Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   Puntualizaciones a un historiador     
 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 11. 

PUNTUALIZÁOQNES A UN HISTORIADOR

por Ramón SERRANO SUÑER

DESPUÉS del desenlace de nuestra guerra —y a lo largo dé muchos años—he tenido que enfrentarme

con innumerables versiones falsas y comentarios tendenciosos sobre hechos históricos de los que fui

testigo y, en ocasiones, participante o protagonista. Nunca he rehuido la verdad ni esquivado mis

responsabilidades; pero tampoco he soportado con paciencia ser un personaje inventado por la fantasía de

unos, el rencor de otros o la complacida comodidad de no pocos. Con sinceridad, e incluso con

vehemencia, procuré reponer la verdad, donde estaba suplantada; pero llegaron a "ser tapias las

tergiversaciones, que, aburrido, hube de replegarme a un desdeñoso silencio, ya que ni era cosa de

abandonar mí trabajo para responder a todos, ni en ocasiones hubiera sido fácil superar obstáculos, ni, en

definitiva, a nadie parecía importar demasiado la verdad. La hora de escribir la Historia con imparcialidad

y exactitud no había llegado.

Si ahora interrumpo aquel hábito de inhibición y de espera es porque me encuentro ante un trabajo en el

que la voluntad de hacer Historia (aunque con poca fortuna y sobrados prejuicios) parece manifiesta, y

también por la relevante personalidad de su autor, pues no quiero que el silencio pudiera parecer,

menosprecio. Me estoy refiriendo al señor Wladimir D´Ormessort, "de l´Academie frángaise´´, escritor y

conferenciante distinguido, embajador de Francia en la Santa Sede durante la última guerra, quien en la

"Revue des Deux Mondes" —de la -que no soy lector habitual—, en número llegado ahora a mis manos,

escribe un artículo (reproducido´ recientemente en algún periódico de Centroamérica) donde nos cue´nta

la indignación que causó al cardenal secretario de Estado que yo "no pidiera audiencia al Santo Padre en

septiembre de 1940 cuando pasé, en, viaje particular, por Roma, terminada una visita oficial al Gobierno

del III Reich en Berlín.

Las inexactitudes de hecho, y otras manifestaciones del referido artículo, exigen algunas

puntualizaciones,. Las haré más como una contribución a la verdad histórica que como´un desahogo

polémico, y me abstendré de todo malhumor irónico, no sin confesar que he debido reprimir mi primer

impulso, pues bien comprendo aue no es cosa de exagerar—por el error de alguno—como hiciera Rubén

Darío en aquellas ´imprecaciones de su letanía a nuestro señor Don Quijote—rey de. los hidalgos, señor

de los tristes—:

..... de dolores tantos, de los superhombres de Nietzsche, de cantos áfonos, recetas que firma un

doctor, de las epidemias, cíe horribles blasfemias de las Aacadeemias, ¡líbranos, Señor!

Concediendo al académico c) honor que se le deba—no, desde luego, el de la infalibilidad ni la memoria

segura—, entrare sin más rodeos, en el tema. Tres objeciones he de hacer al señor D´Ormesson. La

primera se refiere a la inexactitud que comete cuando dice que yo era en septiembre de 1940 ministro dé

Asuntos´ Exteriores; inexactitud que reitera—y agrava—al atribuirla también al secretario de Estado del

Vaticano, quien, siendo persona informadísima, no pudo cometerla nunca. La segunda objeción afecta a

la conversación que-nos dice sostuvo con el secretario de Estado, cárdena! Maglione, y en cuya

descripción y transcripcióri-me parece que los prejuicios y emociones —¡aquel trágico mes de

septiembre! — del diplomático francés han traicionado a su´ memoria, pues es sumamente improbable un

cardenal Maglione que—al ser interrogado sobre la visita que yo "debería haber hecho a Su Santidad" y

que efectivamente no hice—responda "estallando en cólera y arrojando fuego por los ojos" al manifestar

que- ni´había visto ni vería ya al Santo Padre porque me marchaba al día siguiente. Ese cárdena! que

D´Ormesson ha visto "éclater de colére" está tan alejado del recuerdo, que yo guardo del cardenal

Maglione, que me cuesta trabajo aceptarlo, sobre todo teniendo en cuenta que yo lo conocí en, situación

mucho más susceptible de provocar esas reacciones, y, sin embargo, no se produjeron.

