Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Los funcionarios, tercer culpable     
 
 Ya.    21/08/1977.  Página: 5, 6. Páginas: 2. Párrafos: 22. 

LOS FUNCIONARIOS, TERCER CULPABLE

NUESTRAS corrientes artificiales .da opinión (porque de leus naturales se ocupa menos gente) tienden con sospechosa frecuencia a una simplificación colosal: el señalamiento de culpables. En las últimas épocas se han proclamado de esa forma curiosísima tres grandes culpables, a los que se atribuyen todos los males del país, con los que esa opinión pública artificial, en la que, por supuesto, se incluyen los verdaderos culpables, se queda tan fresca y tan dispuesta a seguir en sus trece.

EL, primer culpable, un culpable universa], histórico, en quien se originan todos nuestros males, y de cuya desaparición arrancan todos nuestros bienes colectivos, es, por supuesto, el general don Francisco Franco Bahamonde, de quien abominan, con cierta co-- herencia, sus enemigos históricos, mientras algunos de sus más próximos colaboradores realizan esfuerzos sobrehumanos para no recordarle con los apelativos habituales durante cuarenta años: Generalísimo, Caudillo, etc. Sobre tan jugoso tema no insistiré ahora; me basta recordar a hipercríticos y vergonzantes un interesantísimo fenómeno sobre el que me llamó la atención, por primera vez, un observador que tiene poco de franquista, el profesor Sampedro: el primer tema de la historiografía alemana, hoy, es la presión reivin-dicativa en favor de Hitler. Y la base de partida para la reivindicación me parece, en cuanto a Franco, mucho menos discutible y bastante más ineludible.

EL segundo chivo expiatorio de nuestros errores colectivos son los empresarios. Para muchos economistas de zaguán (que no´de salón), los empresarios tienen la culpa de todo. Ellos, así, en conjunto, son el origen de la crisis económica, el factor humano de la evasión monetaria, los reductos de la actitud antisocial, el "bunker", en suma. Hasta alguna declaración ministerial heterodoxa arremete por Ja espalda contra los empresarios como clase, con lo que, de paso, cae en una trampa marxista sorprendente, dada la adscripción política—teórica—del declarante. Pero dejemos también hoy a los empresarios, que deberían saber defenderse solos ante esta marea de opinión negativa, y- que se defienden Informativamente, por cierto, bastante mal, aunque lo hacen mejor cuando montan una acción colectiva de presión sobre el Gobierno.

PORQUE lo que hoy realmente me preocupa es el tercer culpable, que son, también en bloque,´ los funcionarios. Aislados, divididos, acosados, los funcionarios son´hoy objeto de una ofensiva demoledora, que conviene describir y, en cuanto sea posible* desmontar/

HASTA un ministro tan inteligente como el de Obras Públicas, don Joaquín Garrigues, ha contribuido, sin pretenderlo, a que arrecie esta ofensiva. En unas declaraciones que, por lo general, son atinadas y justas, aunque duras, muquí alguna prensa haya arremetido contra ella* esgrimiendo grandes rábano» cogidos por las hojas.

EN las declaraciones del tenor Garrigues «e lian dicho, «a esencia, trw cosas: primera, que «1 gasto público, desorganizado durante la etapa final del régimen anterior, ha degenerado en aberraciones In-•ostenibles. Eso M una gran verdad, que el Gobierno no deberla sólo lamentar, sino corregir. Segunda, que exigir sacrificios profundos al mundo de la empresa Bln que el Gobierno, por BU parte, racionalice loa fasto* y lu inversiones del sector público, ea una Injustí-ala flagrante. Es otra irán Térdad que alegra oír en labios de un ministro, y que corres-* ponda a la pagina mas Importante de las reivindicación** empresariales. Pero junto a e¿ia doi verdadu como templos; u critica del ministro ha Incidido, a mi juicio con exceso, «n atribuir • lo» funcionarios como conjunto la causa, o por lo menos el efecto, da la parálisis administrativa y de la elefantiasis crónica que padece, a todas luces, eso sector público 7 toda la nación por culpa de >1. Todavía con mayor precisión: aunque la acusación del ministro no lia sido eaa, ha sonado, sin embargo, en esa linea, y «e ha comentado en esa linea.´

NO Bolamente como funcionario (» muchísima honra), lino como observador qu» vive «e difícil equilibrio Informativo entre el sector público y el privado, creo qu* la tesis o, mejor, la hipótesis Garrigues (que emana, en cambio, de la cona defendible entre los prejuicios del mundo empresarial) necesita una honda puntualiza-don, que hoy no hago sino esbozar.

