Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Tribunos de la plebe     
 
 Hoja del Lunes.    07/03/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

7 de marzo de 1977 — PAGINA 3

TRIBUNOS DE IA PLEBE

Menuda forma de terminar la semana, incluso para quien ha aceptado a todo riesgo la pertenencia a la profesión más peligrosa del mundo. Un colega nerviosillo pretende insultarme al compararme con Emilío Romero y Luis María Ansón; no me pedía dedicar mejor alabanza. Los tres nos hemos comunicado, públicamente, caballerosamente, nuestras discrepancias; los tres llevamos a cuestas la enorme responsabilidad de haber ganado a cuerpo limpio los tres grandes premios del periodismo español contemporáneo. Y eso se perdona menos desde ámbitos dominados, en el fondo, por formas vergonzantes del intrusismo.

En ejercicio de esa profesión, que congrega a millares de aspirantes—idealismo puro—en las Facultades de Ciencias de la Información, topé, a mitad de semana, con la Iglesia. No sin pronosticar que mi reportaje sobre el cardenal Tarancón me acarrearía inmediatamente broncas y desmentidos. Llegaron a vuelta de correo. En solemne recuadro de la tercera de "ABC", mi amigo José Luis Martín Descalzo — que tuvo la nobleza de hacerme una prenotificación—dice que nadie va a desmentirme; como si su recuadro no fuera un rotundo mentís. Y en sabia combinación de celo apostólico y santa indignación, me dice que "he caído en la trampa", que mi crónica es un "monumento de frivolidad, pues no hay en ella una línea que se sostenga en pie"; que "todo esto es disparatado"; que "incurro en grave desinformación"; que "es evidentemente contrario a la realidad"; que fue testigo de altas sorpresas "ante noticias tan poco

serias", e ainda máis.

Alguna diana muy oculta habré tenido que perforar; alguna liebre gordísima habré tenido que espantar cuando se me prodigan unos juicios de valor tan impregnados de caridad cristiana; aun advirtiendo que el padre Martín Descalzo es un acreditadísimo hombre de teatro y un reputado autor de ficción, además de cumplido periodista independiente.

No voy ahora a polemizar con él, líbreme Dios. Sólo querría indicarle que jamás afirmó que mi detectada conspiración estaría a punto de defenestrar al cardenal; y que cuando me refería al centralismo democrático de la jerarquía creía insinuar una sutil alusión que nada tenía que ver con la Democracia Cristiana, como advertirá Martín Descalzo si reflexiona sobre el término. Pero que me sirvió para que el informadísimo periodista eclesiástico me comunicase otra primicia: el grupo de obispos qae favorecen de manera militante la creación de una Democracia Cristiana formal en España, a pesar de las experiencias italianas, son unos doce en la Conferencia y dos en la Permanente. Esto ya no me lo desmentirá mi admirado amigo.

En mi conversación le fui enumerando una por una las bases de mi crónica, los materiales de partida.

Nada pudo objetarme sobre casi todos ellos; sólo se opuso a dos. Luego el mentís no se, refiere a mis fundamentos, sino á mis deducciones. De una serie de tomas de posición contra el cardenal y su política, yo deducía una convergencia, es decir, una conspiración. No veo otra explicación lógica. Pero si me equivoco, o si esta información sirve para que las bases de ataque moderen sus agresiones—de alguna de esas agresiones, formulada en muy altas esferas, he sido testigo presencial y contradictor casi furioso—, bienvenidos sean los mentises y los broncazos. Contra lo que parece suponer Martín Descalzo, mi crónica no ha sido un conjunto de ráfagas, sino un meditado estudio de balística, con el objetivo oculto por hirsutas colinas. Y como él sabe bien, si me hubiere equivocado—porque no soy infalible—, mi error sólo nacería de mi afecto y mi admiración por el cardenal.

