese trámite es bueno para la consolidación de la democracia y seguramente indispensable para la supervivencia de la Monarquía.

(Entre paréntesis: Hay quien dice que el PSOE no puede aceptar ya el Gobierno," porque carece de cuadros preparados para las múltiples tareas en que la Administración se diversifica. No soy de ese parecer.

El PSOE no puede aceptar el Gobierno porque aún no ha ganado unas elecciones, pero cuando las gane aquella preocupación habrá desaparecido. Aparte de contar con más profesionales solventes de los que pueda suponerse, en el momento en que ofrezca cargos públicos podrá contar con cuantos expertos necesite, aunque actualmente militen en el Centro).

EL FUTURO DE LA DERECHA

La derecha, pues, tiene que resignarse a pasar una temporada -mejor pronto que tarde— en la leal oposición, colaborando con su crítica en la obra socialista de gobierno, que será, además, austera y honesta. Pero tiene también que decidirse a organizarse conforme a la verdad y no a las apariencias o a las conveniencias del momento. Para la derecha es siempre cómodo votar a quien está en el poder y de ahí que un paréntesis tenga una gran virtud purificadera: Cuando gobierne el PSOE, la derecha votará a sus verdaderos líderes, a quienes tienen ¡deas, talento, capacidad y peso específico, no a quienes lo improvisan todo, menos los discursos.

Por eso, cuando abandone el poder y resulte supérfluo el regio apoyo, el presidente Suárez no será ya el líder de la derecha.

Este es el largo razonamiento que me ha permitido decir hace poco que don Adolfo Suárez es coyuntural y que de quien depende de verdad la implantación en España de una democracia duradera es de don Felipe González. De ahí la esperanza que me suscita, y que tan sorprendidos tiene a algunos de mis amigos.

FERNANDO SUÁREZ GONZÁLEZ

 

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