Autor: Zafra Valverde, José. 
   ¿Constitución éticamente neutra?     
 
 ABC.    07/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

FUNDADO EN 1900 POR DON TÓRCUATO LUCA DE TENA

¿CONSTITUCIÓN ÉTICAMENTE NEUTRA?

CONFORME a lo que se podía prever desde hace un año, se ha iniciado en España el

estudio de un texto constitucional enteramente nuevo. Hay que ir destinando en

los archivos históricos -aunque sin excederse en la prisa- un lugar a las Leyes

Fundamentales del Régimen de Franco. Pero convendrá también seguir

recordándolas, en su mero valor documental, para comentar en su momento los

rasgos de parentesco entre ellas y la nueva Constitución monotextual, que tal

vez no sean escasos ni insignificantes.

Sin embargo, más que especular sobre posibles analogías lo que ahora importa es

discurrir acerca de los principales puntos de divergencia que ya se vislumbran

como seguros -en términos de certeza moral, naturalmente- o por lo menos como

fundadamente presumibles. El más importante de ellos concierne al sustrato

ideológico, y más concretamente ético, del Estado.

Parece predominar, en el seno de la clase política, la tesis de suprimir la

confesionalidad católica. Acumulando im-presiones deducimos una fuerte

probabilidad de que la iglesia no ponga empeño en demandar su preservación: pero

tampoco hay que descartar sorpresas en este asunto. De todos modos lo que merece

urgente meditación es la eventualidad de que el futuro ordenamiento político

fundamental se desentienda deliberadamente, al menos por vía de silencio, de la

concepción antropológica y la doctrina moral propias del Cristianismo.

En más de una ocasión los mentores intelectuales del cambio político en curso se

han declarado proclives a una Constitución despojada en todo lo posible de carga

dogmática. Bajo la imagen retórica -bastante ingenua, por lo que veremos- de un

texto aceptable para todos parece preconizar una idea de la Constitución como lo

que algunos tratadistas llaman "puro instrumento de gobierno"; es decir, un

texto que se limite a regular los órganos principales del Estado y sus

procedimientos de actuación y a definir la fiqura del ciudadano desde la

perspectiva de sus derechos y libertades básicos.

Descendiendo más al detalle, un conocidísimo profesor y diputado hada en estas

páginas, el 24 de julio pasado, una serie de juicios y propuestas que

corresponden a esa postura. Sólo me interesa en este momento recordar unas

afirmaciones cuyo objeto impide considerarlas como opiniones intrascendentes.

Tras declarar que «una Constitución no es un artículo de fe" decía que el tema

religioso "y otros problemas morales (aborto, divorcio, etc.) deben quedar fuera

de las decisiones constitucionales», porque "en todo lo polémico y aún no

cuajado debe irse a la linea de las tensiones mínimas entre las ideologías y los

grupos políticos».

En la idea de la Constitución como simple instrumento de gobierno se advierte

una simplificación artificiosa de la realidad, puesto que con ella se ignora -en

ocasiones por motivos tácticos- la naturaleza de las relaciones constitucionales

en toda su hondura. Para empezar, y prescindiendo de todo planteamiento técnico

sobre el concepto pleno y cabal de constitución política, es hoy cosa

generalmente convenida que no hay texto constitucional mínimamente acabado si en

él no se contiene una declaración de derechos y libertades, cualquiera que sea

su extensión. Pues bien; como he tenido ocasión de comentar en este mismo

diario, los derechos humanos pueden ser interpretados de formas distintas, e

incluso antagónicas, según los presupuestos filosóficos y aun teológicos de que

parta quien se propone determinar su contenido y sus limites.

Conviene siempre recordar que las raices angloamericanas del liberalismo estaban

nutridas en alto grado por la pasión de la libertad religiosa y por la

concepción moral del éxito como signo de la predilección divina. Fueron las

raíces francesas quienes, coincidiendo con aquéllas en la exaltación de la

propiedad, propugnaron una Idea moral de libertad centrada en el racionalismo

agnóstico. Y no se piense que al cabo de dos siglos el pensamiento liberal haya

alcanzado el punto de la síntesis perfecta. Un ejemplo: en Estados Unidos el

Tribunal Supremo ha declarado ilícitas, en nombre de la libertad de conciencia,

las oraciones en las escuelas públicas; pero su tesis ha chocado con las

costumbres americanas dando lugar a una contradicción no solucionada hasta hoy.