Pero dejemos a un lado la anécdota. En estos tiempos predemocráticos, los hombre de la información nos dividimos, más o menos, en hombres de la comunicación—los periodistas—y hombres de la incomunicación—los sucesores de la censura—. Cada vez veo más claro que no hay prensa independiente—con excepciones—, pero sí hay periodistas independientes, que consiguen a diario y a semanario mantener reductos providenciales de independencia en los grandes órganos de la comunicación dependiente. Da esta forma, sin prensa independiente, pero con periodistas independientes, se está logrando y cuajando en esta España difícil un periodismo independiente, que será objeto, en el futuro, de admirados análisis. Las excepciones a que antes me refería, los periódicos independentes, actúan como garantía y caldo de cultivo para asegurar el difícil equilibrio. . Las "Hojas del Lunes", por su carácter profesional, s e están incorporando, semana a semana, a este grupo excepcional de órganos independientes de prensa, que con tanto garbo y entre tan enormes dificultades capitanean un joven periódico de Madrid y un veterano periódico de Barcelona.

Los periodistas, en cuanto hombres de la comunicación, nos movemos en las peligrosas inmediaciones de un auténtico triángulo mortal de las Bermudas, cuyos vértices son la Iglesia, el Ejército y el Estado, que siguen muy recelosos ante cualquier información profunda; que, incluso en los últimos tiempos, han situado más a interior sus líneas de información pública. Ya que hoy hemos tocado el tema, no podemos negar el enorme esfuerzo de comunicación realizado desde 1965, más o menos, por la Iglesia española; pero tampoco debemos creer ingenuamente que .con una década de esfuerzos ha borrado ya la Iglesia española sus trece siglos de incomunicación informativa, sus dos siglos de cerrazón cultural progresiva, sus treinta años de simbiosis ´con el antiguo régimen, en el que actuó abiertamente, jerárquicamente, como legitimadora, como inspiradora ideológica, como salvadora en momentos críticos—1937, 1945, 1953—; como inquisidora hasta extremos inverosímiles, y hasta como encargada, indirecta y directamente, de la censura política cultural, en los momentos más intransigentes de esa censura. Estas amargas verdades se dicen sin ira; se confiesan desde dentro; pero se demuestran por si sólas.

En la ronda de ese triángulo mortal, en el choque diario con el sentido de la incomunicación profunda de las instituciones, los periodistas actuamos como tribunos da la plebe contra el hermetismo de nuestros optimates. Nuestro tribunado es, como el original, una institución forzada por la realidad y por la responsabilidad y por el servicio; una institución necesariamente incoherente; una institución casi siempre incómoda. Estamos solos en medio del turbión, sin más fuerza que nuestra debilidad; con riesgo permanente de atentados por la espalda. La incomunicación de los demás nos induce al error y a la caída.

No somos ángeles; aunque tratamos de devorar, firma a firma, nuestra abrumadora ración diaria da resentimiento. Y así vamos a seguir, aunque aquellos por quienes nos dejamos la piel sean los primeros interesados en taparnos, si pudieran, la boca.

RICARDO DE LA CIERVA nació en Madrid en 1926. Descendiente de familia murciana, es nieto del último ministro de Alfonso XIII, don Juan de la Cierva. Su periodismo, rabiosamente actual y ejercicio de importantes publicaciones del país, despierta cada día, cada semana, la admiración o la inquina.

Universitario de vocación permanente, licenciaturas en Filosofía Pura, Ciencias Químicas; doctorado en Ciencias Fisicoquímicas; catedrático de Geografía e Historia; profesor agregado de Historia Contemporánea de España e Iberoamérica en la Complutense.

Periodista por encima de sus demás vocaciones y profesiones; técnico de Información y Turismo del Estado—tercera de sus oposiciones—, posee numerosos e importantes pre-> mios.

Autor de un millar de artículos y de 19 libros sobre historia contemporánea de España, ha sido entrevistado más de doscientas vocws.

Es director de "Nueva Historia", redactor político de "Opinión" y columnista y crítico de libros históricos de "El País".

"Me siento—dice—profundamente cristiano, aunque nada burócrata-cristiano."

 

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