Recordaré que pocos meses después de nuestra guerra civil fui a Roma como enviado especial del

Gobierno para agradecer al Rey y al Gobierno italiano su simpatía por nuestro país y su ayuda. Llevaba—

entonces—el encargo de visitar al Santo Padre, con quien la conversación fue al principio difícil y

finalmente conmovedora, como con detalle he referido en mi libro "Entre Hendaya y Gibraltar" Cuando el

clima de plena confianza quedó establecido volqué en la presencia—casi sobrenatural—de ´Pío XII toda

mi sinceridad—la sinceridad de aquellas horas, más entusiastas que reflexivas—exponiéndole la

sospecha, muy extendida entonces entre nosotros, de que mientras nuestros jóvenes caían en los frentes de

guerra creyéndose apóstoles armados de la Fe de Cristo, en los círculos vaticanos, y tal vez en la

Secretaria de Estado, hubiese tanta solicitud para el ilustrado y espiritualísimo catolicismo francés como

incomprensión para el duro, combativo y menos culto, pero firmísimo, catolicismo español. El Papa no

sólo quiso disuadirme de que nuestras sospechas eran infundadas, sino que me pidió que hablase

detenidamente con el cardenal Maglione, y con la ´misma cruda sinceridad con que acababa de hacerlo. Y

cuando as! lo hice me encontré con un cardenal lleno de dulzura y benevolencia, que lloró

apesadumbrado y conmovido ante la idea de que pudiéramos considerarlo desafecto a.los españoles hijos

de la Iglesia. (Así lo vieron, cuando me acompañó hasta la puerta, las personas que me esperaban.)

La idea de que aquel hombre, a quien vi reaccionar con tan emotiva mansedumbre frente a una acusación

injusta y grave, pudiera encolerizarse ante una abstención política, cuya significación, corno acto de

prudencia, no podía escapársele, me parece difícil de entender. Creo que el señor. D´Ormesson exagera.

Pero en cualquier caso, entre la imagen del purpurado cíe mirada iracunda—que déjo a su

responsabilidad—o. esa otra mía del cardenal en cuyos ojos sólo vi brillar una luz dé bondad, me quedo

con ésta.

En fin—y es la tercera objeción—, el articulista emplea en su relato expresiones que reflejan su estrañeza

y su incomprensión sobre el pretendido desaire que hiciera al Vicario de Cristo en la Tierra un ministro

español que venía de hablar con Hitlér en señalada y grave ocasión. Y éllo a pesar de que, según él mismo

nos cuenta, el padre Ledochowsky, general de los jesuítas, le había dicho estas sagacísimas palabras: "Yo

pienso que, el secretario de Estado hace mal en tomar por una falta de consideración hacia el Santo Padre

ese silencio del ministro español... que a mí me parece como un subterfugio lleno de indicaciones." Estas

y otras palabras del sutil jesuíta, que también figuran en el artículo del señor D´Ormesson, podían

habérselo aclarado todo. Sin embargo, las equívocas interpretaciones que hace el académico, francés me

aconsejan .completar la narración de aquel episodio´: En septiembre de 1940 era yo—como he dicho—

ministro de la Gobernación, puesto que de Asuntos Exteriores no lo fui hasta el día 18 de octubre.

