Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Cultura y seriedad. 
 III. La cultura     
 
 ABC.    23/08/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

CULTURA Y SERIEDAD

III) LA CULTURA

Por Ricardo DE LA CIERVA

LLEGAMOS con esto al final de nuestras meditaciones sobre un Ministerio nuevo, incomprendido e indeciso; después de analizar los otros dos campos de competencias reales, pero pop casi nadie comentados, del complicado departamento. Vengamos a la cultura,; de la que todo el mondo habla, todo el mundo entiende, todo «1 mando dogmatiza.

Para no andarnos por las ramas, el actual Ministerio de Cultura y Bienestar carecerá, de sentido y sólo servirá como semillero de frustraciones si no se cumplen estas tres condiciones previas:

Primera, ya insinuada en el artículo anterior: Desaparición de los servicios de control informativo y transformación total del concepto de policía comunicativa en espíritu y estructura de fomento cultural de las comunicaciones.

Segunda, identificación, no simple coordinación, entre la política cultural exterior, sobre todo iberoamericana, y la interior. La política cultural exterior es, en España, horizonte de la interior; no pueden andar cada ana por su lado. El hecho de que el Instituto del Libro sea, por ejemplo, una entidad que nada tiene que ver con el Instituto de Cultura Hispánica es un absurdo estéril.

Y tercera, transformar el desinterés cultural de las clases dirigentes españolas, empezando por la clase política, ante los problemas culturales; con una tenaz campaña que enseñe verdades tan elementales y desconocidas como la de que política educativa y política cultural son dos campos diferentes de la administración, aunque se relacionen estrechamente. Educación consiste en que excelentes maestros enseñen en excelentes escuelas; cultura quiere decir que esas escuelas posean bibliotecas capaces de irradiar a la comunidad que envía sus hijos a esa escuela.

Esto supuesto, ¿qué decir d« los proyectos «culturales» propiamente dichos del nuevo Ministerio? ¡Con qué decepción he contemplado, durante el verano, esa serie de declaraciones ministeriales que son puros balones fuera, donde la único que se repite es lo que «no» debe ser un Ministerio de Cultura! ¡Qué extraño complejo aherroja a los altos orientadores de esa casa, que parecen pedir perdón a cada paso por verse en la penosa obligación de regentarla! ¡Con qué pena he repasado esas encuestas en que algunos destacados intelectuales demuestran las pocas sanas que tienen de pensar sobre la política cultural en vacaciones! No se les ha preguntado lo que es la cultura, sino lo qu« debería ser la política cultural. Ya la pregunta es donosa: ¿Se imaginan ustedes a un ministro comunista o socialista de Cultura preguntando al público lo que hay que hacer con su Ministerio? La pregunta es legítima después de presentar un anteproyecto; no antes de demostrar que se con«ce lo que se tiene entre manos.

Así van las respuestas. Dno contesta que no sabe; otro que la solución del Ministerio es echar a la calle a dos tercios de sus funcionarios; otro confunde la política cultural con la educativa; y los más dicen, espresa o voladamente, que el mejor servicio del Ministerio de Cultura sería desaparecer.

La culpa no es de las respuestas, sino de la pregunta. ¿Es que de verdad no se sabe qué hacer en política cultural? Ahí está nuestra espléndida Industria cultural en plena crisis, mientras se hunde por todas partes el horizonte americano. Ahí estáp nuestras Reales Academias, que darían el ciento por uno si M les atendiera, cayéndose a pedazos, Ahí está inédita una política de librerías que reconozca los esfuerzos fabulosos de nuestra red librera, gran servidora de la convivencia r apenas salida del terror. Ahí están nuestros escritores desasistidos, sin posibilidad de cuajar proiesionalmente; algunos mueren´casi de hambre, como ese gran escritor catalán, premio Nacional de Literatura, Bartolomé Soler. Ahí están nuestros editores, solos ante el peligro de su fantástica aventura oceánica, mientras editoriales japonesas ´invaden nuestras Américas a golpe de «dumping». Ahí se juntan todas las demagogias en el fomento de las culturas regionales, que es necesario; pero un Ministerio de Cultura debería fomentar, con no menor entusiasmo y lucidez, la lengua común y la intercomunicación de las regiones y las culturas españolas.

Ahí están los barrios, donde se juega el destino de España (en frase que se cita con cierto descaro, sin acordarse de su autor) y donde el centro está desperdiciando, con tantas dilaciones, las enormes posibilidades de una -promoción cultural que podría darle puntos decisivas en las próximas elecciones municipales. Ahí está ese Instituto del Libro, necesitado de renovación y potenciación. Ahí están las techumbres caídas y los tesoros violados de nuestras catedrales. Ahí sigue nuestra penuria de bibliotecas, que ronda ya el nivel africano; con unos Cuerpos beneméritos que deben ser multiplicados por diez; con unos recursos ínfimos, ridículos.

Ahí se está., con un pueblo hambriento de cultura, la educación popular en el arte y la comunicación sin pasar del pequeño experimento. El teatro y el cine siguen considerándose como objetos de control, no de cultura ni menos de cultura popular. ¿Es que no hay medios para llevar a toda la sociedad el conocimiento y la vivencia de la música?

Hay que pedir a nuestros escritores, a nuestros intelectuales, que se comprometan con ese programa; que lo corrijan, que lo critiquen, que lo mejoren y une ayuden a realizarlo. Pero no se puede delegar sobre ellos la responsabilidad del trazado, que corresponde a los políticos de la cultura; que no admite ya más retrasos ni demoras, ni mucho menos evasivas como las que contemplamos asombrados cada semana.

Estoy seguro de que los actuales responsables del Ministerio de^ Cultura y Bienestar no saben a qué carta quedarse con el tal bienestar y con la información; pero conocen perfectamente los problemas de la política cultural. Permítaseme, en beneficio de su propia credibilidad, una sospecha. ¿No será que no hay dinero para la cultura, ni visión global sobre la cultura en las prioridades del Gobierno, y se ha encomendado a la abnegación de tan competentes políticos la desagradable tarea de ganar tiempo con silencios y vaguedad? Difícil empeño. Los críticos culturales estamos al quite; y entre ellos hay quienes harán lo posible para que el centro no brinde intacta a una posible irrupción creadora de la izquierda esta baza política cultural que bien pudiera ser, con toda su desconocida importancia, decisiva y hasta irreversible.—R. de la C.

 

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