TAL vez el comportamiento de los funcionarios que el señor Garrigues cre« excepcional—la dedicación, el trabajo fecundo—sea lo normal, y lo que él cree—la rutina, la sobresaturación, el absentismo— •e& o bien excepcional o bien efecto da causas ajenas totalmente a loa propios funcionarios.

QUIENES hemos vivido de cerca las avalares de la Administración pudimos observar que desde 1967, y aobre to* do desde 1989, los organismo* públicos sufrieron un auténtico ataque de parálisis, ¿Cautas?

Que en esa época se Iniciaba el proceso acelerado de degradación del régimen, y´que el propio régimen, afortunadamente sin conseguirlo, habla hecho Imposibles por ligar a BU destino el destino de los funcionarios en general, mediante su consciente confusión del régimen. Estado y Gobierno, que algunos funcionarios en activo y algunos políticos denunciamos abiertamente entonces, cuando era mis difícil que ahora, y asi nos fue. La sensación de parálisis político-administrativa progresiva fue tal, que el profesor Calvo Serer llegó a diagnosticar para el primero de esos doa afios un ataque cerebral del general Franco, que no «e dio nunca en ]a realidad, pero aí en el terreno´de loa «untólos, referido • AI régimen.

DESDE 1969—incluso en ministerios que hablan cono-oído un período de actividad fecundísima como el regido por el profesor Fraga—, loa organismos públicos empezaron a vacilar en sus cumbre). Llegaban cada veas menos Instrucciones a loa niveles Inferiores, desde loa qua se vela Inoperantes & los directoras generales, a los subsecretarios, a loa ministros, obsesionados por AI difícil, cuando so aciago, destino personal. Las ruedas de la Administración, «obre todo en aua órganos que más necesitan la Ilusión creadora, empezaron a-detenerse, a caer en la rutina y en la Inercia. Los frecuentísimos cambios en la cumbre, los vaivenes en la orientación, el recorte cada vez mas evidente de todo horizonte de futuro agudizaban el proceso de parálisis y fomentaban todas las lacras, que se hicieron cada vez más visibles.

LUEGO llegaron las Incertidumbres • Incluso las convulsiones de la transición. Varios ministerios, con sus redes enteras de delegaciones provinciales (el problema no ha sido sólo en Madrid) llevan tres a/Sos viviendo con la Angustia de la desaparición. Es falsísimo que un funcionarlo tenga seguridad ea el empleo. Sólo le alcanza la seguridad en el sueldo base; si por cualquier motivo se queda a disposición, se le condena a la miseria. Y recuérdese que hace sólo unos días un publicista Insensato recomendaba, como solución para el arranque-de un nuevo ministerio formado con retales de otros, poner en la calle de esa forma a los dos tercios de sus funcionarios. El tema no es de Juzgado de guardia, sino de manicomio.

AN*TE las dramaticas circunstancias, los funcionarlos han reaccionado sorprendentemente bien. Han mantenido, como tantas otras vecea, la dignidad del Estado en tiempo* convulsos. Han cedido, minoritariamente, al desánimo de tu circunstancia, pero no merecen acusaciones globales ai condenas genéricas.

LO que necesitan es, ante todo, que sus nuevos recto-res sepan lo que quieren. Introduzcan las reformas orgánica* y funcionales necesarias para que la Administración se adapte a la democracia; no las convenientes para situar, como era costumbre nefasta, a protegidos y amigóles. Lo que desean la Inmensa mayoría de los funcionarios, contra lo que suele creerse, es sencillamente trabajar, y saber para, qué trabajan, y por qué. Cuando alguien leí exija lúcidamente ese trabajo lo darán con creces. La reforma es difícil; la readapta. «loa será, en muchos casos, complicada. Pero no e¿ tarea Imposible.

RESTAURAR la disciplina en los cuerpos de funcionario* no «era tarea más difícil que en el resto de las fuerzas de la producción y del trabajo, todo lo contrario. Si en la cumbre de la Administración renacen las Ideas y las ilusiones (lo cual hasta el momento no se v» claro), ja recuperación de-toda década de parálisis puede ser sorprendente. Lo que si parece urgentísimo es dejar de atribuir *n exclusiva al «ifermo las causas de ana dolencia nacional Ricardo DE LA CIERVA

 

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