Pasábamos por un momento difícil y peligroso. Nuestra comunicación.diplomática con Alemania era

deficiente, y no conocíamos sus intenciones después de que, ocupado el occidente de Europa, sus

ejércitos habían llegado hasta Hendaya. Se hacía necesario un1 esclarecimiento de la situación. Un

ministro de inequívoca significación política—como yo \era—tal vez tuviera´ las mejores posibilidades, y

quizá por esta, y por alguna otra razón, se me designó para esa tarea. Las negóelaciones en Berlín

«tuvieron llenas de escollos y asperezas. La Alemania que había simpatizado con nuestra causa vívia

entonces en el cénit de su orgullo y de su gloria militar, y no era interlocutor fácil de abordar, ni de tratar

de tú, por el representante de un pais deudor y, aunque heroico, no bien armado y peor abastecido.

Después de mis entrevistas de los dos primeros días con Hitler y sus ministros, Ribbentrop, con estilo

directo y rudo, me dijo que el Ejército alemán necesitaba instalarse en una de las islas Canarias.

Sobrecogido—por no haber pensado nunca en la posibilidad de este planteamiento—, mi primer

pensamiento fue, en señal de protesta, dar por terminada mi estancia allí y volverme a España. Mas como

con ello no hubiera mejorado la situación, me dominé, y le dije: "Señor ministro, eso es absolutamente

imposible, porque se trata de un territorio de soberanía española idéntico al de la Peninsula, que jamás

cederemos." Con suavidad —antes no usada—me aclaró que sólo se refería a una cesión temporal, y yo le

manifesté la misma´ irreductible oposición, haciéndole notar, por otra parte, que los aliados considerarían

aquello como un acto de beligerancia y nos precipitaríamos en una guerra que no podíamos afrontar;

como tampoco podíamos aceptar su ¡dea de que ellos la hicieran por nosotros, ocupando nuestro pais,

porque «so seria humillante y deshonroso.

En aquel estado de ánimo, dominado por la inquietud y la irritación, yo necesitaba, política y

humanamente, compartir mis preocupaciones, oír una voz amiga, en la que encontrara compañía y

asistencia. Me acordé de que en Roma teníamos un amigo verdadero que se llamaba Benito Mussolini, en

cuya busca fui y en quien encontré lo que esperaba. Cualquier persona discreta comprenderá que esta

gestión que podía hacer con Mussolini, aliado de Hitler, no podía hacerla —sin riesgo de irritar hasta el

límite de la represalia al Gobierno alemán—con el Vaticano, con quien Alemania vivía ya en inquietante

tensión, La sola sospecha de que acudíamos, como niños asustados, a contar nuestras cuitas políticas al

Papa, y a ponernos bajo su amparo, hubiera sido para Berlín cosa tan ridicula como peligrosa para todos.

Tanto era asi que apenas llegué a Roma, el padre Ledpchowsky, hombre de finísima inteligencia, que me

distinguió siempre con muy afectuosa amistad, y a quien guardo vitalicia gratitud, me llamó por teléfono

a la "Villa Madama" (mi delicada, inolvidable, privilegiada, residencia romana) y convinimos una

entrevista Inmediata. El insigne jesuíta comprendió la razón de mis preocupaciones y abundó en ellas del

modo más explícito; por lo que, contando con sus buenos oficios, que nunca me faltaron, descarté desde

entonces toda interpretación equivoca del Vaticano, y me cuesta trabajo pensar que el cardenal secretario

de Estado no estuviera en el secreto cuando—con discreción obligada— informó al embajador francés de

que la visita al Santo Padre no se celebraría.

Más tarde, el padre Ledochowsky practicaría con el mismo embajador una discreción aún más

intencionada, presentando como conjeturas suyas las razones mías, que conocía de un modo directo —por

mí mismo—, y procurando—aunque al parecer sin* conseguirlo—que el celoso católico francés no se

rascase las vestiduras ante un acto de prudencia elemental que él estaba especialmente obligado a

comprender por la experiencia que su país tenía de que el poder militar alemán era. entonces, irresistible.

R. S. S.

 

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