Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El cansancio del presidente     
 
 ABC.    30/09/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

VIERNES, 30 DE SEPTIEMBRE DE 1977. PAG. 3

EL CANSANCIO DEL PRESIDENTE

Por Ricardo DE LA CIERVA

LA primera revista semanal del mundo, tan inimitable que quienes tratan de copiarla recaen en la caricatura, mantiene, desde los tiempos finales de Johnson, si no me falla el recuerdo, una importante sección dedicada a la Presidencia. No sé cómo lo definirá la Constitución, pero si núestra primera etapa monárquica se configuró como sistema bífido (y asi acabó) el sistema político preconstituyente, iniciado con el increíble ascenso de don Adolfo Suárez al Poder, podría definirse como un presidencialismo coronado, o mejor amparado por la sombra motriz de la Corona; pero nadie negará el carácter presidencialista de la singladura.

Por eso me parece tan importante política como periodísticamente el análisis periódico de la Presidencia.

Confieso que durante una larga conversación con el presidente a principios de esta semana el interés periodístico se sobrepuso ai político, y no digamos al personal. No voy a convertir aquella conversación, naturalmente, en una entrevista; porque la mejor defensa de la caballerosidad del presidente es su propia indefensión. Pero el inconcebible vacío Informativo en toda la galaxia del Poder parece ya una ofensa al público cuando se refiere a la, Presidencia. Algún medio marginal y seguramente agónico, obsesionado en salpicar al presidente con barro ajeno, olvida, como otros, cubrir la información elemental sobre la Presidencia; y seguramente por descuido del propio señor Suárez el público sigue viviendo de la resaca cansina originada en la campaña electoral o en los comentarios del equívoco viaje a Europa. A fuerza de multiplicar primero, y silenciar después a los´ portavoces, la Presidencia se ha quedado sin voz.

ENCONTRÉ al presidente del Gobierno terriblemente cansado. Había sido un lunes especialmente enloquecido, según pude enterarme en su secretaría particular, que es la más amable, competente y eficiente de las muchísimas que he conocido en mi vida. Con un montaje elemental, pero que funciona, allí no se deja sin responder, encauzar o tratar llamada alguna; y los parlamentarios de U. C. D., por ejemplo, se toman muy en serio el hilo directo con el presidente del Partido. Adolfo Suárez se echa encima un par de años cada mes, y no es una metáfora.

Está, sencillamente, identificado con su misión política; pero no se refugia en presunción alguna de anticipo histórico. Conoce a fondo toda la gama de ataques que se le dirigen; pero al revés de alguno de sus subordinados, quita importancia a la hipótesis de la conjura. (Su subordinado, que es muy importante, debería dedicarse a más serios análisis que este resabio de recientes interpretaciones trascendentales.) Y debería preocuparse de su propia situación, que me parece muy insegura. El presidente es el más fabuloso encajador de la política contemporánea. Precisamente porque siente los ataques; porque le duelen, porque reconoce su fuerza y a veces su razón; pero, sobre todo, porque posee una información colosal (que no consigo averiguar de dónde le llega, porque no es de los servicios visibles de información) sobre las intenciones y los trasfondos de sus enemigos profesionales. Si alguno de éstos lo supiera quedaría desconcertado. Pero la táctica presidencial no es el contragolpe, sino el encaje.

Reproduciré, como excepción, una sola frase suya del lunes. «Me quedo de pie, golpe a golpe, hasta que el atacante se eae de puro cansancio.» Sin un golpe en contra. Sin una represalia; recuerden ustedes las represalias a vuelta de correo del Caudillo, o del almirante Carrero. Este hombre sorprendente que ocupa

1* Presidencia del Gobierno sabe engañar; sabe diferir; pero da totalmente la impresión de que no sabe odiar ni guardar rencor.

ADOLFO Suárez da de sí una Imagen de táctico; todo el mundo Id reconoce una capacidad táctica asombrosa. No sé si tiene visión estratégica global porque no he hablado con él de eso. Pero puedo testificar que sí tiene visión estratégica de su propia política. Que su objetivo y su método no es la simple supervivencia. Que sus relaciones con la Corona no son, como se había «puntado muchas veces, de servilismo o de simple transmisión, sino de doble vía. Que atribuirle propósitos de ensombrecer o Incluso de marginar a la Corona —todo esto se ha escrito la semana pasada— no puede nacer mis 5ue los propósitos propios, inconfesados, de marginar o de ensombrecer a la Corona. Por eso, precisamente, es vulnerable el presidente; porque también ese flanco queda al descubierto en su andadura; que no es, por esa zona, una andadura política, sino un hondo mantenimiento de comunicación.

Encontré al presidente tan decidido como cansado. Sigue gozando con el Poder; y nunca ha caído en la inútil grosería de ocultarlo. Pero creo advertir una diferencia de matiz en su concepción de tal goce, sin el que un político se convierte, en un dictador en potencia. Hace dos Ineses el goce de Adolfo Suárez con el poder era erótico. Ahora oscila entre lo estético y lo funcional.

EL problema de la Presidencia es, visto desde fuera, el conjunto de los problemas de] país real, tan pésimamente traducidos por las versiones ejecutiva y parlamentaria del país oficial Pero el problema específico de la Presidencia es, aparte de conseguir que la envidia nacional asimile su enorme éxito, la sustitución racional de loa grupos ficticios y centralistas que se interponen entre la Presidencia y las ba•es populares del «vota Suárez». Parece que esta sustitución se ve mucho más elara desde la base que desde la Presidencia. No estoy proponiendo que las próximas elecciones se hagan bajo el grito de «¡Viva Suárez y «bajo el Gobierno!» La cosa es mucho más profunda. Suárez, en uno de sus errores más evidentes, ha creado artificialmente la fuer-E» parlamentaria de unos minipartidos que sólo existían en la imaginación madrileña de sus líderes y en la tremenda capacidad de presión de sus apoyos ex-trapolíticos.

Pero si la creación fue artificial, las fuerzas resultantes del amafio •on reales; y son ahora un peligro para el presidente y para el propio partido del Centro, cuyo único porvenir viable es su conversión desde un conjunto de cotos cerrados a un gran encuadramiento regional de la moderación política exigida por el pueblo español, aunque los tremendistas de turno se hayan creído lo contrario. Será un espectáculo ver cómo el presidente se escapa de la tramita une él mismo tendió. Si es que puede.

Si los interlocutores de Suárez se fijasen en él cuando hablan con él y no en la brillante exhibición de sus propias genialidades, incluidas las amenazas, obtendrían impresiones más objetivas.

No conseguí, a pesar de mi insistencia, la versión del presidente sobre lo que me parece, en el plano dialéctico, el problema básica de su gran coalición; la posibilidad, que estimo cada vez más difícil, de que U. C. D. asimile de una vez por todas a la corriente liberal. Por ahí •vendrá la crisis siguiente, que quizá puede ser todavía clarificadora y constructiva, aunque se plantee inevitablemente como una disidencia.—

R. de la C.

 

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