Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Cultura y seriedad. 
 II. La información     
 
 ABC.    21/08/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. DOMINGO, 81 DE AGOSTO DE 1977.

CULTURA Y SERIEDAD

II. LA INFORMACIÓN

Por Ricardo DE LA CIERVA

LA mayor engañifa «ue lleva dentro el cada vez peor llamado Ministerio de Cultura r Bienestar e* que surgió, dentro de un programa de concesiones básicas, para complacer a quienes exigían, como una especie de tópico, 1» siembra de sal sobre el Ministerio de Información y Turismo; 7 desaparecido el nombre, sigue, impertérrito, el Ministerio de Información. El Turismo, que sigue también, se ha trasladado jerárquicamente al Ministerio de Comercio, como pudo ir a! de Transportes, o al de Sanidad, o al de Relaciones con las Cortes, especialmente. Pero centremos la reflexión en las competencias reales del Ministerio que nos ocupa.

Toda la política de control informativo, hipócritamente llamada desde hace mucho tiempo «régimen jurídico»; - con sus mismos cauces, con parecidos crite-^ ríos, con idénticos anacronismos, permanece donde estaba y como estaba. Nadie quería, al hilo de la crisis, bailar con la política informativa. Surgieron por generación espontánea varios portavoces, que ya vemos cómo han terminado en su primera salida: en lo alto de los molinos. Lo primero que tiene que hacer el Ministerio de Cultura es liberarse del control sobre el mundo de la comunicación, porque ese control es, por esencia, anticultural. En una democracia, la incipiente que sea, el control sobre la comunicación privada debe reducirse a niveles occidentales; la vigilancia sobre sus límites debe recaer sobre los organismos del orden público —cuando se eo-.metan fraudes informativos equivalentes a los que estos días encrespan la producción de pan— y sobre todo a la acción de los Tribunales ordinarios, perfectamente tipificada en una legislación que no se inspire en los prejuicios ni en las desviaciones subjetivas de los administradores. Un Ministerio de Cultura ocupándose de pornografía es como un Ministerio de Obras Públicas multando a las parejas por la carretera. Y seguimos sin enterarnos.

El control sobre la comunicación pública debe desaparecer por iguales o ma-rores motivos de un Ministerio de Cultura. El Gobierno debe olvidarse de .una ve* por todas de que 1» televisión es un instrumento de su política. Comprenda lo difícil que será convencer de esto a un hombre como Adolfo Suárez, que se formó en la televisión estatal r que * ella debe parte de sn éxito: aunque lo podría revalidar en una televisión democrática.

IA televisión tiene remedio, pero no remiendo. Con una gestión inteligentísima, mucho más de lo qtie sus detractores tratan de imponer al público en campañas tan intencionadas, pero mucho peor organizadas que las suyas, don Rafael Anson ha llevado al medio hasta el techo de sus posibilidades estalajes. Y por muchas apariencias culturales que le Inyecte (las va a intentar todas) difícilmente conseguirá hacer una televisión cultural; porque la estructura de esta televisión es tan anticultural como el teniente Harrelson por lo menos. El Centro, «1 Gobierno y el Estado deben abandonar el monopolio de la televisión y entregárselo nada menos que a la sociedad; no solamente a los partidos políticos. Podrá haber en esta televisión social y cultural un delegado del Gobierno pero como arbitro, no como gendarme ni menos como promotor coactivo. Entre lo que ha hecho Francia, lo que ha hecho Ingleterra y sobre todo lo que ha hecho Japón puede estar el camino.

La otra vertiente de comunicación pública dependiente del Ministerio de Información es la Prensa estatal. Sobr» ella gravita, ante todo, un problema humano; luego un problema político, y por fin un problema económico. La Prensa del Movimiento ya era un anacronismo durante el final del régimen anterior; ahora es, como tal, incompatible con U democracia. Es una pesada herencia de ese régimen, que debe liquidarse con la prioridad indicada. Primero, el problema humano: ni un sol» periodista, ni un solo trabajador pued» ver comprometido su trabajo y en ello tie-n* el Estado un deber compensado de sobra por el coste histórico —relativamente bajo a pesar de todo— derivado de la transición. Con ese espíritu habrá que abordar el problema político, que solo puede consistir en una transferencia de la cadena, por piezas, a otros propietarios políticos o sociales. Con la ayuda estatal de arranque necesaria. Todo Intento de pervivencia en la actual situación pudrirá el problema hasta hacerlo Insoluole.

Por último, dentro del panorama de política Informativa del Ministerio, conviene tcjcar -el delicadísimo tema de las subvenciones » la Prensa y la comunicación privada, en el gue la «nica rcffl» deberá, se* una, transparencia c.ue ahora siffu* envuelta en la inercia de la anterior dJScrecionalHad. Pero no Insistiré en el tentó porque será objeto, muy en brera, de una noción de más alto coturno.—R. da la C

 

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