¿Cuál es el verdadero o más importante derecho de los ciudadanos? Tome nota

nuestra nueva promoción de liberales, para no precipitarse.

No sin razón las corrientes legislativas de liberalización del divorcio y

despenalización del aborto han provocado violentas sacudidas entre los

pensadores juristas y políticos, agudizando las divergencias entre unos y otros

y entre ellos y los políticos activos,

Al entroncarse últimamente la justificación del divorcio en una idea de

felicidad, o pleno desenvolvimiento de la personalidad, que valora primarla y

sustantivamente los impulsos afectivos espontáneos, se devalúa el sentido de la

fidelidad a la palabra dada, a la promesa emitida, como ocasión del hombre para

afirmarse moralmente; y tanto más cuanto más cueste la respuesta fiel por

haberse alterado las circunstancias. De esa manera, arrancando del plano de la

sociedad matrimonial, se contribuye a socavar las bases para todo orden social

estable. Y con ello, si el proceso lógico de corrupción no se frena, acaba

perdiendo todo sentido el concepto clásico de libertad social como libertad

dentro de un orden. Al final viene la guerra de todos contra todos.

No menos graves son las consecuencias en lo que atañe al aborto. Quienes lo

justifican, alegando el derecho de la per-sona al propio cuerpo y a su libre

autodesenvolvimiento en sociedad, contradicen violentamente toda idea de

vocación humana a una plenitud por caminos de entrega a una creación trabajosa.

Pero además propician la disolución de sus propias premisas, porque al

relativizar, supeditándolo a factores contingentes, ese derecho a la vida, que

es el más radical de todos, contribuyen a quebrantar desde los cimientos todo el

edificio de los derechos humanos.

En consecuencia yo no aconsejaría que la nueva Constitución española ignorase

tan importantes problemas y otros análogos.

Pero no quedan ahí las razones contra la Constitución como simple instrumento de

gobierno. Mirando a fondo las cosas, detras de los principales aspectos

organizativos acabamos descubriendo imperativos de orden ético. El último

fundamento de la descentralización, por ejemplo, está en el principio de

subsidiaríedad. La misma afirmación de la existencia del Estado, sin cuya

pretensión de validez transgeneracional carece de sentido todo pronunciamiento

constitucional, no puede sostenerse sin invocar, expresa o tácitamente, una

exigencia moral nacida de la historia y la cultura.

En nuestro caso concreto, quienes dicen de la Monarquía que es forma del Estado

y que el Rey ha de estar por encima de todos los partidos sólo pueden convencer

si asocian la Institución a un cuerpo de valores intemporales. Desligar la

Monarquía de todo compromiso ético con una idea espiritual de España significa,

en esta tierra, dar la razón a los partidarios de la República.

Concluyendo: está bien no cargar demasiado la Constitución de elementos

doctrinales y directivos con pretensiones de permanencia; y conviene igualmente

plasmar en ella puntos de equilibrio entre posiciones políticas discrepantes.

Pero no hay que ignorar tres cosas:

Primera, que las soluciones de compromiso tienen posibilidades muy limitadas

cuando se llega a las cuestiones morales y religiosas. Diré, con frase un tanto

cruda, que no cabe transacción entre la ideología de la pornografía -que existe-

y la ética de la virginidad consagrada.

Segunda, que las Constituciones no pueden -como ha comentado el tratadista suizo

Jörg P. Müller- dar la espalda a los problemas capitales de la existencia

humana, so pena de condenarse al descrédito.

Tercera, con palabras del profesor alemán Helmut Kuhn -a quien volveremos a

encontrar en otro articulo-, que "quien quita al Estado su "ethos", cae en la

tentación de negar al Estado mismo».

Por tanto no deseamos para España una Constitución éticamente neutra. Y menos

aún una Constitución que, aparentando serlo, ampare una ética -si cabe hablar

así- del absurdo vital o de la libertad sin orden.

José ZAFRA VALVERDE

 

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