Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Los dos antecedentes     
 
 ABC.    19/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LOS DOS ANTECEDENTES

Por Ricardo DE LA CIERVA

La pregunta afloraba ya, cada vea con más pujanza, desde que la transición empezaba a ser posible. La pregunta se ha convertido, en medio del serenísimo frenesí electoral, en una cascada. ¿Cuándo había pasado esto en España? ¿Hay algún antecedente par» este milagro? Nuestros hermanos de Portugal, más tranquilos y seguramente más políticos que nosotros, no pudieron evitar, para su transición el trauma de las instituciones y de las clases; claro que ellos, en su 23 de abril, combinaban explosivamente a dos de nuestros años críticos, 1931 y 1898. Nosotros, desde un 20 de diciembre y un 20 de noviembre, arrancábamos y acelerábamos hacia, el futuro por un camino enteramente nuevo. ¿Enteramente?

No del todo. Con tantísima Historia como llevamos en el alma, tenía que haber resonancias históricas en esta vía española a la democracia. No son fáciles de encontrar; pero ahí están. Para detectarlas, y para explicarlas, hay que recordar algo que se olvida continuamente: que ¿a Historia la hacen los pueblos y no sólo los aparentes protagonistas; que la Historia no es un ramplón determinismo económico, sino también un inmenso juego de libertades y voluntades humanas. Por supuesto que ni el triunfalismo ni el marxismo podrían explicar un adarme de estos dos antecedentes; porque el triunfalismo y el marxismo no son métodos para reconstruir y comprender la Historia, sino para manipularla. Ya lo han visito ustedes en esta campaña, y no voy a hablar de los grandes manipulado! .I ya presentados en esta misma página. La propaganda de cierto partido en Murcia— por cierto, excelente de fondo y forma— ha cometido el desliz de atribuir a Indalecio Prieto —aue además nunca fue marxista, sino socialdemócrata— la pat«r»aJidad del trasvase: mientras un gran periódico de Madrid arremetía con rabieta infantil contra el trasvase, ahora que el agua está a nun-to de llegar. Pues no. El trasvase arranea de la concepción genial de Manuel Lorenzo Pardo, en el marco regeneracionista que implantó, en nuestras cuencas desordenadas, don Miguel Primo de Rivera.

Pero rayamos a cosas serias. Las colas de votantes a las nueve de la mañana del día 15 reflejaban tal decisión en los rostros, tal seguridad en la interminable, pero inexorable marcha hacia las urnas, que demostraban por encima de todo una cosa: el pueblo de las Españas había asumido realmente esa soberanía que te atribuyó, en una. de sus primeras declaraciones, el Gobierno de la verdadera transición; tras las vacilaciones del Gobierno de la transición aparente. Eran otra vex las Juntas Provinciales de 1808; ése es el primer antecedente. También entonces se habían vaciado las instituciones del antiguo régimen; mientras el pueblo y sus nuevos conductores mantenían la fe en la Corona, único engarce con todo lo que se podía salvar del pasado. El antiguo régimen, vacío, se desmoronaba El Consejo de Castilla volvía la» espaldas al pueblo. Las Audiencias marchaban a la deriva. Un inmenso deseo de supervivencia nacional 7 de participación surgió de la antigualla política en ruinas —sin atacarla, simplemente marginándola— y creó las Juntas. En ellas figuraban hombres del pueblo que nunca supieron de política.; hombres de la oposición al régimen qne se había degradado, recomido de personalismos y camarillas, después de so penúltima etapa de cultura 7 progreso que se llamó Ilustración; porque nadie, ni menos el pueblo, condenaba entonces en bloque al antiguo régimen fuera de algún oportunista demagógico. Por último, no faltaban en las Juntas personas que sirvieron con honestidad y vinculación popular a las instituciones del antiguo régimen; y no debe olvidarse que era un hombre del antiguo régimen el principal inspirador de las Juntas y de las Cortes Constituyentes nacidas de ellas, don Gaspar Melchor de Jovellanos.

Primer antecedente, pues, para la transición de 1977, la transición de 1808. Con la diferencia de que entonces Europa apuñalaba por la espalda; mientras ahora apoya y espera. Quien durante las cuatro semanas que acabaron el día 15 de junio se haya reunido cien veces con un pueblo en marcha, sin intermediarios, comprenderá esa hondísima sentencia del diputado-periodista Luis Apostua: «Las elecciones han demostrado que la clase política —extinta— nada tenía que ver con el pueblo español.» Y habrá visto renacer a la vera de todos los caminos de España, el milagro de las Juntas Provinciales.

El segundo antecedente responde, «a sensu contrario», a una pregunta que nos han hecho estas semanas desde los rincones deJ miedo. ¿Pero de verdad no hay en estas elecciones nada parecido a lo que sucedió en 1936?

Conviene contestar al miedo desde la serenidad total. No hay aquí nada parecido a 1936; es otra España. Allí se votó la guerra civil; aquí se ha votado la cancelación definitiva no ya de la guerra civil, sino del miedo que, a través del odio, la originó, según la profunda respuesta de Manuel Azaña. Ya lo han visto ustedes: se han hundido los programas y los proyectos del miedo. Y es que nuestro pueblo no tiene hoy, como por desgracia tenía en 1936, miedo de sí mismo.

Pero hay en la primavera de 1936 un antecedente singular y positivo; nuestro segundo antecedente.

Cuando el ala bolchevique —se llamaba así— del socialismo y el ala reaccionaria de la derecha, nos llevaban a la hecatombe, an hombre de la izquierda moderada —Bugueda, del P. S. O. E.— y un hombre de la derecha moderada —mi maestro Larraz— se reunieron para improvisar un Centro moderado y con los moderados de la derecha —Giménez Fernández— y los moderados de la izquierda —Indalecio Prieto.

Este formaría un Gobierno bajo_Ia recién inaugurada presidencia de Azaña que podría salvar á España de la guerra civil. Por desgracia, la intransigencia de bolcheviques y reaccionarios —Larraz era muy duro recordando la actuación de éstos— hundió al gran proyecto, y con él, a España.

Me asaltan estos recuerdos trascendentales en dos momentos de la campaña. Primero, cuando el Rey recibía a don Felipe González, sucesor de Prieto, al frente del Partido Socialista Obrero Español.

Segundo, cuando en la noche más larga de la transición, ya con el alba del 16 de junio, el líder de la derecha moderada murciana,, Joaquín Esteban Mompeán, abrazaba al líder de 1» izquierda moderada.

Ciríaco de Vicente, una vez que se dividían por igual loa escaños del Congreso. No pude decirles más que una palabra. «Estáis haciendo realidad el sueño de Prieto.»

Desde ese momento, el futuro carecía ya de antecedentes.—R, DE LA C.

 

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