Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   En la ausencia de Marañón     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EN LA AUSENCIA DE MARAÑON

YA han pasado meses desde su muerte, pero no se debilita su recuerdo. Su muerte habrá dejado de ser

tema ce aquella actualidad periodística que produjo una verdadera congestión de necrologías de urgencia,

alguna excelente; pero la dolorosa impresión que nos causara no .ha podido fundirse—en el transcurso de

ese .tiempo—con las otras pruebas y decepciones que sin cesar depara la vida.

Muchos españoles que veranean a lo largo de esta costa cantábrica—en la que su presencia era habitual

por estos días— evocarán, sin duda, la figura de Marañón, médico y amigo. Fina, delicada,

irreemplazable, es la compañía de un médico amigo si—como sucedía con Marañón— une a esa doble

condición alentadora otras muchas de inteligencia y generosidad. Una compañía, una relación de tal

naturaleza son descanso y consoladora excepción entre la mayor parte de las otras relaciones—las más

frecuentes y forzosas—casi siempre enturbiadas por asperezas, antipatías y rencores, incomprensiones y

egoísmos.

Desde hace muchos años le recuerdo ahora en nuestra coincidencia veraniega en San Sebastián, cuando él

venía de su descanso en San Juan de Luz solicitado casi siempre por alguna consulta difícil. Nuestro

común amigo el donostiarra Bergareche (famoso especialista tanto en la medicina como cu la cirugía de

la gastroenterología, insaciable lector lo mismo de las obras de Claudio Bernard—y de otros libros

clásicos y modernos de su profesión—que de! teatro de Moliere o del arte militar—"De la guerra"—de

Clausewitz) solía decir que a" Marañón le tocaba casi siempre en esos viajes encargarse de casos

desesperados para los que la ciencia carecía de remedio, pero que tan amargo lote profesional constituía

un sagrado deber del médico, auténticamente ilustre que cumplía una función social actuando en esa

última instancia, tantas veces inútil. Porque no todo ni sólo en la misión de un médico consiste en curar.

En. realidad, Marañón ha hecho—incluso con sus enfermos—mucho más que curar. Y no me refiero

ahora a sus escritos científicos, históricos y literarios, que éstas ya son cosas muy sabidas, sino a su

capacidad para procurar la salvación de las gentes en los más diversos aspectos •f situaciones de la vida.

De manera singular pudo Marañón—esto no fue recordado con motivo de su muerte—ejercer isa

vocación de projimidad solícita y, abnegada en la ocasión—singularísima también—de nuestra guerra

civil. Aquellos dramáticos acontecimientos le sorprendieron en Madrid y, desde el primer momento,

consagró la mayor parte de su actividad a procurar la salvación de innumerables perseguidos cuya

situación de peligro alcanzaba a conocer. Se sirvió para ello, principalmente, de las amistades que tenía en

el sector más nacional —y menos violento o cruel—del partido socialista y de algún grupo romántico de

la F. A. I., y no cesó en su tarea hasta que públicamente denunciado como fascista, por el ala adversaria y

más radical de aquel mismo partido, hubo de tomar precipitadamente el camino de la emigración.

Se estableció en París y permaneció allí durante largo tiempo. Esta ausencia no fue estéril. Desde el punto

de vista de la obra literaria de Marañón incluso resultó beneficiosa (la vida del emigrado es una vida de

patética profundidad, como él mismo escribiría), porque a ella cebemos el más primoroso de sus libros—

"Elogio y nostalgia de Toledo"—, así como los "motivos" de otro, al parecer no terminado, sobre los

españoles en el destierro en las distintas épocas de la historia de España, y la admirable evocación de la

figura de una mujer: la del gran humanista valenciano Luis Vives, por un tiempo maestro en Oxford y

que, por el amor de su España, vivía voluntariamente desterrado en Brujas, privado de contemplar la

tierra infinita de Castilla y las alboradas luminosas del Mediterráneo. (Esta mujer, culta y prudente,

graciosa y abnegada, es Margarita de Valldaura, que, compañera de su vida de emigrado, fue para Vives,

como Marañón nos dice, "como parte de la patria remota y creación de otra nueva" y modelo en el que se

inspiró el filósofo al escribir la "Institución de la ´mujer cristiana", uno de sus libros más famosos.)

Un día, en la biblioteca de su casa, que, con su gran colección de libros de viajes, era como estar en medio

del mundo, hablamos de nuestros errores. De Marañón se ha dicho repetidamente que los cometió

grandes. Dejando el adjetivo aparte, es evidente que- cometió algunos—sirva de muestra el de la

República—, como todos los hombres (discúlpenme las personas infalibles) cometemos. Aquí no estoy

escribiendo una apología y a las personas inteligentes pocas veces puede gustar el elogio absoluto. Pero

compensó sus errores con esa generosidad de que ya hemos hablado, que iba en los momentos graves más

allá de las palabras y de las formas corrientes de asistencia. Y es preciso decir que, acertando o

equivocándose, tuvo siempre la virtud de no ocultar su pensamiento en relación con los problemas del

pais, ni deformarlo con indignos oportunismos. Pese a su amabilidad, casi profesional, que muchas veces

desorientaba, fue leal a su propia convicción.

Lo decisivo en la personalidad de Marañón es que ésta se apoyaba en sí misma, en sus propias cualídades,

valores o méritos y no sobre elementos confusos, ni en Jas circunstancias adjetivas del privilegio, la

dignidad o la sinecura otorgados, ni en cualquiera otra forma de préstamo obtenido en alguna situación

contingente. Sólo así es cómo se talla con solidez una personalidad, cómo es auténtica y duradera—

inseperable de la persona misma—y cómo adquiere legítima libertad en la acción. Así, si se equivoca en

la valoración o en el apoyo de aspiraciones privadas yerra con lo suyo, juega con su propia autoridad y no

con. la recibida. Las gentes suelen ser poco cartesianas, poco partidarias de las "ideas claras y distintas",

sin pararse a pensar que lo que en una determinada situación es simplemente error, en otra puede ser

constitutivo de ilegitimidad. Estaríamos, por ejemplo, en e: primer caso cuando se ponen influencia o

autoridad privadas al servicio de una parte en un litigio privado; en el segundo, si la autoridad que se

empleara con el mismo fin fuera pública.

Desde su independencia de hombre que todo lo debía a sí mismo, creando la propia ´ley de su conducta,

Marañón pudo equivocarse, o ser parcial, por exceso de generosidad,, lo que no seria permitido hacer a

quienes han de vivir sometidos a la ley que dio figura y destino concretos a la autoridad o representación

qua ejercen.

Ramón SERRANO SUÑER

Zarauz, 22 agosto.

 

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