Autor: Ridruejo, Dionisio. 
   A Juan Ignacio Luca de Tena     
 
 El País.    04/07/1976.  Página: 23. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

A Juan Ignacio Lúea de Tena

31 de enero de 1961

Querido amigo: sé que me expongo, al escribir esta carta, a no poder usar en adelante, y dirigiéndome a ti, las dos palabras con que la encabezo. Lo sentiría, pero antes que de mis amigos he querido ser siempre amigo de la verdad. Y la verdad ahora es que tu artículo de esta mañana en él ABC, dando injustay colérica respuesta a otro de José Bergamín publicado fuera de España, no corresponde al crédito de caballerosidad y corrección que invariablemente te veníamos otorgando cuantos te conocemos. Es un artículo brutal, una agresión lanzada contra un hombre indefenso desde posiciones de seguridad y privilegio, una delación del peor estilo.

Dices en tu carta que en España, desgraciadamente, las armas políticas preferidas por la mayoría de los españoles son la pistola y la mala educación. Pues bien, por una vez, al menos, estás con la mayoría, porque en cuanto a maneras gruesas, tu parle nada deja que desear, y en cuanto á la pistola, no puedes ignorar que las hay de muchas clases, y tú has esgrimido contra Bergamín una de las más eficaces. La elegante frase sobre la comodidad con que Bergamín podrá leer el lamentable desahogo de tu orgullo, me indica que no sabes ni te interesa saber en qué país vives.

Sin embargo, no son éstas las consideraciones que me obligan a escribir esta carta, pues, al fin y al cabo, esas son cuestiones que —si eres el hombre que creía— se convertirán en problema para tu conciencia.

Hay algo más grave. Lo que significa tu artículo es un pavo-soro testimonio sobre el tono convivencial de la vida española: tú, un español privilegiado, dueño del más importante instrumento de información del país, procurador, embajador, miembro del Consejo Privado del Rey, bienquisto por «1 poder, halagado por la fortuna, apoyado en un sector social todopoderoso, no puedes soportar que un escritor, desasistido de todas esas seguridades y ventajas, considere cursi una de tus obras dramáticas —a tanto ha llegado la mala educación y la inelegancia de Bergamín— y discrepe de tus ideas políticas, ´ sin sacar a colación la caja de los trucfíw,-sin sentarle en el banquillo en que se sustanciaron —unilateralmente— las responsabilidades de la guerra civil y sin apelar al hecho terminante de que tú eres uno de los vencedores, y él, uno de los vencidos. Si te dejas guiar de tu razón, acabarás comprendiendo que ello es harto más grave —no me avengo a emplear la palabra repugnante—, que cualquiera de las inhibiciones que, según tu versión, el extremoso clima de los primeros meses de la Revolución determinaron en el ánimo de tu antagonista. Inhibiciones sobre las que no me avengo a aceptar sin más ni más tu testimonio, porque me consta de casos singulares y bastante extremos en que Bergamín se empleó a fondo y con éxito a favor de los perseguidos.

Veintidós años después de terminada la guerra aún siguen, pues, en p´ie, los desdichados encastamientos y discriminaciones producidas por ella y. —la cosa es gravísima—, aún hay alguien que puede reprochar al prójimo adversario el mono de la pistola y las compañías terroristas sin hacer examen de conciencia y preguntarse si acaso él andaba por . las mismas fechas entre los ángeles de la guarda. Te confieso que este es un punto que me exaspera particularmente, y no sólo porque el reparto del drama español entre buenos y malos me parezca una injusticia o una hipocresía, sino porque creo que sólo cuando los españoles hagamos historia más bien que leyenda, y empleemos el humilde nosotros a la hora de recontar las culpas, este país tendrá ante sí algo que se parezca a un porvenir. Si nuestros antiguos antagonistas no pueden regresar a España —previa súplica a quienes disponen de la gracia del aval o; como si ´ dijéramos, de las llaves del reino— más que para gozar el regalo de tu amistad aplaudiendo tus obras, asintiendo a tus

opiniones o callándose, contritos de su pasado y avenidos a oír de él a todas horas versiones infamantes, habrá que decir que ese no es un panorama aceptable. Ni para los que habrían de sufrir la humillación ni para los que deberíamos envilecernos aceptándola.

Pero la cosa es aún más grave si consideramos que quien pone las cosas así no es sólo un hombre del pasado, sino que aspira a ser —por sus vinculaciones a la probable Monarquía española—, un hombre del futuro. ¡Hermoso futuro! José Bergamín conjetura de lo que está viendo en España —y me parece que es muy dueño de hacerlo—, una Tercera República española más bien que la restauración monárquica con la que tú cuentas. No le acompaño —como bien es sabido— en sus previsiones, si bien debo decir que para ello no me fundo en fus mismas esperanzas, sino en la hipótesis de una Monarquía democrática muy distinta de´ la restauración continuista que tú vas predicando. Pero te diré que si alguien trabaja en serio por esa Tercera República eres tú con tu discurso de Sevilla o con esta —infinitamente más desdichada— prueba del orgulloso desprecio y la enconada violencia con que buena parte de nuestra clase dirigente acredita aquello de que Dios ciega a los que quiere perder.

Agravios´como el que acabas de cometer no sólo ofenden a un hombre inteligente, digno y merecedor de respeto como .Bergamín, sino que atenían —como suele decirse— a la dignidad humana y a todos nos ofenden con él. Espero que comprendas que también a ti mismo; y que lo noble en estos casos no puede ser más que el desagravio público y la confesión sincera del error. Porque la cólera puede tener sus disculpas, pero la persistencia en el acto injusto, la posición de no enmendalla, no la tiene, y si acaso salva el honor externo, suele corromper el más íntimo e importante, cosa que no puedo desear para ti ni para nadie.

Acaso me haga ilusiones y lo más cierto es que las cosas queden como tú las dejas. Debo decirte que entonces entre tu amistad —superficial acaso, pero antigua— y la apenas iniciada con Bergamín, optaré por ésta, porque desde ´. hace tiempo estoy decidido a ponerme siempre junto a los que llevan la peor parte, esto es, junto a los que llevan la más honda razón, como, si no me equivoco, reza el Evangelio.

 

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